1. El mandado antes de la comida

La penitencia de todos aquellos metiches que alguna vez nos metimos a la cocina a cuestionar a qué hora iba a estar lista la comida. Lo que para ti era una simple pregunta, para tu madre —o para cualquier otro estandarte de autoridad que anduviera por ahí— era el signo inequívoco de que nada más estabas perdiendo el tiempo. Acto seguido, te ponían unos pesos en la mano y te mandaban por las tortillas, por los refrescos o por una ramita de cilantro con la consigna de no gastarte todo el cambio en las maquinitas de la esquina.

2. La batalla de los guisados

Todos tenemos esa tía que dice que hace las mejores papas con chorizo del universo y esa otra que asegura ser la única que tiene la receta secreta del bacalao de la abuela. Esto implica que el menú de la próxima comida familiar va a incluir papas con chorizo, bacalao o ambas cosas, pero también implica que va a estar muy bueno. Hay que aceptar que tantos años de práctica ya han hecho mella en las recetas.

El orden familiar se mantendrá siempre y cuando cada integrante de la familia se apegue al guisado que le corresponde y no se atreva a criticar los ajenos… en público.

3. Los elementos en la mesa

La complejidad dependerá de lo que se vaya a degustar. Habrá ocasiones en las que una salsita, tortillas y limones sean suficientes como centro de mesa, pero otras requerirán de uno que otro molcajete, tostadas, chilitos, nopales, guacamole, frijoles y ya lo que sea la voluntad de cada quien. Tener toda esta variedad de elementos sobre la mesa no puede bajo ninguna circunstancia ser considerada como algo malo, pero puede tener sus desventajas…

4. El pozole colaborativo

Armarse un buen plato de pozole —por ejemplo— puede ser una odisea muy cabrona. Se requiere hacer uso de un gran número de elementos (chile, orégano, rábanos, limón, lechuga, cebolla y tostada) que todos los demás también querrán utilizar al mismo tiempo. Todo el proceso requiere su buena dosis de paciencia y astucia, pero el plato de pozole a tu gusto vale eso y más.

5. ¡Ya te puedes casar!

En México es necesario aprender a cocinar para poder firmar un contrato matrimonial. O por lo menos eso es lo que cree toda esa parentela que no se cansa de recordarte tu estado civil cada que metes mano en la cocina y no se te pega el arroz.

6. El relajo de los chavitos

Si la comida atrae a dos o más niños menores a los once años, estos eventualmente encontrarán la forma de separarse del cuidado de sus padres y comenzarán a hacer un soberano desmadre que servirá como música de fondo para el resto de los comensales. El caos irá en aumento hasta que alguna de las madres correspondientes haga valer su papel y suelte alguno de sus famosos ultimatums.

7. La tortilla de hasta arriba

Aunque seas de esos que quieren romper con todo protocolo y hasta hayas abogado por la pobre tortilla de hasta arriba, debes admitir que tomarla tiene sus desventajas. Estará más fría, tal vez no lo suficiente para hacerla a un lado, pero más fría definitivamente. Sin embargo, más importante que la temperatura es la manoseada. ¿Alguna vez has pensado en todos los que meten la mano al bonche de tortillas para levantarla, hacerla a un lado y volverla a dejar en su lugar? Ahora seguramente lo harás.

8. La sal sobre la mesa

Si te quieres evitar discusiones sobre las consecuencias metafísicas de las acciones comunes y prefieres vivir sin indagar acerca de las supersticiones ajenas, nunca le pongas el salero en la mano del de junto.

9. La sobremesa hasta las últimas consecuencias

¿Para qué levantarse de la mesa si eventualmente a todos les volverá a dar hambre? Tal vez esa es la lógica de la sobremesa mexicana. Un espacio para la plática, el café, la digestión, uno que otro alcohol y algún pastelito o postre improvisado. Si la plática perdura y los ánimos son buenos, la hora de la cena llegará sin mayor problema.