1. A los jodechinchos.

El nombre escogido para designar a los turistas normalmente madrileños que en verano llenan las playas de SanJenJo y PanJón deja bastante claro que no son precisamente amados por aquí. Que sí, que su contribución a la industria turística gallega es muy importante, pero ¿de verdad tienen que quejarse siempre de lo fría que está el agua, de las nieblas de agosto (¡por la tarde abre, deberíais saberlo después de tantos años!), y destacar lo barato que es todo mientras se dan panzadas de marisco? Por no hablar de los momentazos que tienen cuando hablan con nosotros…

2. … a la gente que nos llama galleguiños.

¿Por qué? ¿Por qué no podemos pasar unos días en otro punto de la Península sin vernos en algún momento interactuando con alguien que cuando sabe cuál es nuestra procedencia nos dice “¡oh, una galleguiña!” con tono y sonrisa condescendiente? Si esa persona supiera todo lo que estamos pensando sobre ella en ese momento, su sonrisa desaparecería. Los gallegos tenemos también uno de los arsenales de insultos más directos y bestias del mundo, tienes suerte de que la mayoría de las veces los usemos en silencio.

3. La lluvia.

¿Qué significa el “it’s complicated” de las relaciones de Facebook? Básicamente, lo que tenemos los gallegos con la lluvia. La odiamos cuando aparece durante más de dos días seguidos, la echamos de menos cuando falta durante más de una semana (porque ¿¿y si no vuelve??), celebramos su llegada después de un tiempo de sequía pero enseguida recordamos que la odiamos y volvemos a quejarnos del tiempo, a decir que este es el peor invierno/verano que se recuerda, a soñar con esos días que creemos recordar en los que podíamos salir de casa sin paraguas.

4. A la gente que come poco.

¿Cómo que no puedes con el churrasco que hay de segundo si de primero solo tomamos unas tapitas de empanada, marisco, y pimientos de Padrón? ¿Que igual un par de costillas pero que los criollos ni tocarlos? Desconfiamos, no lo podemos evitar. Quizá no te odiemos, pero desconfiamos. Eso por no hablar de los vegetarianos (¿por qué no te ibas a comer el lacón con grelos con lo vegetal que es? ¡lo preparamos especialmente para ti tras saber tu dieta!) o los abstemios (¡tomarse un chupito de licor de hierbas después de comer no es beber, es digestivo!).

5. A los gallegos con acento madrileño.

Pocas cosas hay peores que los gallegos que se van a trabajar a la capital del Reino y vuelven hablando en tiempos compuestos y con la entonación característica de los que creen no tener acento. Por no hablar de los que sufren esta transformación tras pasar solo un fin de semana de fiesta en Madrid…

6. A la gente delicada.

Los vascos se llevan la fama, pero los gallegos tampoco nos andamos con tonterías. Curtidos por el mar y el campo, nos aminalamos ante pocas cosas, como demostró hace unos meses la foto viral de la señora de Ribeira limpiando los cristales de su casa de pie sobre el alféizar. La gente que lo hace todo con miramientos, los que se asustan cuando se encuentran con un bicho o miran con asco los percebes o un plato de pulpo serán el centro de toda nuestra retranca.

7. El ¿gallego? de nuestros políticos.

La “crisi” de Feijóo y otras perlas que nos dejan cada vez que se ponen detrás de un micrófono e intentan que no se les note que es el único momento del día en el que hablan gallego.

8. A los conductores portugueses.

El terror a conducir por Vigo es solo superado por el que sufrimos cuando cruzamos la frontera hacia el sur. Ahora que las matrículas ya no nos dicen de dónde en España es cada coche y no podemos decir eso de “coruñés tenía que ser” (en Vigo) o “de Pontevedra tenía que ser” (en A Coruña), nos queda solo el placer de descubrir la P en ese vehículo que acaba de hacer lo que ha pasado a denominarse una portuguesada. “Portugués, claro”, decimos henchidos de orgullo gallego. La carretera y la playa son los contextos en los que olvidamos que cuando cruzamos el Miño les contamos a todos los portugueses que los gallegos somos como sus hermanos (cuando ellos, por mucho que nos duela, tienden a vernos como unos españoles más).

9. Los topónimos castellanizados.

Al margen de los SanJenJo y PanJón citados anteriormente, existen otros topónimos en los que la “traducción” es mucho más sangrante. Carballino, Viana del Bollo, Ginzo de Limia, Niño de la Guía, Desván de los Monjes… Sin comentarios.

Crédito foto: Cristina L.F.