1. Mi vida en la carretera, de Gloria Steinem

En sus memorias, la activista feminista y escritora Gloria Steinem hace un repaso por los viajes que la llevaron por todo Estados Unidos recaudando fondos para desarrollar la causa de las mujeres durante varias décadas. Ese gen viajero que heredó de su padre la convertiría años más tarde en una de las voces más sonoras de la segunda ola del feminismo norteamericano. Durante sus años en la carretera, entra en contacto con estudiantes y amas de casa, con políticas y líderes indígenas, con trabajadoras de todos los rubros y descubre, en cada uno de esos encuentros, el alma común que las une. Mi vida en la carretera no son solamente las memorias de la fundadora de la revista Ms., sino también un manifiesto para la sororidad entre mujeres en lo personal, en lo social y en lo político.

«Cuando la gente me pregunta por qué aún mantengo la esperanza y mi energía después de todos estos años, siempre digo lo mismo: “porque viajo”. Emprender un camino, y con esto quiero decir que sea el camino quien te lleve a ti, ha cambiado mi forma de ser. La carretera es complicada, de la misma forma en que la vida es complicada. Nos aleja de la negación y nos conduce a la realidad, nos aparta de la teoría y nos lleva a la práctica, elimina las precauciones y te pone en marcha, te hace abandonar la estadística para entrar de lleno en las historias. En otras palabras, te saca de tu cabeza y se adentra en tu corazón».

2. En la ciudad líquida, de Marta Rebón

En la ciudad líquida es muchas cosas: primero de todo, un ensayo literario sobre los principales autores a los que Rebón, traductora de lenguas eslavas, ha leído y traducido (entre ellos Dostoievski, Nabokov, Marina Tsvetáieva o Paul Bowles); después, un diario de viajes en el que se cruzan los tiempos y los nombres de los personajes que habitan «la ciudad líquida»; tercero, un intento conceptual de construir una ciudad que no sea geográfica, sino que esté levantada sobre las obras y las derivas de todos los escritos que suceden en ella. Narrado con una poesía atenta al detalle, el viaje de Rebón pasa por Italia, Rusia, Portugal, Turquía, Tánger, Ecuador y muchos otros lugares, dejando en ellos el rastro de sus propias vivencias. Uno de los mejores ensayos del año 2017.

«Cuesta aprender que las pasiones, todas sin excepción, tanto las bajas como las elevadas, al principio son dóciles para quienes las cultivan; más tarde, se convierten en nuestras imperiosas dueñas. Gógol tenía razón: todo lo que habita en nosotros acaba transformándose de raíz y, antes de que nos dé tiempo siquiera a pestañear, habrá crecido en nuestro interior un horrible y despótico gusano que absorberá hasta la última gota de nuestra savia. Solo quien se ha curtido en numerosas travesías sabe atajar el mal en sus comienzos».

3. Diarios del Sáhara, de Sanmao

La viajera china Sanmao, después de un exilio de infancia en Taiwán, viajó por el Sáhara Occidental siempre en busca del desierto junto a su compañero José María Quero. En este primer volumen de sus diarios —que son en realidad las crónicas salvajes que escribía para un periódico en Taipei—, la pareja vive y viaja por el país hasta que el protectorado por entonces español queda en manos de Marruecos. Entonces se mudan a las islas Canarias, donde José muere trágicamente, y donde ella mantiene una casa base para sus posteriores viajes, que la llevaron de nuevo por todo el mundo.

«En el tiempo que he pasado en el desierto me he vuelto una mujer sencilla y relajada que disfruta de la soledad. Por eso, las continuas comidas y citas que me ocupan ahora me hacen sentir como aquel que llega por primera vez a un lugar maravilloso y se siente confuso y mareado, como bajo un hechizo».

4. Una viajera por Asia Central, de Patricia Almarcegui

Antes de ser escritora y viajera, Patricia Almarcegui fue bailarina. Después, y tras conocer a los poetas persas, emprendió un viaje que la llevó por países como Irán, Yemen, Uzbekistán, Kirguistán, Japón o Egipto y a escribir obras como Una viajera por Asia Central, donde se ocupa de dar forma literaria a sus propios diarios de viaje y reflexionar sobre su condición de mujer viajera y sobre los nombres:

«Quien ama el viaje sabe del poder que tienen los nombres. Hay lugares que solo con escucharlos o citarlos la imaginación explota y genera imágenes mágicas y sueños suspendidos. Me pregunto hasta qué punto no se eligen los destinos según esos sonidos, como un placer estético que surgiera del corazón. Los rostros de sorpresa que he visto y las interjecciones que he oído cuando citaba destinos que había visitado, Damasco, Estambul, Venecia, Kioto, San Petersburgo o Madrás, son solo comparables a la idea que se tenía antiguamente del viajero que, a la vuelta a casa, era considerado como un mago o un sabio, portador de noticias de mundos insólitos. Samarcanda es uno de esos nombres».

5. Paraísos oceánicos, de Aurora Bertrana

Activista feminista, Aurora Bertrana sentía un impulso inaudito hacia lo exótico. Por ello, convenció a su marido de trasladarse a trabajar a Papeete, en la Polinesia Francesa, donde residirían durante tres años. Allí, Bertrana escribió crónicas de lo que veía (sensualidad, belleza y tolerancia) y las enviaba a sus amigos y familiares a España, base de lo que hoy podemos leer en Paraísos oceánicos.

«El verde de la vegetación parecía recién pintado, todavía mojado y brillante de barniz. En la transparencia del agua, inmóvil, se reflejaban, con una exactitud fascinadora, los cobertizos, las barracas y los árboles próximos; el colorido del vestido de los indígenas que desde el muelle contemplaban el Luqsor y, sobre todo, el cielo, de un azul refulgente, de un azul de esmalte».