1. Nunca queremos comprometernos con una opinión

O eso es lo que piensa la gente de fuera, claro. Nosotros sabemos que en realidad ese «depende» y esa pregunta con la que contestamos a otra pregunta no es más que algo necesario para ofrecer la respuesta más útil, precisa y adecuada. El problema, claro, es que el interlocutor de fuera no tiene paciencia para todo ese diálogo cuasi socrático y en cuanto pedimos más detalles o decimos que depende ya se empieza a reír y decir «tú eres de Galicia, ¿verdad? je, je, je». Ellos se lo pierden.

2. Somos conformistas

Eso parecería, cada vez que levantamos los hombros y decimos que «éche o que hai». Pero en realidad se trata más de poner las cosas en perspectiva e intentar vivir con nuestras circunstancias. Ese conformismo, además, esconde un fondo que en realidad es optimismo puro, plasmado en dos de nuestras expresiones más repetidas: malo será y nunca choveu que non escampara. Vaya, que no nos ahogamos en un vaso de agua y sabemos que al final las cosas acaban saliendo. Eso sí, si nos cabrean, como pasó por ejemplo con el Prestige, salimos a la calle a protestar.

3. Somos desconfiados

De verdad, ¿qué hay de malo en querer saber un poco de qué palo va esa nueva persona que tenemos delante antes de hacer el esfuerzo de ofrecerles nuestra amistad? Nuestra amistad es de las incondicionales y no se la damos a cualquiera. Por eso miramos de arriba abajo, por eso puede que al principio no hablemos demasiado, por eso te notas observado y juzgado. Es un poco raro, sí, pero si apruebas tendrás un amigo para toda la vida.

4. Puede que nos pasemos un poco en las bodas

Mira, los gallegos somos buenos anfitriones. De los mejores del mundo. Una persona a nuestro cargo jamás pasará hambre y una persona con el estómago lleno es una persona más feliz. ¿Cómo no íbamos a darlo todo en una ocasión tan especial como una boda? ¿Cómo arriesgarse a que alguien se quede con un huequecito en el estómago? Porque además las bodas son acontecimientos muy duros físicamente, con maratones de baile y alcohol. Enfrentarse a eso habiendo comido solo dos platos (y no el estándar gallego de mínimo cinco) es poco inteligente.

5. Confiamos demasiado en nuestro propio ingenio

Esto se traduce en un arte para la chapuza inigualado por otros pueblos. Que sí, que a veces los resultado contribuyen un poco al feísmo y que lo de los somieres para cerrar fincas ya está muy visto, pero en un paseo por cualquier punto del rural gallego siempre te encontrarás con alguna solución DIY de lo más ingeniosa que te hará sonreirte, sacarle una foto y enviársela a todos tus contactos.

6. Nos obsesiona el tiempo

El atmosférico, no el otro. Las obsesiones por lo general no son algo positivo, pero esta es al menos inofensiva. ¿Es de verdad un problema que nos pasemos parte del día mirando hacia el cielo y comentando sus movimientos con la persona que tenemos al lado? Claro que no. Somos todos medio meteorólogos, sabemos con abrir la ventana si va a llover o va a abrir, si esa niebla predice un día de sol o una jornada gris… Contrastamos nuestra información con lo que nos digan Meteogalicia y Windguru y ya estamos listos para empezar el día, cogiendo o no el paraguas y sabiendo de qué hablar en la parada del bus. Si además echamos un ojo a La Voz o a nuestro periódico local, sabremos también comentar si este verano va a ser de lluvia o especialmente caluroso.

7. Nos gusta mucho la fiesta

Esto solo es un defecto si eres una persona gris y sin alma, pero incluso si eres así puedes venir por Galicia sin miedo: ¡no obligamos a nadie! Que sí, que en verano es casi imposible recorrer nuestra geografía sin encontrarte con una fiesta gastronómica, histórica, patronal o las tres cosas juntas, pero siempre puedes darte la vuelta. Eso sí, si te quedas, acabarás convertido, descubriendo que al final sí que tenías alma y que no eres tan gris. De ahí a seguir la gira de la Panorama solo hay un paso.

8. Somos cotillas

«E ti de quen es?», preguntan las paisanas cuando, tras mirarte de arriba abajo, no logran situarte en ninguna casa de la aldea. Una reacción natural de alguien no acostumbrado a este tipo de interés es pensar «y a usted qué le importa, señora», pero eso es simplemente no comprender que en los lugares pequeños todo el mundo se conoce y que cualquier foráneo debe ser identificado de forma inmediata. Y no es puro cotilleo, claro que no: se trata de situarte en algún lugar de la red de contactos, saber dónde encajas en la comunidad. La segunda vez que te cruces a esa señora, te saludará sabiendo ya quién eres y redescubrirás esa sensación a veces extraña pero casi siempre reconfortante de conocer a tus vecinos. Ya puedes hablar sobre el tiempo o sobre ese otro vecino común. ¿Cómo sentirse solo?

9. Somos los reyes de la morriña

Para algo nos la inventamos, ¿no? Echar de menos nuestra casa y nuestra tierra cuando estamos fuera podría verse como un signo de debilidad, pero todos sabemos que no es así. Nuestra morriña, más allá de que pueda ser en realidad síndrome de abstinencia, no es más que la consecuencia de vivir en el mejor lugar del mundo. Podríamos quedarnos aquí y no salir nunca, pero como tenemos también espíritu aventurero propio de la juventud, salimos a ver mundo, a explorar, a conocer otras culturas que nos enamoran y nos fascinan. Pero siempre hay un lazo invisible que nos hace suspirar cuando llueve y tener mono de pulpo y empanada y verano gallego. Aunque no volvamos, volver siempre está entre nuestros planes.