Crédito: Aaron Stidwell

 

Aquí comienza la historia… ¡Ahora soy una latina!

Hace cuatro años llené mis maletas con las cosas que consideraba más importantes: un álbum de fotos, mis jeans favoritos y un libro de recetas venezolanas. No sabía qué esperar de Estados Unidos, sólo sabía que mi futuro me esperaba. Me bajé del avión, pisé el suelo multicolor de Texas y mi alma se partió en dos. La mitad sigue resguardada entre las aguas azules de las playas venezolanas y los bosques de mi juventud, pero la otra parte se eleva por los cielos tejanos.

Estas son algunas de las cosas que he aprendido en mis más de mil quinientos por los Estados Unidos.

 

1. Todos somos Latinos, pero somos muy diferentes.

He conocido a dominicanos, puertorriqueños, cubanos, salvadoreños, colombianos y mexicanos. Todos con su propia cultura y hábitos arraigados. Respetamos nuestras diferencias e incluso bromeamos al respecto, casi como si fuéramos familia. “Óyeme… no sabía que los venezolanos comían tantos plátanos, pensé que eso era algo muy dominicano”; “¿Qué es una lapa lapa? ¿Es lo mismo que un conuco?” A pesar de nuestras diferencias, la amistad a primera vista con nuestros hermanos latinos es una comodidad invaluables que aprovechamos mientras exploramos esta nueva tierra juntos.

 

2. Hay una gran diferencia entre una party y una rumba.

Incluso en una fiesta de niños, los latinos entendemos que la celebración durará hasta altas horas de la noche. En la lista de aperitivos y bebidas, reposando tranquilamente entre las sodas y la gelatina, puedes ver una botella de whisky como presagio de la diversión que se avecina. La lista de invitados es al menos de veinticinco personas (sólo la familia cercana, por supuesto), la música sonará a todo volumen y la comida será abundante. Y siempre llegará el momento en el que varios niños harán un berrinche porque no alcanzaron nada en la piñata. ¿Se hicieron una imagen mental de lo que acabo de describir? Las fiestas latinas son el caos en su máxima expresión.

Del otro lado de la cerca blanca la celebración es un poquito más organizada… está bien, digamos que es mucho más organizada. Cuatro o seis niños vestidos en sus mejores galas se sientan alrededor de la tele a ver una película o participan de las actividades que la mamá del festejado encontró en Pinterest con meses de anticipación. La música acompaña la fiesta a niveles moderados y para las seis de la tarde, todos los invitados se encuentran en sus pijamas de cowboys.   

 

3. Hay una gran diferencia entre el amor de mommy y el de mamá.

Las madres americanas tienden a ser más sobreprotectoras en las primeras etapas de la vida de sus hijos. Los llevan de la mano a todos lados y circundan la escuela para asegurarse que sus chiquitines tengan todo lo que necesitan. Mamá es otra historia, durante nuestra niñez se asegura de forjar nuestro carácter y siempre tiene las expectativas más elevadas de nosotros. La chancla siempre está a su alcance, el maestro siempre tiene la razón y ruega protección a la virgencita si acaso llegas a contestarle a este poderoso ejemplo de mujer.

Cuando crecemos todo el universo cambia y las madres cambian con él. Las madres americanas mandan a sus pequeños a la universidad, convierten sus recámaras en cuartos de costura y confían en sus habilidades para confrontar el mundo adulto por sus propios medios; las mamás, por el contrario, se transforman en una entidad consentidora que puede malcriar al espíritu más independiente. Casi tengo treinta años y mi mamá aún me alista el lunch que llevaré al trabajo y me prepara un cafecito todas las noches.   

 

4. Estados Unidos es el lugar donde vivir la emoción del rey de los deportes latinos.

Los estadounidenses piensan que el soccer es el ícono del deporte latinoamericano, y estarían en lo correcto si hicieran referencia exclusivamente a los mexicanos o argentinos. ¡Pero los demás sabemos que el béisbol es el verdadero rey! Todo niño en el Caribe tiene el sueño de convertirse en pelotero y los niños jugando con lo que sea que puedan improvisar un bat y una pelota, son una visión común en Puerto Rico, República Dominicana y en las ciudades de Venezuela. Si pueden pegar un home run con un palo y una tapa de botella, ¡imagìnense lo que pueden lograr con un bat y una pelota!

Nunca olvidaré mi primera experiencia en el Arlington Ballpark, el estadio de los Rangers. Estaban jugando contra los Yankees y en el momento épico en el que Andrus (venezolano, por supuesto) robó la tercera, yo junto con todos mis amigos estallamos en gritos de júbilo y terminamos sobre nuestras butacas. Los fanáticos de las filas de junto nos miraban como bichos raros mientras comían la peor versión imaginable de un hot dog, lo que me lleva directamente a mi siguiente lección.     

 

5. ¡Nada sabe como en casa!

Ni siquiera las Oreos, ni el Cocosette que era el dulce oficial de mis años de escuela en Venezuela. Refrescos, dulces, chocolates, salsas… las versiones americanas son muy diferentes a los productos que tenemos en nuestros países. Pero esto funciona en ambos sentidos, durante mis años en Estados Unidos he desarrollado el gusto por el sabor ahumado de los malvaviscos derritiéndose sobre una fogata en una agradable noche de verano. Estoy segura de que a mi regreso a Venezuela, estos tampoco sabrán igual.

 

6. Los semáforos son para respetarse… siempre.

En Caracas es bien sabido que no necesitas detenerte en la luz roja después de las diez de la noche. Una mirada rápida a ambos lados será suficiente precaución para continuar con nuestro camino. Lo mismo sucede con los letreros de “Alto” en muchos países latinoamericanos… no es de sorprenderse que muchos latinos los consideren meras sugerencias. Las leyes de tránsito deben seguirse al pie de la letra en Estados Unidos y la policía está lista para hacerlas valer veinticuatro horas al día. ¡Incluso tienen cámaras listas para grabar cualquier infracción que cometas! Y sobra decir que las multas no son nada baratas… sí, me sucedió a mi.  

 

7. Honrarás tus tradiciones y las transmitirás a futuras generaciones.

No importa cuántos años lleves bajo la bandera roja, blanca y azul, tus tradiciones no se van a quedar atrás: cocinar al ritmo de música latina, tomar una cerveza Polar o un Pampero con Coca en un sábado soleado, echar sal sobre el hombro si acaso la desperdicias, la matica de aloe en la ventana y el pesebre en una esquina de la casa en Navidad. No importa que no hayas puesto pie en una iglesia en los últimos quince años, el divino niño estará en tu casa porque así te lo enseñó tu abuelita. Al final de la cena de Acción de Gracias, los maduros permanecerán en la mesa junto al dulce de arándano y te encontrarás rodeado de caras amables: las caras de una nueva familia, la que has elegido para vivir en esta tierra que ahora es tu hogar.