Tardé cinco años en tomar la decisión de irme de viaje de forma indefinida. Ni uno, ni dos, ni tres: cinco. Yo decía que lo tenía claro desde el día uno (y era verdad) pero no acababa de dar el paso. La versión oficial incluía cosas como: «ahora que acabo de terminar un máster voy a aprovechar la rutina de estudio para prepararme una oposición» (sí, yo también me pregunto todavía qué clase de golpe me di cuando cambié irme de viaje por encerrarme en una biblioteca); «es que no tengo dinero± o mi favorita «es que ahora tengo trabajo». La realidad es que tenía miedo. Varios, para ser exactos. Pensé que después de cinco años no vendrían más, pero no fue así. Estos son los miedos a los que me enfrenté y cómo los resolví.

1. Irme sola

Este miedo fue el más presente en mi etapa pre-viaje. Había viajado muchas veces y me hacía muy feliz. Tenía claro que quería experimentar la vida viajando sin pensar en la fecha de vuelta, aunque le veía muchas lagunas a lo de viajar sola. ¿Lo disfrutaría? ¿Merecería la pena? Pensé en esperar a que alguien quisiera venir conmigo pero es difícil encontrar con quien compartir un viaje tan largo. Finalmente decidí ponerme a prueba organizando pequeños viajes sola para superar el miedo poco a poco.

El primero fue un interraíl por Europa visitando gente. Aproveché que muchos amigos estaban de Erasmus o trabajando fuera para irme recorrer diferentes países asegurándome que no estaría sola todo el tiempo. Fue una primera prueba, no compartí ningún trayecto y metí un par de ciudades en las que no conocía a nadie donde hice Couchsurfing. La experiencia fue increíble. En el segundo viaje me fui a un recorrer Lisboa cinco días por mi cuenta. Descubrí que efectivamente podía conocer gente en los hostales o a través de las redes sociales (grupos de Facebook o Couchsurfing) y me enganché a la sensación de no tener que consultar a nadie.

Intentarlo poco a poco es la mejor solución para vencer el miedo y comprobar si te gusta o no.

2. La inseguridad

Sudamérica, mujer, mochilera, sola. Según mi entorno más cercano tenía todas las papeletas para que me pasara algo. Pedí a todo el mundo que dejara de avisarme de todos los peligros que podía sufrir porque llegar paranoica al viaje no me iba a ayudar en absoluto.

Descubrí que fue el miedo más fácil de superar. El mundo no es tan peligroso como nos cuentan. Todas las ciudades tienen zonas que es mejor evitar, así que olvídate de ir con el mapa del móvil mirando la ruta más corta porque no te da esa información. Lo mejor es preguntar a la gente local y caminar siempre con cara de que sabes a dónde vas. Puedo asegurar que en nueve meses de viaje lo peor que me ha pasado ha sido perder unos calcetines que desaparecieron de una cuerda de tender en Isla de Pascua.

3. No estar feliz

No podría decir cuántas horas de mi vida pasé investigando en Google la combinación primeros días de viaje + blog de viajes, pero sé que fueron muchas. Infinitos blogs hablan del durante o de la vuelta pero nadie cuenta cómo es el principio. Con todas mis dudas por resolver aterricé en Montevideo un domingo de enero, que viene a ser algo así como aterrizar en una ciudad fantasma de la que todo el mundo ha huido para ir a la playa. He aquí mi confesión: mis primeros días fueron raros, raros.

Viajaba sin billete de vuelta con intención de estar muchos meses. Imaginar la cantidad de tiempo que me quedaba por delante sola me daba un vértigo enorme. Estaba desubicada. ¿No debería estar ilusionada y contenta? Al descoloque de cambio horario y ciudad vacía se sumó la sensación de que mis emociones no encajaban con el principio de cumplir un sueño. Todo el mundo en el hostal estaba feliz, con ganas de hacer planes y yo me sentía totalmente fuera de lugar. ¿Qué pasaba conmigo? ¿Es que viajar no era para mí?

