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1. A los gasistas, a los plomeros y a los mecánicos.

Es tiempo de aceptarlo: nos duele en el alma reconocer que no podemos hacer algo (cambiar el motor del limpiaparabrisas o reemplazar el chispero del calefactor, por ejemplo). Y, peor aún, nos cuesta aceptar que hay gente que está capacitada especialmente para realizar esos trabajos. Por eso, cada vez que el plomero termina su trabajo sentimos ese escalofrío provocado por la envidia, un verdadero baldazo de agua fría a nuestro orgullo.

 

2. El precio de la yerba.

Este es un punto sensible, ya que no es que amemos tanto odiarlo y claro que preferiríamosamarlo… Pero no nos queda otra. La yerba mate es la base de la dieta diaria de millones de argentinos y su precio es el techo de nuestra molestia al recorrer las góndolas.

Desde que se resintió la relación entre el gobierno y los productores yerbateros, los argentinos nos hemos ido acostumbrando a hacer durar más el mate. Se amplió nuestra tolerancia al mate “lavado”, en el que los pequeños palos verdosos, ya sin sabor, flotan sobre el agua que intenta disimular la pérdida de calor…

 

3. El programa de Tinelli.

ShowMatch es uno de los peores vicios de los argentinos pero, como pasa con las peores adicciones, hacemos todo lo posible por ocultarlo. Por razones culturales, ideológicas o simplemente por una cuestión de gustos, se ha levantado con fuerza la bandera ofendida del “¡Yo no miro ShowMatch!”. Sin embargo, bien que todos estamos enterados de los últimos chismes de la Enana Noelia o de Matías Alé…

 

4. A los bebedores de gaseosa destinada al Fernet.

Ese es el grito de guerra de aquel que esperó hasta el final del día para llegar a la reunión de amigos, aflojarse el cinturón y la corbata y disfrutar del beso del Fernet con hielo y gaseosa de cola. Como la proporción suele ser 30 por ciento de la bebida alcohólica y el 70 restante de cola, esta suele acabarse primero. Por eso, cuando un amigo intenta usurpar la botella de tapa roja para cometer el sacrilegio de beberla sin el aperitivo, siempre alguno grita desde la mesa “¡La Coca es para el Fernet, cheeeeee!”.

 

5. A los relatores y comentaristas.

Los argentinos que amamos el fútbol somos mayoría y, por eso, nuestras penas y alegrías suelen quedar en manos de algún destello de inteligencia de los volantes ofensivos, del olfato sagaz de los delanteros o de la elasticidad de algún arquero salvador. Pero, como sucede al escuchar una historia de Alejandro Dolina o Roberto Fontanarrosa, si el lector no está a la altura, el relato pierde su gracia…Y los fines de semana no solo nos entretenemos recordando a las familias de los jugadores y árbitros que pisan la cancha, sino que también les dedicamos un rato de atención a la visión futbolística de los relatores y comentaristas…

 

6. A los que llegan tarde a jugar un partido de fútbol.

Los viejos se siguen quejando de que la cultura argentina ya no es lo que solía ser hace veinte o cincuenta años atrás. Que se perdieron los códigos, que ya nadie respeta nada, que los pibes están cada vez más atrevidos y ni hablar de la puntualidad. Y algo de razón tienen. Cada vez son menos los que pueden jactarse de llegar a horario a todo tipo de reuniones. Pero todavía conservamos un límite de puntualidad: los partidos de fútbol. Ningún buen argentino que se precie de tal puede llegar tarde a jugar, cometiendo el tremendo acto egoísta de dejar a su equipo con un jugador menos.

 

7. A los medios de comunicación.

Como sucede con los plomeros, gasistas y mecánicos, lo primero que hacemos ante un medio de comunicación es desconfiar. No queremos creerle a nadie y elegimos con mucho más cuidado a través de quién nos informamos. Pero nos gusta apasionarnos un poquito, así que llevamos la desconfianza un poquito más allá, peligrosamente cerca de donde empieza el terreno del odio…

 

8. A los árbitros.

Es cierto, los árbitros son odiados en todos los países del mundo. Quienes deben impartir justicia en reiteradas ocasiones se equivocan por el sólo hecho de ser seres humanos o por algún incentivo extradeportivo que cambia el rumbo de un partido. Pero nosotros tenemos algo especial: No sólo odiamos a muchos de ellos sino que también amamos odiarlos. Amamos tanto odiarlos que hasta les cantamos canciones y no nos limitamos a recordar a sus madres y hermanas sino que nuestros insultos de cancha tienen una creatividad especial. Nada de este amor existiría sin su esmero por torcer destinos de equipos y estropear campeonatos enteros.

 

9. La hoja de laurel.

Es domingo y la familia se reúne con la excusa de comer algo, aunque la verdadera intención es compartir. Por suerte existen las abuelas y sus recetas de guisos y estofados que motivan a uno a levantarse de la cama y dejar atrás la resaca de la noche anterior. Desgraciadamente, otra de esas costumbres heredadas es la de colocar en la olla una hojita de laurel. Nuestra idiosincrasia es curiosa: la misma hoja que en escudos y banderas simboliza la gloria, en la mesa argentina representa el pesaroso porvenir de quien la encuentre en su plato. Al que le toca el laurel, debe empuñar la esponja y lavar todas las vajillas…