1. El aguacate dulce

El aguacate es para el guacamole, las salsas, los tacos y hasta para comérselo solito con limón y sal, ¿cierto? Pues en Brasil el complemento perfecto de esta fruta es el azúcar y lo preparan en dulces, licuados y hasta en pasteles. Después de prepararles un guacamole a mis amigos brasileños, noté en sus caras la sorpresa absoluta de que el menjurje no supiera a rayos —aunque la verdad es que nadie quería ser el primero en probarlo.

Debo decir que el aguacate que se consigue por estos lares es muy distinto al que estamos acostumbrados y su sabor podría afiliarse más al postre que al taco, pero de que es un sacón de onda, es un sacón de onda.

 

2. El escándalo tempranero

Si piensan que las calles de las ciudades mexicanas son escandalosas, Brasil les dice quítate que ahí te voy. Las ciudades brasileñas no sólo tienen su versión del fierro viejo, la basura y otros escándalos urbanos habituales, también cuentan con el alboroto producido por las conversaciones cotidianas, que están varios decibeles por arriba de sus contrapartes mexicanas. ¿Lo mejor? La actividad en las calles empieza extremadamente temprano, por lo que a las seis de la mañana —hora en la que abren los botecos o bares de la cuadra— se empezarán a colar conversaciones por tu ventana y hasta lo más profundo de tus sueños.

 

3. Las servilletas no sirven

Las servilletas brasileñas son una suerte de papel encerado que de lejos parecerían no tener ningún problema, pero una vez que las tocas sabes que con eso no podrás limpiar ni tu conciencia. ¿Para qué sirven? En Brasil está mal visto tomar la comida con la mano —comen pizza con cuchillo y tenedor— y estas servilletas son muy útiles para llevarte algún tentempié e irlo comiendo en el camino.

 

4. El buffet de pan

La primera vez que entré a un buffet de desayuno me pareció muy curiosa la oferta de alimentos. Pensé que se trataba de un buffet de pan. El tiempo me enseñó que ese desayuno no tenía nada de extraño y que no existe tal cosa como un “buffet de pan”. Los brasileños desayunan una cantidad brutal de carbohidratos —hasta aquí llegó tu fama, guajolota— y mi ojo avisor pronto comenzó a deshilvanar los conceptos más sutiles. No es lo mismo una rebanada de pastel (bolo), que un mixto (sandwich), que un pastel (algo así como un buñuelo relleno), un pão de queijo (pan de queso) o un pão de batata (pan de papa)… aunque sí, para fines prácticos, todo es pan.

 

5. Las Havaianas hasta en la sopa

Sabía que las Havaianas eran famosas en Brasil, pero nunca me imaginé la omnipresencia que se cargan estas chanclas. No sólo las venden en la tienda, en el súper, en las plazas y en sus propias boutiques, ¡también las venden en los puestos de revistas! Supongo que como una medida emergente si se te rompe la chancla a medio camino.

 

6. La comida por kilo y la notita de consumo

En México uno está acostumbrado a llegar a la fonda, pedir, comer y pagar. Fácil y sencillo. En Brasil lo primero que me llamó la atención es la notita de consumo que te entregan apenas entras a muchos restaurantes y tiendas. Esta notita sirve para anotar —en tiempo real— todo lo que vayas pidiendo y, en caso de que sea un buffet, el peso de lo que te has comido. El “self service” está muy extendido en Brasil y normalmente viene con el sobreentendido de que todo lo que te sirvas será puesto en una balanza y se te cobrará acorde al peso de tu comida. Además, en muchos lugares —sobre todo en los que no hay balanza— te cobrarán extra si no te acabas todo lo que te serviste.

 

7. El ejercicio más allá del gym

Mientras que en México quedamos para el café o las chelas después del trabajo, en Brasil mucha gente se reúne en las noches para hacer ejercicio. Las ciclovías y los parques están llenas de gente paseando en bici o corriendo, los aparatos que están en las plazas públicas siempre están ocupados y puedes ver grupos de gente entrenando algún deporte donde haya una cancha disponible. Me impresionó mucho que en Río de Janeiro, mucha de la banda más trasnochadora que encontré estaba jugando futvoley en las playas de Copacabana.

 

8. Los brasileños sí comen chile

No porque no haya salsas en todas las mesas quiere decir que en un país no se come chile. Mi experiencia con el picante local fue devastadora y me dejó —entre lágrimas— recordando a todos aquellos brasileños que me habían dicho que en su país no se comía chile. ¡Mentira! Los culpables fueron unos chilitos rojos macerados en aceite que se pueden encontrar en muchos restaurantes. Se ven bastante inocentes y uno que viene de México trata esas cosas con el mínimo respeto, pero aprendan de mi error y mejor pregunten si las cosas pican.

Ojo que el dichoso aceite fue lo único picante que encontré en todo Brasil. Fuera de eso, ni siquiera las salsas “extra hot” picaban en lo absoluto.