Crédito: Lis Ferla

1. Crees que ese paraguas te durará hasta mayo.

Has invertido en uno bueno y te imaginas caminando orgulloso en mitad de una tormenta con tu paraguas intacto. ¡Iluso! Los paraguas en Galicia no sobreviven. Acabarás con varillas rotas y con él en la basura. Y si de verdad tienes un paraguas de esos buenísimos e irrompibles también te quedarás sin él: un día saldrás del restaurante en el que has comido y no lo encontrarás en el paragüero. Los paraguas buenos son un bien comunitario.

 

2. Las ciclogénesis explosivas te dan miedo.

No te culpamos, son para tenerlo. Pero un invierno en Galicia te curte a base de ciclogénesis explosivas y alertas rojas constantes. Se convertirán en tu día a día y aprenderás a vivir e incluso salir a la calle aunque parezca que el cielo se está cayendo o que el apocalipsis ha llegado. Las alertas naranjas se convierten en sinónimos de buen tiempo.

 

3. Confías en que la ropa que has tendido hoy esté seca mañana.

Pronto aprenderás que no. Que ni mañana, ni al día siguiente. La tocarás y verás que sigue estando ya no húmeda, sino mojada. A los cinco días te parecerá que por fin los calcetines están secos, pero entonces te darás cuenta de que los has colgado un poco arrugados y que hay una parte que está todavía empapada. Te encogerás de hombros y te los pondrás igual. Al fin y al cabo, sabes que se mojarán en cuanto pises la calle. Ya eres gallego.

 

4. Una mancha negra ha empezado a salir en la pared y quieres cambiarte de piso.

Es entonces cuando llamas a la inmobiliaria o a tu casero, explicas tu problema, y escuchas un silencio al otro lado de la línea. “Pero ¿entra agua? ¿tienes goteras?”, te preguntará. Tú dirás que no y al otro lado no entenderán cuál es el problema. Si insistes, dirán que no te preocupes, que lo arreglarán. Al día siguiente aparecerá un chapuzas en la puerta que lo arreglará todo con una mano de pintura. Una semana después, la mancha volverá a aparecer. Pero no te quejes. Si no hay setas en la alfombra, has tenido bastante suerte.

 

5. No crees en los deshumidificadores.

Esto se te pasará rápido. Cuando veas cómo hacen que tu ropa se seque en solo un día, cuando notes que las sábanas ya no están húmedas cuando te metes en la cama, cuando te des cuenta de que gastas mucho menos en calefacción, pasarán a ser el electrodoméstico más amado de tu casa.

 

6. No tienes katiuskas.

Es cierto, puedes sobrevivir a un invierno gallego sin mojarte los pies y sin tener katiuskas, pero si lo que tienes son unas botas normales en las que crees que no entra agua y un presupuesto algo ajustado, acabarás jurando por ellas. Tendrás varios pares de katiuskas, que pondrás en un altar junto al deshumidificador.

 

7. Crees que 13 grados no es frío.

Tú vienes de tierras heladas, acostumbrado a las temperaturas bajo cero y te reías de cuando tus amigos gallegos te decían que estaban congelados a 10 grados positivos. Te comerás tus palabras cuando notes cómo la humedad atraviesa mantas y capas de ropa y se cuela en tus huesos sin que puedas hacer nada para dejar de tiritar. No te preocupes, no lo contaremos por ahí.

 

8. El caldo gallego no te emociona.

Será así hasta que entres un día en un bar para refugiarte de la ciclogénesis de la calle, con las manos húmedas y el cuerpo en pleno tembleque. Entonces, el dueño te pondrá una cunca de caldo delante. La rodearás con tus manos, inhalarás su aroma y notarás que todo empieza a cambiar. Al tercer trago estarás ya sacándote el abrigo y notando el moquillo de la felicidad empezando a deslizarse nariz abajo.

 

9. No sales a la calle porque llueve.

¿Cuántos planes rechazarás hasta que te des cuenta de que te arriesgas a no pisar la calle hasta junio? En algún momento entrarás en razón –más o menos cuando empieces a rezarle a San Deshumidificador y alegrarte por las alertas naranjas –y volverás al mundo exterior. Aquí acaba tu aprendizaje. Has logrado sobrevivir al invierno gallego. Quizá sea también cuando empiece a sentarte mal que la gente de fuera diga que en Galicia siempre hace mal tiempo.