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1.

Nunca más saludarás con un “Buen viaje” a quien salga de vacaciones. Desde entonces solo existe un “Buen Camino” en tu vocabulario.

2.

¿Qué son cinco kilómetros andando? Nada. Un suspirito. Tus amigos, que toman el coche hasta para ir al supermercado en la esquina, te miran como a una loca. Y tú a ellos como a unos desgraciados.

3.

Ves flechas amarillas por todos los lados. En el supermercado, en el metro, en las señales de tráfico, en correos, en el paquete de galletas. Desde que hiciste el camino, parece que las flechas amarillas han ocupado todo el universo.

4.

Con las conchas sucede tres cuartos de los mismo, pero con la diferencia de que eres tú quien las busca a conciencia. Cada mochilero que te cruces en cualquier lugar será escudriñado en busca de una concha colgando de la mochila. Igual piensan que estas ligando, mide tu obsesión.

5.

Cuando te presentan nuevas personas ya no te interesa saber a qué se dedican, ni de qué país son o ese tipo de cosas. La pregunta que te sale hacer es si ha hecho el camino. Si no lo ha hecho, pues que si saben lo que es o si han oído hablar de él. Y si lo han hecho, que por qué lo hicieron, cuándo, cómo y desde dónde. Nada te interesa más en el mundo.

6.

Todos tus planes de futuro empiezan a girar en torno al Camino porque la idea de volver no te deja dormir: el tiempo libre que tendrás, cuándo lo tendrás, la cantidad que tendrás que ahorrar para hacerlo de nuevo, cuántos kilos lograrás reducir tu mochila esta vez, cómo llegar a Saint-Jean-Pied-de-Port…

7.

De pronto, eres experto en pies. No hay vaselina ni remedio podal que se te resista. Sabes cómo usar la vaselina y los geles refrescantes, cuándo hay que parar a refrescarlos, el calzado adecuado a cada persona y terreno. Te convertirás en el consejero podal oficial de tu grupo de amigos.

8.

Minimalismo a tope. Comprobaste que es posible llevar todo lo que se necesita para vivir durante un mes en tan solo 5 o 6 kilos, y no piensas volver a la barbarie del acumule. Minimalismo….mío…mi tesooooro.

9.

Miras tu entorno de otra forma, lentamente y con fruición. En el camino, todo se sucede, se observa y se camina al ritmo de tus piernas, y te das cuenta de que el mundo es como otro, con nuevos matices. El paisaje es riquísimo en detalles y los coches parecen máquinas endiabladas. Has aprendido a parar en medio del caos.