A pesar de que la celebración del Día de San Valentín fue importada de Europa y no tiene ninguna base en la cultura mexicana, hemos adoptado esta festividad con entusiasmo porque, claro, todos nos hemos enamorado por lo menos una vez en la vida o soñamos con encontrar ese gran amor. Esto incluye por supuesto a nuestros personajes históricos, artistas e intelectuales. Para celebrar el 14 de febrero, te propongo revivir estas grandes historias de amor que ya han pasado a ser leyendas. ¿Las conocías?

El poeta y la amada inmóvil

Según Carlos Monsiváis, el poeta Amado Nervo era un solterón dedicado a sus libros y poemas que no creía en el matrimonio, cuando fue enviado a París por un periódico para cubrir la Feria Mundial. Allí fue que se topó con Ana, una mujer a la que describió como “rubia y nevada” (“la mano que teje los destinos nos puso a Ana y a mí frente a frente… un minuto más menos y no nos hubiéramos encontrado. Pero estaba escrito”). Fue amor a primera vista para los dos. Ella le advirtió que no era mujer para un solo día, a lo que él le respondió que para cuántos años, entonces. Ella rió y le contesto: “Para toda la vida”.

A partir de ahí, sin embargo, pasaron solo 11 años. Los enamorados se veían todos los días, a escondidas, ya que Ana era casada y tenía una hija de su unión anterior, y Amado era un diplomático que debía guardar las normas de su cargo y de la sociedad del 1900 (“no teníamos el derecho de amarnos a la luz del día y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto. Mi secreto”). Durante esta gran historia de amor, varios de los mejores poemas de Nervo fueron escritos para ella.

En diciembre de 1911, Ana Cecilia Luisa Dailliez enfermó de fiebre tifoidea y su agonía fue terrible. El poeta veía como, poco a poco, su amada perdía la batalla. A su muerte, él escribió a un amigo: “Su muerte es una brutal amputación de mi corazón…”. Fue entonces que escribió una de sus mejores obras: “La amada inmóvil”, versos a una muerta, donde recrea los momentos en que veló al gran amor de su vida, a manera de medicina espiritual, para aliviar un poco a su medio corazón. La obra es una trágica descripción del duelo ante la muerte del ser amado, al grito desgarrador de “estoy enamorado de una muerta”.

El bardo y la musa

María Antonieta Rivas Mercado nació en 1900. Hija del destacado arquitecto y escultor Antonio Rivas Mercado (el creador del Ángel de la Independencia), recibió la mejor educación para una mujer de esa época: practicó la danza y hablaba inglés, francés, alemán, italiano y griego. A los dieciocho años, se casó con Albert Edward Blair, con quien tuvo a su único hijo. Finalmente se separaron y él obtuvo la custodia del niño.

Fue una gran mecenas de los artistas e intelectuales de la época: fundó el Teatro Ulises y formó el patronato para la Orquesta Sinfónica de México, bajo la dirección de Carlos Chávez. Además, se convirtió en mecenas de personajes como Andrés Henestrosa, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza y María Tereza Montoya. En ese ambiente conoció a su gran amor, José Vasconcelos Calderón, el iniciador de las campañas de alfabetización y el principal impulsor de la construcción de escuelas en el México post revolucionario.

Impresionada por el escritor y diplomático, Antonieta tuvo un papel destacado en su candidatura presidencial y fue su compañera sentimental, a pesar de que él estaba casado. Al ser derrotado, Vasconcelos se autoexilió en París. Ella no lo pensó dos veces y se fue con él, pero antes sustrajo a su hijo de la casa paterna y lo llevó con ella a Europa, donde trabajó como escritora y periodista.

Pero pronto “el Bardo” dejó de mostrar interés por ella. Un día Antonieta le preguntó si aún la amaba o si, al menos, la necesitaba. Él le contestó que no y, además, le expresó su necesidad de volver con su esposa a México, donde le ofrecían el puesto de Rector de la Universidad Nacional.

