Foto: José Morcillo Valenciano

1. Despertar de madrugada sin saber qué diablos está pasando.

No, allá no pasa el señor de los tamales ni el de “ los colchones, tambores, refrigeradores (…), o algo de fierro viejo que vendan”. Como en todos los países musulmanes, en Marruecos se avisa -con un increíble canto- que es tiempo de orar, y la primera llamada es justo antes de que salga el sol. Pero no se preocupen, el ‘aḏān’, como se le conoce al canto, es lo más mágico e increíble que escucharán en su vida. Después de un tiempo, aunque no entiendan árabe, terminarán amándolo.

 

2. Pensamos que sabemos regatear pero no tenemos ni idea.

Foto: Daniel Zubillaga

Si bien en México no somos ajenos al arte de la negociación callejera (¿…ya es lo menos?), en Marruecos regatear es un tema de estado. No sé si desde chiquitos entrenen en la tiendita de la esquina,  lo que sí sé es que hasta a Carlos Slim “se lo podrían chamaquear”.  

 

3. ¡Una cerveza porfavooor!

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Salir a comprar una cerveza a la tienda o pedir una en casi cualquier restaurante es algo normal para nosotros los mexicanos. En Marruecos es distinto. Como musulmanes, el alcohol está prohibido, por lo que si quieren disfrutar de la añorada ‘chela’ de fin de semana, hay que salir de ‘scouting’. No se preocupen: “el que busca encuentra”.   

 

4. Aprendes a querer a los gatos…

Foto: Daniel Zubillaga

A los pocos días de haber llegado a Rabat, la capital de Marruecos, empecé a notar que por donde caminara había casi siempre un gato resguardando la calle. ‘I’m a dog person’, sin embargo hay que subrayar que los gatos marroquís son menos huraños. Además, su naturaleza misteriosa e hipnotizante combina a la perfección con la arquitectura de Rabat.

 

5. Y comienzas a extrañar a los perros.

Primero te das cuenta de que hay gatos por todos lados; después caes en cuenta de que por las noches no hay ladridos. Existen diversas teorías que lo explican, aunque todas se relacionan al Islam. Para algunos musulmanes los perros son animales poco higiénicos, mientras que para otros son simplemente demasiado ruidosos. Algunos creen incluso que atraen la mala suerte.

 

6. ¿Es salam aláikum o aláikum as-salam? ¡Ya se me olvidó otra vez! 

Foto: Daniel Zubillaga

El refinado equivalente a nuestro burdo pero cariñoso “qué onda güey”, es el “salam aláikum”. El saludo es utilizado por los musulmanes en todo el mundo y significa “que Dios te de protección y seguridad”. El problema es que al saludo le precede la respuesta, compuesta por las palabras del saludo pero ordenadas de forma inversa. Lo ven, hasta explicarlo es complicado; de la pronunciación correcta, mejor ni hablamos.

 

7. Dejas tu adicción por los tacos y descubres una nueva: los postres árabes.

Pasta filo, nueces, pistaches, mucha miel y un vaso de leche fría es sinónimo de felicidad. En México podemos jactarnos de tener una de las mejores gastronomías del mundo. Los tacos al pastor “con todo” y las tortas de milanesa con queso son insuperables, pero cuando se trata de postres, los árabes son los especialistas.  

 

8. Te das cuenta de que no sabes nada del mundo árabe.

Foto: Daniel Zubillaga

¿Han observado alguna vez una mezquita con detenimiento? La primera vez que lo hice no solo quedé maravillado por su belleza, sino que sentí que se trataba de un lugar muy especial. A diferencia de las iglesias cristianas, en las mezquitas Dios es representado a través de la arquitectura y la geometría. Más allá de la religión o filosofía de vida que se profese, existe belleza en todos lados, el secreto está en detenerse a observar.