Autor de la imagen: Crónicas de Indias

El Mundial organiza las agendas y prioridades

En Buenos Aires el Mundial funciona como un gran organizador temporal. Durante ese mes, las agendas dejan de girar en torno al trabajo, el estudio, los cursos o las reuniones y la vida empieza a regularse en función del Mundial, que pasará a ser lo único imperdible, innegociable e inamovible. Exámenes, turnos médicos, cirugías y demás nimiedades pueden reprogramarse sin problemas. Pero los partidos son los partidos y las prioridades hay que respetarlas.

Verse con alguien pasa de ser algo cotidiano, que admite cierto margen de improvisación y sorpresa, a ser algo que debe planificarse con mucha antelación. A la pregunta “¿Querés ir al cine el martes?” corresponderá la respuesta “Pará, ¿cuándo jugamos con X?”.

Por otro lado, si pretendemos juntarnos con gente para ver algún partido (en Argentina, los partidos del Mundial ameritan reuniones más o menos multitudinarias, dependiendo de la importancia del contrincante o de la instancia de la que se trate), es recomendable empezar a analizar opciones desde temprano. Los más fanáticos seguramente ya tengan todas las fechas ocupadas, pero con un poco de esfuerzo y predisposición, podremos encontrar a alguien que tenga un partido vacante para ver con nosotros.

 

De repente sos cabalero o cabalera

Algo muy común en la forma argentina de vivir el fútbol son las cábalas: estampitas, camisetas, la misma ropa usada del Mundial 86, una canción, algún amuleto. Los y las argentinas se sienten parte de la selección. De hecho, lo más común es escuchar que se refieren a ella en primera persona del plural: “Jugamos con tal”, “Hicimos un gol”, “Vamos a ganar”. Por eso, la cábala vendría a ser eso que los argentinos que no están adentro de la cancha pueden hacer para apoyar mágicamente a los jugadores. Todos los esfuerzos valen.

 

Te apurás en hacer las compras para no quedarte sin stock de medialunas

Los partidos de Brasil 2014 van a tener, en Buenos Aires, horarios diurnos y eso es algo que va a determinar los preparativos. Los supermercados, las carnicerías y las panaderías van a ser arrasadas por fanáticos enardecidos. La ansiedad y el descontrol se manifestarán en todo su esplendor en los almacenes y kioscos. Colas interminables, gestos de entusiasmo y de hastío en partes iguales, carteles que anuncian que se terminó el pan, que se terminó la cerveza, que se terminó el fernet. En una palabra, caos. Así que nada de salir a comprar carne para el asadito cuando ya empezamos a prender el fuego porque no va a haber. ¿Viste a Messi cantando el himno y te dieron ganas de comer medialunas? Lo siento. Tarde. Ya no llegás. Durante el Mundial, no hay lugar para el antojo ni la improvisación.

 

Valorás ese papelito llamado “fixture” (porque sino la agenda no tiene sentido)

Desde unas semanas antes del Mundial, la temática “mundialista” empieza a aparecer combinada con todo, como si se tratara de una guarnición que puede complementar bien cualquier plato. Messi nos mira y nos sonríe en paquetes de papafritas, publicidades de gaseosa, avisos de préstamos bancarios, útiles escolares, etc, etc. Hasta que un día vamos a comprar algo y, junto con el ticket, nos entregan un fixture. Y uno puede creer que no necesita tener un fixture a mano pero, después de algunos días, ese papelito va a empezar a tener los dobleces gastados de tanto abrirlo y cerrarlo, y nos vamos a dar cuenta de que se ha convertido, como anticipamos más arriba, en nuestra nueva agenda.

 

“¿Cómo estás?” va siempre acompañado de “¿Viste el partido?”

¿Conversar de otra cosa que no sea el Mundial? ¿Para qué? Durante el Mundial, la pregunta “¿Cómo estás?” va siempre acompañada de “¿Viste el partido?”.

El nivel de erudición puede variar, pero a grandes rasgos los y las argentinas saben mucho de fútbol y es muy común toparse con conversaciones en las que hombres y mujeres despliegan toda su sapiencia futbolera y repasan con lujo de detalles la historia de los mundiales, en muchos casos para apoyar alguna de estas dos clásicas hipótesis: o bien Argentina será campeón sin lugar a dudas o bien va a quedar afuera en cuartos de final.

 

La blanquiceleste te envuelve, quieras o no

¿No sabés nada de fútbol? ¿No te interesa? ¿No significa nada para vos? No importa, no vas a poder escapar. En algún momento, en alguna esquina, vas a quedar enredado en una bandera. Mientras cruces la calle, una bocina de gol te va a interpelar al tiempo que un desconocido amaga con abrazarte. En el subte, las miradas van a llamarte a compartir ese sentimiento futbolero que invade las calles. Si miras el cuello de los porteños, debajo de los sacos y los pullovers, vas a ver que se asoma el color celeste de una camiseta. ¿Casual friday? Nada de eso. Durante el Mundial, la camiseta se usa todos los días.

 

La ciudad que nunca duerme está desierta

Decidiste aprovechar el día de sol para salir a pasear. Hace frío, es invierno, pero el día está radiante. Caminas por las calles, que notas levemente alborotadas. Y de repente, como por arte de magia, las personas empiezan a desaparecer. Las ves salir de los supermercados al trote y apurarse para llegar a sus casas. Se recluyen. Miras para arriba y las ves a través de las ventanas, sentadas en el living, frente al televisor. En los bares, las sillas se amontonan en cualquier lado, no hay mesas de cuatro o de seis, todo es una gran mesa y todos miran lo mismo. ¿Qué será? ¿Ha llegado el apocalipsis? Algo así.

Ojo, el desierto puede transformarse en marea si es que…

 

Excepto que… ¡Todos al Obelisco!

En Buenos Aires, los festejos relacionados con el fútbol tienen su lugar reservado. No se hacen en Plaza de Mayo, que es el lugar en el que se llevan a cabo las fiestas populares más importantes, sino en el Obelisco, uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.

Por supuesto que, para que esa celebración ocurra, Argentina tendría que salir campeón. O casi. Porque si llega a la final, se va a poder ver, desde muy temprano, antes del partido, un río de argentinos y argentinas congregándose allí, con todo preparado para comenzar la fiesta.

Retrato e imagen de portada por Beatrice Murch