Se dice que en el lago que rodeaba a la gran Tenochtitlan existía un ser que devoraba a los hombres. Tenía forma de perro, pelo corto, orejas puntiagudas, un cuerpo liso y una cola negra con una mano. Su nombre era Ahuizotl.

Hay quienes dicen que su tamaño era el de un perro, y quienes aseguran que era mucho mayor, pero todas las investigaciones coinciden en que era el terror de los pescadores.

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Tenía un apetito voraz, prefería siempre comer seres humanos y le gustaban las partes crujientes, como las uñas, los dientes y el cráneo, aunque también consideraba una verdadera delicadeza comerse  los ojos de sus víctimas. Se cuenta que atraía a sus presas imitando el llanto de un bebé humano.

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Según Ángel María Garibay, sacerdote e historiador de las culturas prehispánicas, el nombre está constituido por dos partes.

A, Atl (agua): Ahuízotl tenía su hábitat particularmente en el agua.
Huiz: Huiztli (espina). Los pelos mojados del animal tenían una apariencia particularmente espinosa cuando emergía del agua y se sacudía.

En algunos dibujos el Ahuizotl tiene apariencia de mono y, cuando la víctima estaba a su alcance, la sujetaba con la mano de su cola y lo llevaba a las profundidades del lago.

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También se dice que atraía a los pescadores haciendo saltar a los peces y ranas como si se acercara un pez enorme.

Era fácil reconocer a la víctima de un Ahuizotl, pues su cadáver aparecía flotando tres días después del ataque, sin ojos,  sin uñas y sin dientes.

Lápida de Ahuizotl. Museo Nacional de Antropología e Historia

Ahuizotl era considerado un sirviente de Tláloc, por lo que el cadáver debía ser recuperado y recibir un entierro digno como una ofrenda a Tláloc. De esta forma, su espíritu iría al Tlalocan, que es el paraíso de los que murieron por causas de agua o del rayo o, en este caso, por un sirviente de Tláloc.

Hasta la fecha no se ha podido determinar el origen de la leyenda del Ahuizotl o si en verdad existió un animal semejante. Su recuerdo, sin embargo, vive en los códices (como el Florentino, que es imagen de portada de este artículo, o el Mendoza, al final de este párrafo), y en historias de noches de fogatas mexicanas.