Crédito: luca.sartoni

1. Hacer la compra después de las 7 de la tarde.

Los supermercados en España abren por lo menos hasta las 8:30 pm (y eso es cerrar pronto). Tras un par de intentos fallidos de compra en Austria, aprendí la lección: ¡consultar siempre los horarios de apertura! Algunas tiendas cierran a las 6 de la tarde (en España abren a las 5), aunque en algunos casos, como en grandes superficies, ¡podrías encontrarlas abiertas hasta las 8! La idea de intentar hacer la compra después de las 7 fue poco a poco haciéndose rara. ¡Esa es la hora de la cena!, empezó a decir mi nuevo cerebro austríaco. Y cuidado con los fines de semana. Podrías morir de hambre si no planeas la compra con antelación.

 

2. No esperar que el transporte público llegue a su hora.

Todos los autobuses y metros tienen su horario en España, pero solo te molestas en consultarlo para comprobar si hay o no transporte (por ejemplo, los domingos). Algo raro ocurre en Austria: ¡existe una relación real entre esos horarios y la hora a la que aparecen los buses, trenes y tranvías! En España, si llegas a la parada de autobús dos minutos después de la hora marcada en el horario, sabes que el bus está por llegar. En Austria compruebas directamente cuándo llegará el siguiente. Acabas de perder el bus.

 

3. No apreciar (de verdad) la primavera.

Yo creía que la apreciaba, como todo el mundo. Pero no fue hasta que pasé un invierno en Viena cuando de verdad entendí que deberíamos estar mucho más agradecidos por cada día de primavera. Después de lo que parece un invierno eterno, en el que todo es gris y la gente parece triste (esto, claro, cuando consigues ver a alguien en la calle), la primavera toma la ciudad. La naturaleza estalla. De pronto todo es verde, hay flores en todas partes, aparecen terrazas en todas las esquinas (¡muchas veces en lugares en los que ni habías notado que había un bar o un café!). La gente por fin se atreve a salir de casa y llena las plazas, las calles, los parques. ¡Todo el mundo parece feliz! Y tú te sientas al sol, lo sientes en la piel, y te das cuenta de que hacía varios meses que sus rayos no te tocaban.

 

4. Tener miedo a ir en bici por la ciudad.

Las cosas están cambiando en España y el ciclismo urbano es cada vez más normal y seguro. Aun así, a menos que seas alguien muy hábil (no es mi caso) o estés en una ciudad sin tráfico, te dará cierto respeto usar la bici si no hay un carril específico. No en Austria. Hay carriles bicis por todas partes, sí, pero te sientes seguro también cuando no los hay. ¡Los conductores son tan cuidadosos y educados! Hasta cuando haces algún movimiento brusco, raro y temerario, algo que sabes que no deberías haber hecho, paran y te sonríen. No es que deban atropellarte, pero una mirada de desaprobación que te haga sentir algo culpable tampoco estaría de más…

 

5. Pensar que una cerveza de 33cl es una cerveza grande.

No lo es, eso es lo que aprendes el primer día que pides una cerveza y decides tomar la großes. ¡Es medio litro! Por supuesto, es muy fácil acostumbrarse a esta nueva medida y muy difícil volver a España y encontrarte delante de una cerveza de 25cl. ¿De verdad?

 

6. Llegar tarde a propósito.

Esto es algo que tengo que hacer de vez en cuando por ser una persona puntual, dependiendo de con quién haya quedado. En Austria no, ¡es un lugar perfecto para puntuales como yo! ¡todo el mundo aparece a la hora acordada! Puedes hasta llegar unos minutos antes y no ser el primero. Oh, el paraíso.

 

7. Tener los zapatos puestos dentro de casa.

Y no solo en la mía, sino en cualquier casa. Cuando aprendí esto empecé también a fijarme en los calcetines que me ponía… Nadie espera que te descalces al llegar a una casa en España, y si no es tu hogar no lo haces nunca. De hecho, en estos casos hasta pides permiso si te quieres descalzar. En Austria (como en otros muchos países, cierto) es al revés. Sería una grosería entrar en el piso de un amigo y pisotearlo con tus sucios zapatos. Y sí, esta regla se aplica también en las fiestas en casas, a no ser que el anfitrión te diga que puedes quedarte con los zapatos puestos. ¡En algunas casas tienen hasta zapatillas en la puerta para los invitados!

 

8. Creer que la ópera es cosa de ricos.

“¿Vas a la ópera al menos una vez al mes? Debe de irte muy bien…”. Esto es lo que te dicen cuando les hablas a tus amigos de tu nueva pasión. El rumor no tarda en extenderse y todo el mundo cree que estás metido en algún negocio turbio que te da mucho dinero. Eso, o que te has casado con algún miembro de la aristocracia austríaca. Lo entienden todo cuando te visitan: puedes ir a la ópera, incluso a la famosa Ópera Estatal de Viena, por unos 4 euros. Tendrás que estar de pie, sí, pero ¡te dejan entrar en ese mundo tan exclusivo! ¡Y ni siquiera se espera que te vistas de forma especial!


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