Cuando se trata de echar el taco en la calle, tenemos hábitos peculiares que funcionan igual a una especie de reglas no dichas, pero asumidas como parte de un ritual gastronómico. Si tu corazón se acelera cuando alguien sugiere ir por unos tacos, seguramente te identificarás con las siguientes situaciones.

 

1. Nunca perdemos de vista nuestro objetivo.

En una taquería callejera podremos darle la espalda a los coches que pasan rozándonos la espalda, pero nunca perdemos de vista al taquero. Siempre comemos de pie frente al puesto, porque el hecho de comer tacos no solo es una experiencia gustativa, sino auditiva y visual. Nos encanta ver la destreza con la que se despachan los tacos, las minucias de su preparación y todo lo que pasa en ese reducido espacio iluminado por un par de focos incandescentes.

 

2. Apodamos al taquero.

A falta de conocer el verdadero nombre del taquero, solemos llamarlo con apodos como Primo, Güero, Paisa, Chino o Mai, lo cual puede depender del nombre del puesto o de la tradición local. La relación con este personaje es muy peculiar, y solemos saludarlo y tratarlo con familiaridad y un tanto de agradecimiento. Hacer migas con el taquero es fundamental para garantizar un servicio rápido y acceder a todos los beneficios de ser un cliente frecuente. No hay nada como escuchar a nuestro taquero de confianza recibirnos con un “¿Lo de siempre, Güero?”.

 

3. Comemos de pie.

Este hábito puede resultar un tanto inexplicable, pero lo cierto es que cuando comemos tacos en la calle a la mayoría nos gusta estar de pie aunque haya alguna mesa o banco disponible. Una posible explicación a este misterio es que comer de pie nos da el pretexto para sostener el plato y mantenerlo cerca de nuestra boca, conteniendo los desbordes recurrentes de salsa y carne cuyo desperdicio sería un sacrilegio.

 

4. Pedimos tacos de cinco en cinco o de tres en tres.

Esta es una regla matemática que sólo aplica en el mundo de los tacos, especialmente si se trata de tacos al pastor u otros de tamaño similar. Las funciones de esta regla son básicamente tres: que no se nos enfríen los tacos, calar la calidad del producto si es la primera vez que comemos en el lugar, y hacernos de la boca chiquita. Aunque bien sabemos que después de la barrera de los cinco… todo puede pasar.

 

5. Arriesgamos el físico por la cena.

Si los tacos son buenos, no importa si la taquería se instala en una esquina o cruce peligroso donde los coches pasan rasantes a unos metros de distancia. Con tal de saborear esos tacos, somos capaces de arriesgar el pellejo en cualquier sitio. A final de cuentas, el miedo y la adrenalina pasan a segundo plano cuando estamos concentrados en lo verdaderamente importante.

 

6. Nos mantenemos cerca del trompo o de la fuente más inmediata de tacos.

Cuando se trata de tacos al pastor, el trompo de carne ejerce un magnetismo sobre nosotros difícil de explicar. Como si fuéramos planetas girando alrededor del sol, nos mantenemos a una distancia prudente alrededor del trompo y su asador, cambiando de lugar de vez en vez pero sin despegarnos demasiado. Todo esto sirve para que nadie nos de baje con nuestra orden y para meter presión en caso de que ésta se tarde demasiado.

 

7. Apañamos la mayor cantidad de limones posibles.

No es un secreto que en México le ponemos limón a todo y mucho más cuando hay tacos de por medio. La demanda de limones en una taquería es tan alta que lo más conveniente es tomar una buena cantidad a la primera oportunidad en vez de tener que batallar pidiendo más a cada rato.

 

8. Salseamos el taco todas las veces que sea necesario.

Si la salsa está buena, amerita ponerle una cucharada más. Y no importa si sólo nos queda una migaja de tortilla, o si tenemos que pedir otro refresco para quitarnos lo enchilado… si la salsa amerita, no nos podemos resistir.

 

9. Reafirmamos la calidad de nuestros tacos favoritos.

Esto sucede siempre que visitamos una taquería por primera vez o cuando llevamos a alguien a nuestro puesto favorito. En cualquier caso, buscamos en nuestro acompañante una señal de entusiasmo o una mirada de aprobación como confirmación de nuestro buen gusto. Es un gesto muy sutil, pero es parte del protocolo culinario local.