Foto; Stephen McLeod Blythe

1. Viajar solo.

Es una sensación aplastante la de bajar del avión y darte cuenta de que estás a miles de kilómetros de distancia de todas las personas que conoces. Mientras esperaba para hacer los trámites migratorios en el aeropuerto de Mohammed V, en Casablanca, aparecieron los primeros sentires de aislamiento. Lo único que conocía y a lo que podría aferrarme durante el viaje era yo mismo. Por primera vez en mi vida, dimensioné claramente la profundidad de este sentimiento.

Ya terminó mi viaje y la idea de estar solo ya no me asusta. Me siento liberado del temor a lo desconocido.

 

2. Perder la billetera.

Mi primera misión al llegar era la de cambiar dinero, así que me dirigí directamente a un cajero automático. Metí la mano en el bolsillo y no estaba la billetera. En pánico, vacié por completo mi mochila y comprobé que estaba oficialmente cagado. Mi aventura no había ni siquiera comenzado y yo ya había experimentado uno de los grandes “NO” del viajero.

Encontré un empleado que hablaba inglés, a quien le expliqué mi situación y él me presentó a un hombre de negocios del lugar. “Este es Amine”, me dijo, “te alojará por esta noche”. Traté de comunicarle a Amine lo agradecido que estaba por su ayuda. “No hay problema”, me respondió, “en este país decimos ‘le podría haber pasado a cualquiera’ y actuamos en consecuencia, podría haber sido yo en tu país, sin ir más lejos”.

Amine decidió tomarse el día siguiente para acompañarme al Consulado y mostrarme la ciudad. Ahí me di cuenta de que: 1) Había hecho un amigo para toda la vida, 2) Estaba viviendo una “aventura real” y 3) Todo era gracias a que había perdido mi billetera, lo que me había forzado a buscar la ayuda de desconocidos. Durante el resto del viaje conocí a muchos amigos de la misma manera y aprendí sin intermediarios sobre las costumbres y la hospitalidad de los marroquíes.

 

3. Visitar un lugar en el que no hables el idioma.

Antes de mi viaje, yo creía erróneamente que todos deberían hablar mi lengua. En los lugares más visitados por los turistas, muchos de los lugareños hablaban algo de inglés (ya que su negocio dependía de ello), y me encontraba fastidiado ante aquellos interlocutores que no hablaban mi idioma. Pero cuando yo (que solo hablaba inglés), experimenté la frustración que se siente al no poder comunicar las necesidades más básicas (imagínense tratar de decir con mímica “Necesito usar el baño”), mis ideas cambiaron radicalmente.

 

4. No tener un plan.

Mis padres son de planear, pero una vez que llegué a la adolescencia yo tomé la firme decisión de tirar los planes por la borda y empezar a vivir la era de la improvisación. El no tener un plan me liberó y me permitió ser más espontáneo, pero también significa que mi capacidad para planear está atrofiada, ya que no la uso desde mi infancia.

Cuando el grupo al que me había unido después de Casablanca salió del hotel en el que nos alojábamos para explorar Marrakech, no me enteré ya que no había hecho planes con ellos. Así que, con la intención de alcanzarlos, corrí quemándome bajo el sol, yendo de un lugar de interés a otro, buscando sus caras conocidas. Luego de seis horas de caminar, ya deshidratado y desorientado, colapsé en un lugar a la sombra. Un hombre que pasaba por ahí se me acercó y me preguntó qué me pasaba. Se ofreció a llevarme de regreso al hotel y acepté, agradecido, si bien después me pregunté si había hecho lo correcto, cuando andábamos a toda velocidad en su Vespa sin lugar para un acompañante, yo colgado del lugar donde se lleva el equipaje.

Llegamos al hotel, milagrosamente sanos y salvos, le dije “gracias” como pude, el hombre aceleró y se fue. Después de hidratarme, me di cuenta de que por no hacer planes había estado en situaciones bastante riesgosas ese día, pero al mismo tiempo había podido conocer Marrakech en unas pocas horas, de una manera completamente genuina.

