1. La importancia de lo bonito.

Caminando por las calles de Tokio me encontré con un camioncito muy peculiar: por el frente estaba caracterizado como un perrito, estaba limpísimo y pintado en tonos pastel, a su paso sonaba una musiquita coqueta y por las bocinas se escuchaba una voz que quién sabe qué decía, pero se escuchaba de lo más amable. ¡Era el camión de la basura! En México este mismo camión parece salido de una película de Mad Max y puedes olerlo antes de verlo a la distancia… y jamás ha estado caracterizado como un perrito. Parecen diferencias muy tontas, pero una ciudad bonita es más disfrutable y participar en su mantenimiento se vuelve más fácil. Y no es un cambio tan complicado, ¿o sí?

 

2. El orden en las multitudes.

Tokio y la Ciudad de México son ciudades monstruosas por las que millones de personas transitan a diario. El volumen de gente, el ruido y el frenesí de una hora pico en cualquiera de los dos lugares son factores suficientes para causar colapsos nerviosos a la carta, pero existe una pequeña diferencia en el orden con el que estas multitudes se desenvuelven. Una ciudad japonesa se asemeja a un hormiguero donde cada quien cumple con ciertas reglas y el sistema funciona como un todo. Una ciudad mexicana es como ese mismo hormiguero, pero con hormigas que se olvidaron de los fundamentos básicos de la física y donde “pasar antes que el de junto” parece una obligación moral.    

 

3. El uso generalizado de la bicicleta.

En Japón y en muchas partes de Asia la gente no considera el auto como una necesidad sino como un lujo no muy práctico que ha sido apabullado por la sobrepoblación y el crecimiento urbano. La bici es parte integral de la vida en las ciudades… ¿cómo podría no serlo? Aunque en México se han hecho muchos avances en movilidad urbana, la bici sigue sin considerarse un medio de transporte eficiente por la mayoría de las personas.

 

4. La organización del espacio personal.

Las casas y departamentos japoneses no son muy grandes, pero el espacio está muy bien aprovechado. Todos los lugares a los que entré tenían ese dejo de orden que los hacía ver como habitaciones recién ocupadas y libres de un exceso de tiliches. Nada de cuartos de trevejos por aquí.  

 

5. Zapatos para cada ocasión.

Acabas de limpiar tu casa, todo se ve prístino y libre de polvo, pero a la primera de cambios saldrás a la calle, te embarrarás los zapatos de cuanta porquería encuentres por tu camino y regresarás como si nada a embarrar de cochinada todo a tu paso. Sobra decir que tu casa ya no estará muy limpia después de un rato. La costumbre de tener zapatos especiales para usar en casa (¡incluso para entrar al baño!) evita que el desmadre se propague de inmediato y mantiene los espacios más limpios. No es una costumbre tan complicada de adoptar y te ahorrará momentos con la escoba y el trapeador.   

 

6. El respeto al espacio ajeno.

Se habla mucho del hacinamiento en el metro de Japón y es verdad que en las estaciones de Tokio hay gente que se encarga de empujar a los pasajeros para que entren en el tren; sin embargo, por más lleno que vaya un vagón, el tránsito no se vuelve insufrible. Después de unos empujones y reacomodos, todo el mundo se adecúa a su espacio y los arrimones y clavadas de codo brillan por su ausencia. Nada que ver con el Metro Pantitlán a las siete de la mañana.

 

7. La responsabilidad por la salud pública.

Es común ver a los japoneses usando tapabocas por la calle y en otros lugares públicos. Esto puede ser para filtrar un poco del polvo en el ambiente, pero también para evitar que las infecciones respiratorias se propaguen como la peste. En México tuvimos que vivir una crisis de influenza para que aparecieran campañas de salud pública en las que se explicaba que había que taparse la boca para estornudar o toser, ya no digamos usar tapabocas como medio para prevenir infecciones. Pequeñas diferencias, pero muy importantes.