Photo: Arlette Lopez/Shutterstock

8 señales de que creciste en San Miguel de Allende

San Miguel de Allende
by Gisela Casuso 28 Jun 2016

1. Estás acostumbrado a que todos los de fuera te hagan la misma pregunta…

¿Cómo no te aburres de vivir ahí? Cuando la mayoría de la gente visita San Miguel, dan muchas vueltas al centro, se compran su elote y, si ya es tarde, su hamburguesa. Muchos creen que San Miguel se agota después de unos tequilas y unas cuantas vueltas al centro, y que al Pueblo Mágico se le acaba lo mágico con la cruda del día siguiente. Te preguntan cómo, siendo tan jóven, puedes soportar vivir en un lugar donde no hay nada que hacer, tú los miras en silencio y, con una ligera sonrisa, piensas en un lejano infierno llamado el “hoy no circula”.

 

2. Te sabes todo el recorrido nocturno del pueblo… aunque siempre acabes en el mismo lugar.

San Miguel se pasa la vida abriendo y cerrando bares y antros. Sabes que los lugares del momento para pasar un buen rato con los amigos son La Azotea, El Bezzito y el MX, aunque también puedes ir al Mama Mia (un eterno clásico) o a la 21Nica para saciar tu antojo cantinero. Si te quieres ver espléndido, no hay como la terraza del Rosewood o la del Hotel Matilda, lugares elegantes con atardeceres de lujo donde puedes celebrar tu aniversario o invitar a la suegra para que salga de su casa y vea bonito. Si tienes energía para largo y tus cuates están desatados, el Grito y el Mint son tus  mejores opciones.

Eso sí, si eres de San Miguel, has estado en El Gato Negro o en La Cucaracha al menos una vez y, entre chela y chela (o shots de contenido sospechoso), has tenido largas discusiones con tus amigos sobre cuál es el cuadro más feo o el borracho más ahogado.

 

3. Sabes cosas que no sabes por qué las sabes, pero las sabes y todo el pueblo las sabe.

Sabes que las mejores gorditas son las de la señora de abajo del puente de la calle de Canal (y que ya no están tan ricas porque ahora las hace la hija), y que en el pueblo hubo tres señoras locas: Toña, Violeta y Juana. También sabes perfectamente cuáles son las distintas zonas del jardín en dónde sentarse y dónde no.

 

4. Viste alguna película en los cines de Plaza Real del Conde.

Y hablando de cosas pasadas, también llegaste a ver deportes acuáticos en la presa y, si te gustaban los deportes extremos, llegaste a caminar en el tubo de Cante (debajo del cuál había un gigantesco precipicio).

 

5. Te sabes hijo de ese extraño microcosmos que te convierte a la vez en cosmopolita y pueblerino.

San Miguel está compuesto principalmente por tres tipos de habitantes.

Para empezar, está la gente que es del pueblo de toda la vida, es decir, que sus padres son del pueblo del mismo modo que lo fueron sus abuelos y sus bisabuelos.

El pueblo también está lleno de chilangos exiliados, (entiéndase por «chilango» a todo aquel que es mexicano y no pertenece a la categoría anterior), no importa que lleves viviendo en San Miguel desde antes de que existiera la glorieta del Pípila, la «Comer» o la Plaza Real del Conde, el tiempo no quita lo chilango.

Finalmente: gringos. Los gringos originales venían de Estados Unidos y sólo hablaban inglés, aunque llevaran quince años en el pueblo. Iban con sus huaraches y sus bolsas de hule a regatearle las garnachas a la señora del mercado (y acababan pagando de más), estudiaban arte en el Instituto Allende y los que no se pasaban la tarde en la biblioteca pública, estaban en el Club Malanquín jugando golf.

Ahora los gringos son hijos del planeta tierra, vienen de Grecia, de Francia, de Austria o de algún país oriental porque, no olvidemos nunca, según la revista Conde Nast Traveler, San Miguel de Allende es la ciudad más bonita del mundo. Eso y ser patrimonio de la humanidad es algo que llevamos muy adentro de nuestro corazoncito todos los sanmiguelenses, sin importar nuestro origen.

 

6. Hablas inglés porque el pueblo te hizo así.

Quizás tu única incursión al gabacho fue aquella vez que fuiste a un outlet en San Antonio con tus primos, pero extrañamente conoces más Peters que Pedros y más Amys que Lupitas. No solo eso, naciste en el oasis mexicano del gift of English así que hablas inglés aún siendo hijo de mexicanos gracias a la escuela de la calle.

No sólo aproximadamente el 10% de los habitantes de San Miguel hablan inglés como lengua materna, sino que hay tantos turistas que si no hablas inglés estás en problemas. Y, dato curioso, la biblioteca con la mayor colección de libros en inglés de todo México es la de la Biblioteca Pública de my pueblo (que en realidad no es pública, pero ese es un tema del que hablaremos en otra ocasión).

 

7. Utilizas un montón de puntos de referencias que nadie más entiende.

Seguro que tú y tus amigos se han quedado de ver en la farmacia de Chelo, la casa Cohen, Espino, El Rincón Español, el Hotel La Siesta, La Cárcel (frente al Jardín), la bomba de gasolina (una bomba prehistórica para poner gasolina que está en pleno centro), la farmacia Santa Teresita, la panadería La Colmena, el Cardo, el Parque Juárez y muchos, muchos más… aunque algunos ya ni siquiera existan.

 

8. Viviste el temor a los pájaros en carne propia.

Estabas acostumbrado a que el jardín fuera un campo de batalla (a lo película de Hitchcock) en el que se libraba una guerra entre los pájaros y tú. Ellos anidaban por miles en los árboles delante de la parroquia y tú querías convencerte a ti mismo de que cada vez que aterrizaba un misil excrementicio en tu hombro era de buena suerte. No te quedaba de otra. 

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