Foto: Alberto Ortiz de Zarate

1. El acento te delata.

Basta con el saludo, “¡Hola!”, para recibir un: “Tú eres catalán, ¿no?”

2. Te es imposible acabar una frase sin haber dicho alguna catalanada… ¡o un par!

Tenemos palabras muy nuestras que nos hacen pasar un mal momento durante los microsegundos que dura el buscar mentalmente la traducción, para acabar soltando cualquier tontería: “pésoles» (¿o eran guisantes?), “calzas” (ah no, que eran bragas…), “michones”, (¿o calcetines?), “cigrones” (o mejor dicho, ¿garbanzos?), y así hasta la saciedad…

3. La independencia es monotema.

“Pero vosotros, ¿por qué os queréis ir de España?” La pregunta del millón. Desde el boom independentista del pasado 2012, no hay año que pisemos tierras andaluzas y no salga el tema. Una pregunta que desemboca en conversaciones de más de dos horas en las que nadie quiere ceder, ni escucha al otro.

4. ¿Tapas gratis? Pues que corran las cañas.

Da igual que hayamos visitado mil veces Andalucía, lo de las tapas gratis con cada bebida nos sigue pareciendo un milagro. Siempre nos sale el instinto de rechazar el plato con un inocente: “perdona, creo que esto es para otra mesa…”, a lo que los pobres camareros solo pueden responder con una tímida risilla.

5. Acabas harto de oír lo agarrados que somos.

Y claro, con tanta tapa gratis nos ciega la codicia. Nunca es buen momento para decir basta y acabamos de comida hasta las cejas. Eso sirve de excusa para tildarnos de agarrados: “Cómo se nota que sois catalanes…”, nos sueltan. Aunque lo cierto es que cualquier otra razón sería buena para echar el tópico en cara.

6. Te sientes en casa con una Estrella Damm en la mano.

Ahora ya es más normal encontrarla, pero hubo un tiempo en que resultaba imposible tomarse una “Estrella” en un bar. Que fuese Damm, me refiero. Nos encanta el producto local, amamos la Alhambra o la Estrella Levante, pero a menudo volvemos a nuestra “Estrella” para sentirnos como en casa.

7. Tratas de hablar andaluz, pero solo consigues el acento sevillano.

Es un extraño fenómeno. Mira que existen variedades del andaluz: no se habla igual en Sevilla que en Almería, tampoco igual en Málaga que en zonas de Huelva, o en Jaén como en Cádiz, por citar algunos ejemplos. Pero cuando tratamos de imitar el acento andaluz en tono burlón no salimos del “quillo” y del ceceo/seseo sevillanos. Solo acertamos comiéndonos letras…

8. Encuentras catalanes hasta debajo de las piedras.

¿Cuántos catalanes no tienen padres o abuelos andaluces? Pocos. Fueron muchos los andaluces que emigraron a Catalunya en los años 60. Viajaron con lo puesto hacia el norte para buscarse la vida en una tierra con más oportunidades. Y, pasados los años, se quedaron ahí. Consecuencia de ello es la gran cantidad de personas que viajan al sur en verano, a pasar unos días “al pueblo”.

9. Gritas a los cuatro vientos: “¡como en el pueblo en ningún lugar!”

Y es que, ¿hay algo mejor que “el pueblo”? Ese lugar donde año tras año te encuentras a los amigos de toda la vida, a los que ves poco pero quieres como a nadie. La rutina se apodera de los días, bajando a la piscina por las mañanas, jugando al fútbol por las tardes y tomando algo a la fresca cuando se va el sol. Esa sensación que hace contar los días para bajar al sur cuando se acerca el verano.