 

5. No hacer la tarea antes de tu viaje.

Después de hacer las reservas para mi viaje, compré una copia usada de la guía Lonely Planet para Marruecos. El libro estuvo sentado en mi escritorio durante un año, sin que lo abriera ni siquiera una vez.

Cuando me encontré con Amine al día siguiente de mi llegada, me preguntó que quería hacer. “Llévame a cualquier lugar al que llevarías a un amigo o a un turista”, le respondí. Después de una breve caminata por los lugares que “hay que ver” y de una parada para probar la comida local, Amine me llevó a su lugar favorito para pasar el tiempo: un billar. No era necesario que hablara francés o árabe para que estos talentosos jugadores de billar me rompieran el culo. Ninguna guía de viajes me hubiera sugerido ir a jugar billar con los lugareños, pero me sentí increíblemente cómodo durante toda la tarde y esta escena se convirtió en uno de los recuerdos más preciados del viaje.

 

6. Sacar fotos de los lugareños sin pedirles permiso.

Como todo viajero inocente, yo veía a los lugareños como parte de la experiencia que estaba documentando a través de mis fotos. No pasaría mucho tiempo hasta que alguien me informara que era rudo fotografiar a alguien sin pedirle permiso primero.

La anciana a la que le había sacado una foto en la medina me seguía a los gritos, señalando mi cámara. “Mister,” me dijo un chico, “La señora dice que usted debe borrar la fotografía que le acaba de tomar¨. Resignado, hice lo que me pedían en presencia de ambos, con la esperanza de que terminara de una buena vez esta situación. Ella siguió mirándome fijo, murmuró algo entre dientes y se alejó a paso lento. ¿Qué acaba de decir?, le pregunté al muchacho. “Dice que un día alguien va a entrar a tu casa y te va a sacar una foto mientras comes”.

Ahí me di cuenta de que había deshumanizado a la gente durante mis viajes y me comprometí a ser más respetuoso de otras culturas y de la privacidad ajena.

 

7. Esforzarse por vivir una experiencia idílica “de postal”.

El final de mi experiencia en Marruecos iba a ser el punto álgido de mi aventura. Iba a montar a camello en las dunas naranjas del Sahara, a acampar bajo un sinfín de estrellas e iba a ser testigo de un amanecer que me dejaría sin aliento. Después, estaría listo para volver a casa.

Media hora después de subirnos a los camellos, nos sorprendió una tormenta de arena. Con la visibilidade en descenso y mi adrenalina bombeando, vi como nuestro guía beréber correr a toda velocidad hacia las dunas, abandonando al grupo y a los camellos. Al ver que la tormenta crecía, me bajé del camello y lo seguí. El guía me señaló la dirección al campamento antes de dar la vuelta y desaparecer en la tormenta. Mientras gateaba hasta la carpa más cercana, lo único que podía hacer era reirme, no solo porque estaba vivo, sino porque esto era, accidentalmente, lo más real que podría haberme pasado y era mucho mejor que lo que había planeado.

 

8. Visitar un país en vías de desarrollo para ganar “perspectiva”.

Cuando me preguntaban por qué iba a Marruecos, yo respondía que luego de haber pasado los últimos ocho años en casas de estudio muy caras, necesitaba un poco más de perspectiva.

Cuando llegué experimenté un choque cultural, sí, pero no de la manera que había anticipado. Me encontré con grandes metrópolis con medinas, con algunas vestimentas tradicionales pero otras hipermodernas y con muchos iPhones. Me di cuenta de que las escenas de “Las mil y una noches” que había anticipado ya eran historia y que viajar a un país en vías de desarrollo no significa necesariamente viajar al pasado. Sobre lo que más aprendí en Marruecos fue la gran extensión de mi ingenuidad y, gracias a ello, pude volver a casa con un poco más de perspectiva.


 

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en enero de 2014.