“TODO RELATO ES UN RELATO DE VIAJES”, dijo una vez el sociólogo alemán Georg Simmel, por eso no ha de extrañarnos que la frontera entre la literatura, el diario, la poesía y el relato de viajes esté tan difuminada. En el relato de un viaje puede caber de todo porque lo que importa, por encima de la forma, es la intención: indagar con la palabra en los lugares por los que pasamos para darles un sentido, ya sea solo para nosotros mismos o para compartir con los demás.

Muchas mujeres hispanohablantes han expresado su relación con el paisaje y lo urbano en sus textos y muchas de ellas incluso han hecho del viaje y de su narración un modo de vida. Éstas son algunas de ellas.

1. Carolina Reymúndez, de profesión viajera

Foto cedida por Carolina Reymúndez

Desde hace 17 años a Carolina le pagan por moverse por el mundo y contar lo que ve. A través de su mirada recrea los espacios y las ciudades para que los lectores puedan acceder a él desde las pantallas o el papel. Pero ése, “el mejor trabajo del mundo” (como también se llama su libro de crónicas, donde recopila lo que quedó fuera de las revistas) también es una profesión de pérdidas: a medida que se coleccionan países se van perdiendo amigos, cumpleaños, nacimientos.

Carolina escribe en su página personal Viajes Libres sobre el hecho de viajar, sus experiencias y sus aprendizajes como periodista de viajes:

“El día del pájaro en la turbina empezó temprano. Eran las cuatro de la mañana y ya tenía los ojos abiertos y eran las siete y el avión de Ethiopian Airlines con destino a Addis Ababa carreteaba por la pista del aeropuerto de Dakar. Hasta ahí, un despegue más.
El avión carreteaba más rápido, más y más. Cuando había alcanzado la velocidad de despegue, en lugar de levantar vuelo pegó una frenada que dejó tiesos a los cinturones de seguridad. Y a los 50 pasajeros que por un segundo dejamos de respirar. Quizás hasta fueron dos segundos. […] En un momento paré a una azafata vestida de verde, flaca, con cara de pánico y le pregunté qué había pasado.
—Entró un pájaro en la turbina… y la rompió— me dijo y siguió caminando rápido, como si estuviera a punto de despegar. Pero abrió la puerta y esperó a que bajara la escalerilla mientras el comandante explicaba lo sucedido sin mucho detalle y nos invitaba a bajar.
Me lo crucé en la puerta y le volví a preguntar qué había pasado. Repitió lo que ya había escuchado tres veces: “Entró un pájaro en la turbina”.

En ese momento recordé que todas las tardes —y probablemente todas las mañanas— el cielo de Dakar se cubre de enormes y oscuros pájaros carroñeros. Ni bien los vi, un atardecer rosado, me parecieron bellos. Pero enseguida los vi volar bajo, buscando comida, la misma que buscan y no encuentran muchos habitantes de Dakar.”

2. Eider Elizegui, sola en la montaña

Crédito foto: Jordi Rovira

En el año 2008, Eider Elizegi se mudó a un refugio de montaña en el Mont Blanc, a 3817 metros de altura. Durante cuatro meses convivió con la luz, el hielo, y el aire vertical. De aquella experiencia nacería un libro excepcional, “Mi montaña”, un verdadero acercamiento poético a la orografía y al paisaje. Ella escribe:

“Esta mañana ha nacido una nube que quería ser montaña. Lenticular.
Se ha disfrazado de ladera nevada, de arista, de cima elevada. Yo quisiera
prepararme a toda prisa, calzarme mis botas de montaña y ajustarme los
crampones, correr hasta ese lugar y recorrer con mi piolet en la mano la
ilusoria solidez de esa arista de perfil voluble.”

3. Virginia Mendoza, la cronista de Armenia

Foto cedida por Virginia Mendoza

En su libro “Heridas del Viento”, donde reúne sus crónicas sobre la desconocida Armenia, Mendoza cuenta que su abuelo se le apareció en sueños y le dijo que había nacido en la calle de los Armenios. No era cierto, pero esto le pareció a la periodista una señal. Al día siguiente recibió un mail confirmándole su participación en un programa europeo en este país.

Cuando viajamos podemos ir lejos o podemos ir profundo. En los textos de Virginia se hace evidente que su viaje fue de los segundos: hacia el interior de la cultura y las tradiciones del pueblo armenio. Además, su libro es la constatación de que el periodismo narrativo está en auge.

“La casa de Lusik Aguletsi podría ser ella misma si Lusik fuese morada. La mujer es menuda y, manchada de pintura de tantos colores, parece un lienzo que hubiese caído en manos de Pollock. Camina enfundada bajo un gorro tradicional armenio, que sujeta con un pañuelo negro, anudado bajo su mandíbula. Sus ojos son directos y profundos como para albergar todo el mundo del que su buhardilla es miniatura. Cuando habla, sus ojos no dejan de mirar de un lado a otro; barren con delicadeza la cara y el cuerpo de su interlocutor. Porque ella no observa: analiza. A veces deja las pupilas quietas, entorna la boca y sonríe mostrando la parte superior de una dentadura perfecta. El cutis, el pelo, toda ella, irradian una belleza madura y joven a la vez. Como si pudiese hacer con el tiempo lo que le diese la gana.”