Nos venden todo el rato que viajar es sinónimo de felicidad constante 24 horas y es frustrante darse cuenta de que no es así, pero es que no es lo mismo irse de vacaciones que vivir viajando. Me dediqué a preguntar a todas las personas que conozco que hubieran empezado un viaje largo cómo fueron sus inicios. Me sorprendió escuchar que la mayoría de la gente había pasado por alguna semana de crisis y aquello me tranquilizó.

A veces sólo hace falta hablar y compartir para darte cuenta de que hay mil experiencias distintas y que eres igual de normal que el resto. Sean como sean los sentimientos que estés teniendo, no debería ser de ninguna otra manera. Además si te das tiempo verás que cambiarán.

4. Tomar decisiones constantemente

Unido a la crisis inicial me encontré con que, por primera vez en mi vida, las 24 horas del día estaban a mi disposición. La libertad absoluta. ¿Sabes el miedo que da? Ya no puedes decir que no has hecho algo porque (inserte aquí cualquier excusa) o porque no tenías tiempo, la gran autoexcusa del siglo XXI. A partir de ese momento si no haces algo es porque no te da la gana y toca responsabilizarse de todo lo que haces. TODO. Nadie te marca el camino, nadie te da respuestas a la pregunta ¿y ahora qué hago? y tu cabeza empieza a montar una disertación digna de una clase de filosofía.

Metidos en la rutina no estamos acostumbrados a tomar tantas decisiones al día así que planifica los primeros días del viaje por lo menos. Te dará un margen para acostumbrarte a tomar decisiones todo el rato y evitará añadir las preguntas «¿a dónde voy?», «¿dónde duermo?» o «¿qué hay que ver aquí?». Después te acostumbras a la incertidumbre y el viaje va fluyendo solo.

5. Estar rodeada de gente y sentirme sola.

Es verdad que en los hostales es fácil empezar conversaciones con la gente y que yo hablo hasta con las paredes, pero eso no evitó que en ciertos momentos del viaje me sintiera sola. En Valparaíso, Chile, estuve cinco semanas porque me encantó la ciudad, pero, en algunos momentos, eché de menos estar acompañada de amigos y amigas de siempre para compartir lo que estaba viviendo; otra vez, en La Pedrera en Uruguay, simplemente no cuadré con nadie del hostal. Podría haberme quedado haciendo un sofá-peli-manta, pero hubiera faltado la buena compañía. En esos momentos me sirvieron dos cosas:

  1. Si echas de menos a tu gente, habla con ellos. Vivimos en el siglo XXI, hay Whatsapp, Skype, Facebook, email… Úsalos. Irse de viaje no implica que tengas que desconectar si no quieres. ¿Echas de menos? Resérvate una tarde para compartir tu viaje con tu familia o amigos. Socializa, ¡por el amor de dios!, ¡no se trata de aislarte!
  2. Si lo que te pasa es que no cuadras con la gente de tu alrededor, como me pasó en la Pedrera en Uruguay, pregúntate si es porque no te apetecen los planes que te proponen o simplemente porque no encajan contigo. Que todos seáis viajeros no significa que vayáis a tener conversaciones trascendentales sobre el sentido de la vida y del viaje o que queráis hacer los mismos planes. A veces no cuadras y no pasa nada.

    En mi caso primero pensé que era la gente de ese hostal, así que me cambié de albergue. No tuve éxito y me di cuenta de que lo que no me apetecía en ese momento era el plan hostal y decidí usar couchsurfing. Si te cansas de las mismas conversaciones de hostal que se repiten, usa cualquier red social que te permita conocer gente del lugar en el que estés y cambiar el chip, además le dará otra perspectiva al viaje. ¡Te puedo asegurar que funciona!

Que los miedos no te impidan irte de viaje. Ser valiente no es hacer las cosas sin miedo, sino hacerlas a pesar de ello.

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