1. El aire

Nada más bajarte del avión lo hueles. Durante unos segundos notas cómo tus pulmones se despiertan con el olor a salitre que impregna el aire, recordándote lo mucho que hacía que no tomabas una bocanada de aire a pleno pulmón bajo un sol más extrovertido de lo habitual. Parece una tontería, pero te sorprenderá lo poco que hizo falta para que la isla te sacara tu primera sonrisa.

2. Sin prisa

En las ciudades nos gusta mucho crear nuestros propios horarios y rutinas para ser más eficaces y productivos en medio del caos. Volver a la isla romperá cualquier esquema temporal que trates de programar: ni ese desayuno te lo van a servir y cobrar en 5 minutos, ni saludar a ese amigo te va a llevar nada más que un par de minutos. Prepárate para ir sin prisas dedicando tiempo a cada paso que des por la vida insular y, sobre todo, disfrútalo. Que la vida se disfruta en los detalles y estos, con las prisas, se pasan por alto.

3. Caminar no es costumbre

Vivir en la gran ciudad cultiva el arte del paseo, de caminar por no meterte en el bullicio del transporte público. En la isla, la mentalidad es otra: te sorprenderás tratando de convencer a amigos y familiares de que las distancias que ellos ven como insalvables sin coche son sólo paseos de 20 minutos andando. ¿Un desvío de 10 minutos en coche? Toda una odisea para el colega que vive en la isla. ¿Convencer a tu padre de que vaya caminando a la oficina que está a un kilómetro? Suerte.

4. El salitre

Hasta que no viví fuera nunca me di cuenta de cómo vivir junto al mar puede afectar a nuestro hogar y pertenencias. El óxido y las manchas de salitre en las chapas de los coches y las ventanas de las casas en primera línea de playa son moneda corriente y algo que antes te parecía totalmente normal ahora te hará preguntarte si no habría que cambiar ese marco o limpiar ese coche de alguna manera, dejarlo pulidito.

5. La ropa

Para empezar, ese armario tan nutrido del que presumes en la ciudad no te servirá de nada cuando bajes al paraíso. Ni apetece facturar maleta, ni falta que hace. Unas cholas, unas bermudas y camisetas variadas serán el núcleo de tu vestimenta diaria. Pero te sorprenderá la facilidad con la que surgen situaciones en las que hay que quitarse la ropa: las piscinas y la playa acechan en cualquier plan social que surja y de repente te arrepentirás de no haber cuidado tu figura cuando te veas en la postura de quitarte la camiseta rodeado de amigos que pasan el día tomando el sol y haciendo ejercicio al aire libre. ¿Sabes qué? Vivir en la ciudad es lo que tiene, olvídate de complejos y disfruta de las diferencias que nacen de haber tomado distintos caminos en la vida.

6. Tu piel

Por muy exóticos que seamos los canarios fuera de las islas, lo cierto es que volver tras una temporada te hará sentir como si fueras un turista. Lo que en la gran ciudad te parecía una piel tirando a morenita, al pisar la playa te sentirás con ganas de imitar un acento inglés de lo pálido que te vas a ver. Lo peor son los pies: mi consejo es que no escatimes en crema los primeros días, que tener prisa con el bronceado te depara más dolores de cabeza que otra cosa. Truco: aprovecha los dos primeros días para ponerte a tono antes de empezar a quedar con los amigos.

7. Charlar con cualquiera

Ay, qué bonito es desempolvar el maravilloso arte de bromear con desconocidos que encuentras por la calle. Desde la cajera del supermercado al conductor de la guagua, será habitual que a la mínima que des pie a una conversación la gente te sorprenda con bromas, comentarios amigables y una simpatía que te hará sentir como en casa. Rodeados de océano, qué quieres, nos no queda otra que aguantarnos los unos a los otros y, si es con una sonrisa en la boca, mejor.

8. Volver va a ser duro

Apenas pasen dos días se te cruzará ese terrible pensamiento: volver a la rutina va a ser duro. Porque Canarias tiene algo que lo hace único e irrepetible. Pero no te comas la cabeza, mi niño, que un «hasta luego» no es un «adiós» y las islas siempre estarán ahí para que vuelvas cuando lo necesites.