Crédito: Luis Guillermo Pineda Rodas

1. Sientes culpa por sacrificar tiempo en familia para viajar.

Pude sentir la decepción de mis padres cuando les dije que no estaría en casa para Navidad. Y esa Navidad, cuando el resto de los mochileros en el hostel comenzó a celebrar las fiestas tomando alcohol en el patio, yo era la única skypeando con mi familia en la sala común. En familias como la mía, cada día festivo lo pasamos juntos, (casi) sin excepción. Elegir “abandonar” ese tiempo familiar por un viaje se convierte en una decisión difícil, cargada de culpa.

 

2. Y te resulta difícil explicarle a tu familia que “te vas de mochilero».

Viajando como mochilera en América del Sur, decidí pasar por Quito para visitar a mi familia extendida. Cuando llegué con los pantalones rotos y una camiseta con manchas debajo de la manga, el pelo enmarañado y sin lavar, y mi mochila un tanto rota, mi familia me miró horrorizada. Para algunos latinos, ir de viaje todavía significa lujo y confort, no tanto aventurarse y visitar lugares con presupuestos acotados. Cuando todavía existe una gran presión por estar “bien arreglada”, la idea de pasar –a propósito- un año viajando y enfrentando adversidades no tiene mucho sentido.

 

3. A veces es más fácil hacerte pasar por lugareño.

Mientras que en Estados Unidos mi piel morena me hace ver diferente, al viajar me permite “mezclarme” con mayor facilidad. En Tailandia, podía pasar por casi-tailandesa. En la India, sin duda, podía pasar por lugareña. En Sudáfrica, creían que era “coloured”, una suerte de mestiza. Mientras que los viajeros con piel más blanca estaban siempre acosados por los vendedores y los guías turísticos, y les resultaba más difícil interactuar de manera más “genuina” con la gente local, los latinos podemos sacar ventaja de no siempre ser identificados como turistas y tratados a partir de esa “otredad”. Esa ambigüedad étnica me permitió, en muchas ocasiones, no parecer totalmente “extranjera”. Es posible que eso haya hecho que los locales me invitaran a tomar el té o a cenar con mayor facilidad, a pesar de que yo me hospedara en el mismo alojamiento recomendado por Lonely Planet que el resto.

 

4. Viajar por América Latina se siente como estar en casa.

Fue refrescante viajar por un continente con una cultura y un estilo de vida que finalmente reflejaba la mía propia. En su ensayo «Traveling While Black«, Farai Chideya describió sus visitas a África como «las más sanadoras de todas… Uno va allí y regresa con una parte de su alma”. Para un viajero con raíces latinas, explorar Latinoamérica puede ser similar. Viajar por allí validó los valores con los que fui criada que nunca tuvieron cabida en el “estilo de vida americano” (estadounidense): el compromiso con la familia, la manera más devota de sentir la espiritualidad y la religión, el énfasis en lo comunitario, el ritmo de vida más lento. Experimentar mis valores de esta manera me permitió reafirmar una parte mía como nunca había podido hacerlo al crecer en Estados Unidos.

 

5.Te la pasas discutiendo qué significa ser “americano”.

Con esta profunda conexión con América Latina, es difícil explicar que también eres “americano” (¡estadounidense!). Los viajeros con pasaportes de Estados Unidos que tienen legados raciales complejos no encajan en la imagen estereotípica de los estadounidenses. Durante mis viajes, muchas personas asumían que «estadounidense» simplemente significa «blanco». Algunos consideraban imposible que, por un lado, me adscribiera como latina, pudiera hablar español sin acento, y tuviera padres nacidos en América Latina, y que, por el otro, me identificara como “de los Estados Unidos”.
Viajar me obligó a tratar de explicar qué es ser latino en los Estados Unidos. Respondiendo estas preguntas sobre identidad, familia, cultura y experiencias latinas en los Estados Unidos, también le pude mostrar a muchas personas lo diversa y multidimensional que puede ser la identidad «Americana».

 

6. Te cuestionas cómo viajar puede encajar en el modelo de vida exitosa.

Al venir de una familia que ha pasado su vida entera trabajando y sacrificándose con la esperanza de una vida exitosa en sentido “convencional”, la idea de gastarme todos mis ahorros viajando en vez de sacar una hipoteca o comprar un auto fue difícil de justificar. Cuando finalmente tuve la estabilidad que mi familia se había esforzado tanto en proveerme, parecía casi una falta de respeto tirarlo todo por la borda para vivir como mochilera durante un año. Este tipo de “ansiedades” nos llevan a tratar de hacer encajar los viajes en la noción que nuestra familia tiene de ser alguien.

 

7. Pero, en el fondo, sabes que poder viajar también forma parte del sueño de éxito.

Paradójicamente, para los latinos que fuimos criados en Estados Unidos, son nuestras experiencias familiares las que nos llevan a viajar en primer lugar. Con el tiempo, nos damos cuenta de que esas “oportunidades” por las que nuestras familias trabajaron tan duro van más allá de una buena educación, un buen trabajo o un buen sueldo. También incluyen poder ver el mundo y perseguir nuestros propios sueños e intereses. Desde esta perspectiva, viajar debería formar parte de lo que “el sueño americano” realmente significa.

 


Este artículo fue publicado originalmente en inglés el primero de Noviembre de 2014.