Dúo cómico Los Morancos

Superaste duras negociaciones a la hora de comer.

La hora de comer suponía todo un suplicio dependiendo del plato que tocase aquel día. Si la comida no era de nuestro gusto, terminarlo se convertía en algo menos que misión imposible. Nuestras madres sacaban a relucir su ingenio para acortarnos el mal trago y a la vez salirse con la suya a base de: “Venga dos cucharaditas más”, o “al menos la mitad del plato”. Si llegaba el momento de medidas radicales, escuchabas: “si no te lo comes hoy te queda para la cena y sino para desayunar mañana”.

En otros casos recurrían al chantaje emocional: “hay niños que no tienen qué comer”. Y otras ocasiones, simplemente nos la metían doblada: “¡mamá, no quiero pescado, no me gusta!” “No te preocupes hijo que no es pescado, es carne de pez”.

 

Creciste con pánico a encontrarte con el hombre del saco.

Si tu infancia ha tenido lugar en España, a buen seguro la figura del omnipresente “hombre del saco” te habrá hecho compañía. Su nombre, en boca de nuestras madres, servía de amenaza en caso de mal comportamiento.

Por su culpa, más de uno ha tenido que mirar dos veces debajo la cama antes de dormir y procurar que ninguna parte del cuerpo quedase fuera de la protección de la sábana.

 

Aceptaste que tu supervivencia estaba ligada al consumo del abecedario en forma de vitaminas.

Crecer sano estaba ligado a una lista interminable de comidas (de la dieta mediterránea) y sus propiedades nutritivas. Comer lentejas que tienen mucho hierro; tomar mucha leche y yogures que tienen mucho calcio; acostumbrarse al pescado ya que es muy rico en fósforo. Y no olvidar el zumo, que tiene mucha vitamina C, y ¡si no te lo bebes pronto se le van las vitaminas!.

 

Probaste todo tipo de mejunjes y remedios caseros de dudosa efectividad.

Ante cualquier imprevisto o enfermedad, la “solución” siempre estaba en casa. Nunca nos quedó claro si aquello funcionaba o eran cuentos chinos, pero nuestras madres lo tenían claro: ante una quemadura, te ponían pasta de dientes; en caso de sangre, la mercromina, y si no respirábamos bien o estábamos congestionados, se cocían hojas de eucalipto y se respiraba su vapor.

Y no puede dejar de añadirse las propiedades mágicas de la saliva de nuestras madres. O de canciones tales como “sana, sana, culito de rana, si no sanas hoy sanarás mañana”, con las que todo se pasaba.

 

Comprobaste que es posible contar con facultades adivinatorias.

Aunque nos cueste creerlo, las madres españolas también fueron personas normales antes de dar a luz. Pero desde el momento en que se convirtieron en madres, como si por arte de magia se tratara, adquirieron un don para predecir el futuro. Quién no ha oído profecías tales como “deja ese cuchillo que te vas a cortar” (y te cortas) o “no te subas ahí que te vas a caer”(y te caes). Por supuesto que una vez cumplida la profecía, lejos de consuelo, te suponía unos azotes -aún a pesar de haberles dado la razón-.

 

Recibiste lecciones multidisciplinarias para las cuales no existe diploma.

Las madres españolas son auténticas catedráticas sin título, que nos ofrecieron sin saberlo, todo un curso completo de la vida a través de su particular refranero. Aquellas “frases de madre” contenían una mezcla única de enseñanzas académicas y de sabiduría popular que recibimos a través de las siguientes “asignaturas”:

Lengua española e idiomas extranjeros. Sólo ellas saben pronunciar, y de qué manera, nuestro nombre propio y apellidos cuando hemos hecho algo mal. A lo cual puede seguirle un: “¿A caso hablo en chino?”, si es que somos reincidentes.

Psicología. ¿Y si todos se tiran de un puente tú también te vas a tirar?. O también aquello de “Para que me preguntas si después vas a hacer lo que quieras”.

Introducción a la lógica (ilógica). ¡Cállate y contesta!, ¡Ven acá y no te muevas!, ¡Cierra la boca y come!

Hostería y turismo. Sólo pasas por casa para comer y dormir, ¿pero tú que te has creído, qué esto es la pensión? ¡No me he sentado en todo el día!

Ciencias del comportamiento y genética. Eres igualito/a a tu padre (ante la copia de conductas negativas de nuestros progenitores).

Manejo de la ira. 1. Tu hazle caso a tu madre, que tu madre sabe mucho de esto. 2. ¿Pero tú te crees que yo nací ayer?. 3. ¡Como tenga que ir te vas a enterar! ¡A qué voy!

Historia del siglo XX. Cuando yo era pequeña no teníamos con qué jugar. Lo que a ti te pasa es que tienes de todo. Mucho revicio… A mí a tu edad ni eso me daban.

Contratos de arrendamiento. Mientras vivas en mi casa se hará lo que yo diga. Cuando vivas en la tuya ya harás lo que te venga en gana. Y también, ¿Pero tú que te crees que esto es el Banco de España?

 

Comprendiste que algunos de los trabajos más importantes no son remunerados con dinero.

Y es que, desde la cuna, nuestras madres han estado siempre ahí sonando narices y cambiando pañales, realizando ese trabajo no remunerado que no podría pagarse ni con todo el oro mundo. Ellas fueron y son nuestras defensoras implacables, nuestras fans incondicionales y sufridoras profesionales de nuestros tropiezos. Por todo ello aprendimos, que la vocación de madre no conoce de festivos ni de fines de semana por más años que los hijos tengan.