Crédito: Jaime Pérez

1. Conoces los peligros de brindar con agua.

O con cualquier otra bebida no alcohólica. Puedes hacerlo, claro, pero ¡ten cuidado! Tu rebeldía va contra las leyes del universo y habrá consecuencias: estarás condenado a siete años de mal sexo o a siete años sin ningún tipo de sexo (ni bueno ni malo). Seguro que en más de una ocasión has debatido sobre cuál de las dos condenas te tocará, lo que llevó a la discusión sobre cuál de las dos es peor.

 

2. Al brindar, lo que miras es principalmente tu copa.

¿Quién esa persona inquietante que intenta de forma desesperada hacer contacto visual con los otros participantes del brindis? Ah, sí, un extranjero. Al brindar, preferimos tener la mirada fija en la copa para asegurarnos de que no se derrama ni una gota. Ya nos miraremos a los ojos más tarde, cuando la bebida esté por fin segura sobre la mesa.

 

3. Lo del “p’arriba, p’abajo, pal’centro y pa’dentro” te parece vergonzoso y estúpido, pero has participado en muchos brindis en los que has gritado la fórmula alegremente y realizado la coreografía acompañante.

Y precisamente por esto no les quitamos ojo a nuestras copas al brindar. Gritamos esas palabras mientras movemos las copas en las direcciones indicadas, con brío y poca delicadeza. ¿Para qué justificar lo de beber brindando por la felicidad o la salud? ¡Lo que celebramos es el acto alcohólico en sí mismo!

 

4. La idea de mezclar vino tinto con Coca-Cola no te horroriza.

El compañero perfecto del botellón fue siempre el kalimotxo. Cuando eras adolescente y el vino tinto era demasiado amargo para ti, añadías un poco de Coca-Cola para endulzarlo y arreglado. Eso sí, el kalimotxo perfecto no es tan fácil como parece: necesitas los ingredientes más baratos que encuentres (vino en cartón y no botella, y cola de marca blanca). Hay que beberlo en vasos de plástico de los grandes (de medio litro mínimo). ¿Te has manchado la ropa de kalimotxo? Esas manchas son como cicatrices, pruebas y suvenires de una vida emocionante, y la palabra glamour no existe en tu vocabulario. Si eres todavía adolescente, disfruta de la experiencia mientras puedas. Los dolores de cabeza y lagunas memorísticas te dejarán claro dentro de no mucho que eres ya demasiado viejo para la mezcla.

 

5. Has bebido en la calle… de forma voluntaria.

Pasaste tu adolescencia y tus primeros años de veinteañero quedando con tus amigos (y con un montón de desconocidos) en la calle o alguna plaza o parque para hacer botellón. Ibais al supermercado, comprabais botellas de alcohol y refrescos, vasos de plástico, bolsas con hielos, y os creabais vuestro propio bar al aire libre. Mucho más barato que beber en un pub y desde luego mucho más aconsejable que hacerlo en casa si tus padres iban a estar presentes. Tras años amando el botellón, de pronto un día (cuando conseguiste un trabajo, cuando empezaste a preocuparte algo menos por tu dinero y más por el frío) decidiste que era mejor ir a un bar. Ahora solo bebes al aire libre si es en una terracita un día de buen tiempo.

 

6. Conoces las alegrías de los cánticos regionales.

¿A quién no le apetece cantar después de unas copas? Pero no te vale cualquier canción, quieres algo que sientas en lo más profundo de tu alma, algún cántico antiguo sobre tu tierra, tu gente, los paisajes, el trabajo duro, el alcohol (y, dependiendo de de dónde seas, también sobre sexo). ¡Las canciones regionales son perfectas! Y ni siquiera tienen que ser de tu región, ¡Asturias patria querida es un clásico en todas partes!

 

7. Beber de día te parece normal.

Vale, quizá no al desayunar, pero el resto del día puedes pedir una bebida alcohólica en cualquier rincón de España y no ser juzgado por el camarero, tus amigos, tu familia o cualquier otra persona. ¿Antes de comer? El aperitivo tiene que ser acompañado de un vermouth o una clara. Puedes tomarte una caña o una copa de vino con la comida (y después volver a trabajar, sí). Y lo de beber después de las 5 de la tarde es normal en todas partes, ¿no?


Este artículo fue publicado en inglés el 27 de enero de 2015.