4. Magalí Vidoz, la casa llevada

Foto cedida por Magalí Vidoz

La escritora argentina Magalí Vidoz abandonó su Argentina natal y tardó más de dos años en regresar a ella. Por el camino fue cuidando casas y escribiendo ese otro viaje —el viaje interior—en un diario virtual llamado Caminomundos. A su vuelta escribió un libro: Memorias de la luz.

“Mayo. Cae la lluvia en una estación de autobuses.
Berlín ha quedado al costado del camino tan lejos y desconocido. No he visto más que algunas torres, la silueta de los árboles presenciando el verano, algunos robos superpuestos de comida animal. Homicidio de lo sweet.
He dibujado a Berlín en un cuaderno que aparece en mi mochila de mano sin saber bien cómo. Me siento incapaz de rememorar el estado de un objeto, la geografía de una cosa que nunca ha sido mía. Un cuaderno viaja de mi mano y me susurra un sentido ilegal de pertenencia, de ser sin haber sido vista, jamás, caminando las calles de este lugar. Entonces: ¿ha sido Detmold parte del viaje o en este juego ingenuo he inventado un nuevo paraíso?
Todo esto me recuerda a la playa nudista a las afueras de Barcelona en que tuve que correr y esconderme para poder sumergir una a una todas mis capas en el Mediterráneo.
Eso sí que fue un deseo.
Cada segmento es importante: el regalo de Hicham, el encuentro con Elena (aunque tan sutil y breve), la mirada detenida sobre el Pacífico, aquellas veces que extrañé a E aún sin conocerlo. Aprecio el pasado como tierra fresca. Pero yo no soy la misma que he sido ya. Soy la misma que soy ahora, en este momento vivo.”

5. Cristina Peri Rossi: Barcelona, poema

La uruguaya, exiliada en España desde 1972, es escritora, traductora y poeta. Ha vivido en Barcelona, ciudad a la que ha regalado algunos de sus poemas más bellos. Este está contenido en Estrategias del deseo:

“Creo que por amarte
voy a amar tu geografía
-“una fea ciudad fabril””
la llamó su poeta, Joan Maragall-
la avenida que la atraviesa diagonalmente
como un río inacabable
las fachadas de los edificios llenos de humo
bajo los cuales
-palimpsestos-
se descubren dibujos antiguos
inscripciones romanas.

Creo que por amarte
voy a aprender la lengua nueva
esta lengua arcaica
donde otoño es femenino
-la tardor-
y el viento helado
tramonta la montaña.

Creo que por amarte
voy a balbucear los nombres
de tus antepasados
y cambiar un océano nervioso
y agitado –el Atlántico-
por un mar tan sereno
que parece muerto.

Creo que por amarte
intercambiaremos sílabas y palabras
como los fetiches de una religión
como las claves de un código secreto
y, feliz, por primera vez en la ciudad extraña
me dejaré guiar por sus pasajes
por sus arcos y volutas
como la viajera por la selva
en el medio del camino de nuestra vida.
Las ciudades sólo se conocen por amor
y las lenguas son todas amadas.”

6. Chantal Maillard, India interior

Nacida en Bélgica, la poeta y filósofa renunció en 1969 a su nacionalidad para adoptar la española. El rasgo primordial de su escritura es que trasciende cualquier género en el que se la quiera encasillar. Viajó y estudió la India con detalle y el resultado de aquella experiencia se puede leer en los volúmenes India y Diarios Indios. Un fragmento de este último:

“Escribir como se pinta. Porque la imagen es pobre. ¿Cómo contar Benarés? ¿Cómo atrapar y rendir en la imagen sus cinco dimensiones? Cuatro espaciales y la continuidad: Benarés se excede en la quinta. Qué pobres límites, los del recuadro de una imagen. Por mucho que añadamos el movimiento, el sonido, los olores, el espacio de la memoria, nunca lograremos dar cuenta de esa constante afluencia de todo en todo, ese ir y venir continuo de todo a todo, la perpetua representación del gran gesto común en fragmentos que se deshacen como una mariposa entre los dedos de quienes la quieren apresar.”

7. Laura Casielles: Marruecos en verso

Foto cedida por Laura Casielles

En el año 2014 publicó el poemario “Las señales que hacemos en los mapas” sobre su experiencia de habitar Marruecos. Un libro que demuestra que la poesía de viaje también existe. Ella es periodista y filósofa.

“RABAT (VII)
IDIOMA

Ya sé decir jacarandá,
flor de doble primavera,
venga a nosotros tu color
si algún día no encontramos el camino a casa.

Sé decir naranjo fértil que me das desayunos,
azahar que vi antes en otro sitio,
palmera del amor.

He aprendido los cien nombres de los cactus.

He aprendido eucalipto foráneo,
argán de asombro habitado de animales,
bananero encerrado en jardines,
aloe redentor.

Strelitzia reginae,
ave del paraíso,
flor amarilla azul
que ha inmigrado a esta plaza.

Arrayán de la tumba del poeta.
Dama de noche perfume de adiós.

Escribiré estos nombres en mi diario.
Como sombra.
Como raíz.”