1. Cuando un pueblo crece, pierde su encanto.

Afortunadamente eso no está pasando. San Miguel era uno de esos lugares en los que veías un coche pasar y sabías que allí iba Pedrito, porque el coche de Luisito era el único igual a ese, pero con un raspón en la defensa. Ahora hay mil coches como los de Luisito y Pedrito,  pero si la normativa municipal es estricta con el respeto al estilo arquitectónico y cuida el crecimiento urbanístico, la belleza no se pierde, sólo se transforma.

 

2. Los trapos sucios se lavan en casa.

Ok, esto no es un cliché, es un dicho, pero son como primos. Si contratan el paquete turístico de los camioncitos disfrazados de tren porfiriano, éstos los llevarán a unos lavaderos de color rosa que están en el Parque Juárez. Llevan allí cien años quizás y,  por increíble que parezca, la gente los sigue usando. Es más, ahora ya no tanto, pero hace varios años no era extraño encontrarse allí a señoras bañando a sus hijos.

 

3. La gente de pueblo es cerrada.

San Miguel es muy turístico y es un imán de bohemios. Tiene el sabor de una ciudad cosmopolita y el tamaño de un pueblo de fin de semana. Podrías salir a la calle descalzo y con una túnica y no llamarías demasiado la atención. No serías «el de la túnica», al menos no el único.  Si quieres hacer amigos, acércate a un grupo que comparta tus intereses, seguro lo encuentras.

 

4. El grafiti es de vándalos y ciudades decadentes.

Ahora mismo estoy sentada viendo cómo MONK.E, un talentoso artista canadiense, pinta un mural en el mismo sitio donde se venden cuadros de miles de dólares: la Fábrica La Aurora. El arte urbano se ha adueñado de las paredes de muchas zonas de la ciudad. Por ejemplo, en la Colonia Guadalupe ha contribuido a elevar el valor de las propiedades, reducir la delincuencia y llevar el arte al día a día de la gente.

 

5. Si quieres ser artista te morirás de hambre.

Aquí, si quieres ser artista, habrás encontrado un hogar. Parecerá increíble, pero hay más galerías de arte que taquerías. O bueno, ahí se van. San Miguel ha ayudado a crecer a muchos artistas jóvenes que han madurado de la mano de artistas consolidados como Spencer Tunick o Pedro Friedeberg, por dar algunos nombres.

 

6. Los hippies y los fresas no pueden ser amigos.   

Después de un par de semanas bien vividas en San Miguel uno aprende una cosa: los hippies en el fondo son fresas con un estilo alternativo, dicho de otra forma, son fresas que dan la espalda a su bandera. Claro que hay de hippies a hippies, yo hablo de cualquiera que no estuvo en el festival de Woodstock (porque de los que sí estuvieron también tenemos muchos). Solo hay que ir a tomarse unas margaritas a la Azotea o al Cuna 15 y quedarse hasta que las piernas se pongan inquietas para darse cuenta de que para seguirla hay dos opciones: La Cucaracha o El Grito.

 

7. La artesanía no es arte.

Discusiones que se acaban después que las cervezas y un mercado de artesanías que se extiende a lo largo de tres cuadras indican lo siguiente: la artesanía es arte. Sin ir más lejos, si sacamos una figura de madera del puestito del artesano para colocarla en una galería (habiéndola firmado alguien), esa pieza se convierte en arte. ¿O no?

 

8. Nunca hay que comer comida en la calle.

Elotes, esquites, jícamas, cocos, aguas de coco, tacos, burritos, gorditas, garbanzos, cacahuates hervidos, churros, frituras, tamales, nieves y las famosísimas hamburguesas de la plaza que nos han salvado a todos al salir del antro. Estos son solo algunos de los placeres de puesto ambulante que forman parte de la alimentación básica de cualquier sanmiguelense. Para experimentar niveles más extremos de cocina callejera uno puede acercarse a los licuados cerca del mercado, los raspados del parque Juárez o las señoras que venden quesos y guisos sentadas en la banqueta delante de la parada del autobús.

 

9. Tener vistas al mar es lo que más puede encarecer una propiedad.

En un anuncio de bienes raíces convencional, el gran atractivo del departamento rascuacho por el que quieren a cambio tu alma será que desde el balcón, más allá de la carretera y de los calzones tendidos de la vecina, se puede distinguir una franja de agua en días despejados. En San Miguel no hay mar, pero hay Parroquia. La superioridad de la parroquia sobre el mar es incuestionable, pues si el mar estuviera poblado de parroquias navegantes los ladrillos de tu casa automáticamente se convertirían en lingotes de oro.  Foto de portada: Eneas de Troya