Foto: Taymtaym

1. ¡Lleva toda la pasta de dientes que necesites!

España es el infierno de los dentistas o al menos lo era cuando Richard Ford publicó su “Manual para viajeros por España y lectores en casa” en 1845. Según Ford, los españoles usan tan poco sus cepillos de dientes y sus polvos para dientes “que harían desmayarse a cualquier dentista”. No es la única recomendación de higiene y salud que hace Ford. Lo mejor es llevarse a la España del XIX un botiquín de bolsillo con todas las cosas que uno necesitará, incluida quinina para la fiebre. Mejor tener que tirar luego los medicamentos que no uses a la cuneta que tener que acudir a un médico español…

2. La España que buscas no existe.

En el siglo XIX España se puso de moda porque era romántica, pasional, vintage y peligrosa. ¡Había bandoleros que te asaltaban a caballo! ¡Era como Oriente pero ahí mismo en Europa! ¡Todo era misterioso y raro! Todas estas cosas las sabían en el resto de Europa porque los libros sobre España se pusieron un poco de moda. Algunos de ellos fueron auténticos bestsellers y tienen perlas de sabiduría para visitar España y sobrevivir a la aventura, aunque dos de ellas son bastante rompemitos. La primera es que España no es tan peligrosa ni romántica como decían algunos (¡tremenda decepción!) y la segunda es que no existe una España así única e igual en todas partes. Como dice un viajero victoriano, el término “parece inventado para confundir al viajero” y cada esquina de España es distinta.

3. Cómprate unas buenas gafas de sol.

Bonitas no parecen, pero sí útiles: en los 40 recomiendan que te lleves unas “gafas de sol de alambre con gasa azul” (o una aún menos prometedora “visera verde”) para protegerte del inclemente sol del centro y sur de España y del horrible polvo de los caminos.

4. Cuidado con hacer “fotos” donde no debes.

Ya antes de que todo el mundo se pusiese a hacer selfies en cualquier esquina y a hacer millones de fotos de todos los mismos sitios, había quienes eran un tanto pesados con lo de llevarse la imagen del lugar. Los victorianos dibujaban en cuadernos y pintaban acuarelas, pero hacerlo en España tenía su riesgo. No se podía hacer dibujos de cualquier lugar (si te ponías a dibujar en un lugar más o menos militar te podían detener por espía) y lo mejor era hacerse con un permiso oficial para dibujar. Además, los españoles desdeñaban las acuarelas porque creían que era un entrenamiento de niños y si se te acaban los colores o perdías los pinceles te iba a costar encontrar repuesto. Lo mejor era ir pertrechado de casa.

5. No lleves billetes, porque nadie los querrá.

Richard Ford ya lo deja claro en 1845: si vas a viajar por España, llena tu bolsa de monedas. En su época, en España no existía el papel moneda (el equivalente a los billetes) y solo se usaba dinero en metálico. Lo mejor es evitar las monedas grandes y de mucho valor, porque todos los españoles serán desconfiados antes ellas y no las aceptarán. En 1898, las cosas no eran tan diferentes. Ya había billetes, pero la guía Baedeker (la Lonely Planet victoriana) alerta de que nadie los aceptará como tampoco aceptarán monedas de plata. Los tenderos seguían siendo igual de desconfiados.

6. Espera encontrarte los peores hoteles del mundo.

“Los hoteles con las comodidades y el carácter internacional de los hoteles de primera clase de los principales países europeos no existen en España”, dice la guía Baedeker a finales del siglo. Antes los viajeros ya alertaban de lo mismo. Los hoteles serán en realidad ventas y similares, muy cutres, con muy pocas comodidades y con servicios toscos y no muy limpios. La cocina tampoco gusta y es considerada generalmente muy mala. Además, los españoles le echan ajo a todo y eso es algo que ningún buen viajero victoriano puede tolerar.

7. Olvida beber cerveza mientras estés en España.

La cerveza no existe realmente y los pobres turistas ingleses solo la pueden beber en algunos lugares concretos de las grandes ciudades. Lo impactante es, sin embargo, qué beben los españoles en lugar de cerveza. Todos, desde el más pobre al más rico, beben litros y más litros de agua y son unos sibaritas que diferencian las aguas buenas de las malas. No es la única cosa rara que beben los españoles: a la hora del desayuno todos toman chocolate, con un vaso de agua (¡claro está!) por encima.

8. Recorrer España no es fácil y requiere de fortaleza.

En España existían buenas carreteras, al menos en la década de los 40 del siglo XIX, pero eran escasas y limitadas. Eran las que iban de Madrid a los puertos principales y a Francia. Si te salías de esas carreteras, solo habría caminos infernales que mejor recorrer en burro, mula o caballo. Cincuenta años después las comunicaciones no eran mejores: la guía Baedeker dice que los trenes son lentísimos, aunque sean expresos o les llamen “de lujo”. Curiosamente, en los trenes de entonces había en primera un vagón para no fumadores y otro en el que solo podían viajar mujeres.

9. Ojo al bandolero que te asaltará en medio del camino.

No, los bandoleros no se los inventaron los de la tele con “Curro Jiménez”. Eran un problema real, aunque uno al que los libros de viajes daban demasiado protagonismo (si no tenías una aventura con bandidos en tu libro, a la historia le faltaba algo). Lo mejor era viajar con el Correo, porque llevaba escolta armada, o contratar una escolta propia. ¡Y nada de dejar claro por ahí que eras un despistado turista inglés! Eso era como mandarles un aviso a los malvados para que te robaran. Si lo hacían, lo mejor era llevar preparado lo que los ladrones querrían de ti (si piensan que los estás engañando, los bandoleros te maltratarán): el ajuar consiste en una bolsa de entre 50 y 100 dólares (españoles y de entonces, claro) y un reloj “con una cadena pintoresca” para que se queden contentos cuando te roben.