Una no se da cuenta hasta que conoce a hispanohablantes de otros países y estos se lo hacen saber: los españoles somos terriblemente malhablados. Si usásemos la ya odiada y con una magistral cuenta de Twitter expresión, diríamos que somos «malhablados no, lo siguiente». En la susodicha cuenta de Twitter nos dirían que lo siguiente a malhablados es fatalhablados. Eso somos.

Y, aun así, a veces sentimos la necesidad de cortarnos un poco y usar eufemismos. Porque hay niños delante, porque estamos hablando con nuestros padres y una fuerza extraña nos prohibe usar palabras malsonantes con ellos aunque tengamos 30 años, porque queremos expresar nuestro enfado o indignación pero sabemos que el contexto no es el adecuado,… Las razones son miles y nuestros eufemismos se basan simplemente en corregir el taco a mitad de palabra. Así es cómo hablar español con un niño, con un progenitor o si eres un dibujo animado de los años 80.

¡Jopé!

Así sin datos delante, pero con el conocimiento acumulado en estos 33 años de vida, diría que el taco preferido por los españoles es joder. Está tan aceptado que llega a muchos contextos a los que no llegarán nunca otras palabrotas, pero eso no significa que haya pasado al campo de las palabras inofensivas. No, no, joder sigue siendo algo que no deberíamos decir con niños delante. Los eufemismos sustitutivos son muchos y todos los niños los usan como preparación antes de demostrar que ya son mayores y decir la palabra de verdad (también usamos muchos de ellos los adultos sin sonar ridículos): jo, jopé, jolín, jolines, jopelines (cuanto más diminutivo, más cerca está el adulto de sonar a Flanders).

¡Miércoles!

¿Por qué exclamar ¡mierda! cuando podemos exclamar ¡miércoles!? No parece haber ninguna razón. Los miércoles, si lo pensamos bien, son también dignos de desprecio: en mitad de la semana laboral, ya sin poder usar el «es lunes» como excusa para todo, pero todavía lejos del fin de semana. El día que se convierte en X cuando abreviamos los días de la semana, el día incógnita sin resolver, el día de las actividades extraescolares que traumatizan, un día para citas de dentista. ¿No será mierda en realidad un eufemismo de miércoles?

¡Ostras!

Más de un sibarita gastronómico opinará que blasfemar es decir ostras en vez de hostias, pero no vamos a entrar en debates religiosos. Aquí lo curioso es la ampliación de la expresión a «¡ostras, Pedrín!», que nació en un cómic que se publicó durante todo el franquismo (coincidencia casi perfecta, entre 1940 y 1976) Roberto Alcázar y Pedrín. El personaje de Roberto Alcázar es el que decía con frecuencia lo de «ostras, Pedrín» a su compañero. Y de ahí nacieron la expresión y un montón de ostrerías llamadas Ostras Pedrín en las que el dueño no siempre se llama Pedro.

¡Mecachis…!

¡Mecachis en la mar! Queda un poco más fino que el clásico “cagüen…”, en el que el eufemismo es demasiado transparente (vaya, no es ni un eufemismo, es solo el resultado del hablante cerrando los ojos y contando hasta diez antes de seguir expresando cómo se siente). Mecachis suena tan inocente que es el que se usa con los niños, pobres inocentes, sin que ellos sepan hasta la edad de los desengaños que en realidad estaban todo el rato hablando de cagar.

Ajo y agua

Cuando no hay mucho que hacer ante esa situación que nos inspira toda clase de improperios, cuando la impotencia nos embarga y la aceptamos, alguien (posiblemente una abuela) nos mirará con ojos de pena, nos dará una palmadita en el hombro y nos dirá «pues ya sabes… ajo y agua». Y tú asentirás sin pensar mucho, porque las cosas te van tan mal que no crees que ni una alimentación basada en esos dos elementos las puedan estropear más. Pero no, no es eso lo que te están diciendo. Hay que leer entre líneas, buscar lo que falta: «ajo(derse) y agua(ntarse)». A veces se añade la resina, tercer elemento para una resi(g)na(ción) completa.

¡Córcholis!

Alerta para estudiantes de español: córcholis es español registro Ned Flanders. Aunque, ya puestos, si quieres dominar ese registro de verdad, añádele un re- delante y exclama «¡recórcholis!» con todo tu indignado entusiasmo. Lo que estás intentando no decir es coño, que también puedes disfrazar sin tantas sílabas diciendo simplemente «¡concho!».

¡Pardiez!

Un poco vintage, sí, perfecto para cuando quieras dejar libre a ese lord inglés (o, más bien, aristócrata francés) de otro siglo que todos llevamos dentro. Colócate el monóculo y exclama «¡pardiez!» como ya hacían en el siglo XVI. En el Diccionario de autoridades (siglo XVIII), aparece definida como «expressión del estílo familiar, que se usa a modo de interjección, para explicar el ánimo en que se está, acerca de alguna cosa». ¿Lo que pensamos mientras lo decimos? «¡Por dios» O posiblemente, en francés, «par Dieu!», porque si hay que indignarse a la antigua, está bien hacerlo en la lengua de moda de antaño.

¡Diantres!

Aquí el eufemismo tiene ya tan poco sentido que es casi más ridículo exclamar «¡diablos!» que «¡diantres!». De hecho, bien lo sabemos, diablos a veces se usa como forma limpia en preguntas en las que nuestro cerebro usa otras peor vistas. Ejemplo: ¿Dónde diablos está ese bar al que dices que estamos llegando? Suena menos agresivo que ¿dónde cojones/hostias está ese bar…?

¡Caray!

Caray está muy bien porque ha logrado superar todos los obstáculos (un poco como jo) y se puede usar sin miedo ni a ser ridículo ni a ser desconsiderado ni a sonar a Lope de Vega en pleno duelo. Caray (o carainas, pero este ya se va un poco hacia el terreno infantil) son un sustituto perfecto de carajo, tan perfecto que lo dirás sin pensar y hasta te sonará raro decir carajo en su lugar. También están caramba (bien), carambolas (dibujo animado) o caracoles (recuerdo a Pedro el de Heidi diciéndolo, porque no solo decía cáscaras, ¿no?). Escoge la que mejor te convenga.