Desolada, Antonieta se suicidó el 11 de febrero de 1931 dentro de la Catedral de Notre Dame, con la pistola que Vasconcelos siempre llevaba consigo. Se pegó un tiro en el corazón. Su vida y su trágica muerte inspiraron la cinta “Antonieta”, dirigida por el español Carlos Saura y con la actriz francesa Isabelle Adjani en el papel principal.

La “india bonita” que enamoró a un Habsburgo

El Jardín Borda era una impresionante mansión de descanso en la ciudad de Cuernavaca, con gran fama entre la población debido a sus preciosos jardines. Había sido mandada a construir por el empresario minero José de la Borda, a mediados del siglo XVIII. En 1865, después de un viaje que los emperadores Maximiliano y Carlota de Habsburgo realizaron a Yucatán, escogieron este lugar como su residencia de verano. Ahí llevaron a cabo muchas reuniones de gala y los exóticos jardines eran el perfecto escenario a sus pomposos banquetes y conciertos.

Un día el emperador -que hacía solitarios recorridos por el jardín, ya que gustaba de cazar mariposas e insectos para su colección privada-, conoció ahí a una hermosa joven de nombre Concepción Sedano (algunos cronistas la nombran como Margarita Leguizamo Sedano), una indígena hija del jardinero en jefe, que ayudaba a su padre a cuidar las plantas y las flores.

Es sabido que la relación entre Maximiliano y Carlota no era nada apasionada, sino más bien conflictiva. Cuando conoció a la adolescente de 17 años, quedó cautivado. Empezó a realizar más viajes a Cuernavaca pero ya sin Carlota. Incluso algunos historiadores señalan que partía a las tres de la madrugada desde la Ciudad de México para poder llegar antes del mediodía para estar con su amada. De hecho, hay un texto donde Maximiliano describió a la joven: “Una joven india inocente que me testimonia un afecto ingenuo que me es muy dulce”. No por nada, en los poblados aledaños le llamaban “la india bonita”.

¿El resto de la historia? Ella se embarazó del emperador, tuvo un niño de nombre Julián Sedano. La emperatriz se enteró y se encargó de que el embarazo permaneciera en secreto. Poco después, Maximiliano fue fusilado y Carlota partió a Europa. Por algún tiempo el recuerdo de esta joven mujer se perdió, pero hay quien cuenta que, algunas noches de luna llena, en el jardín que hoy todavía existe, pueden oírse las risas de una adolescente y una voz varonil recitando versos en alemán.

La leyenda de la vainilla

Teniztli, un rey totonaca, era padre de una joven muy hermosa. Por ello la llamó Tzacopontziza (“lucero del alba”), y fue consagrada al culto de la diosa Tonacayohua para que ningún hombre disfrutara de su hermosura. Pero un día, con el pretexto de depositar una ofrenda, la joven salió del templo para encontrarse con un joven de nombre Zkatan-oxga (“joven venado”), que la había estado enamorando en secreto, a pesar de que ambos sabían que podían ser sacrificados por este amor prohibido. Él planeaba llevarla lejos, por lo que enfilaron hacia la montaña, con la intención de dejar atrás para siempre el señorío totonaca.

Durante el viaje, un monstruo enviado por la diosa Tonacayohua les arrojó fuego haciéndolos retroceder, siendo encontrados por los sacerdotes del templo que, muy enojados, los capturaron. Al amanecer, fueron degollados y sus corazones arrojados a una barranca.

A los pocos días, comenzó a crecer ahí un arbusto, el cual alcanzó en poco tiempo una considerable altura. A su lado brotó una orquídea trepadora, que fue envolviendo el tronco del árbol, dando la impresión de ser los brazos de una mujer que con delicadeza lo abrazaba. La frágil orquídea parecía, a su vez, protegida por la sombra del árbol, y continuó su crecimiento llenándose de hermosas flores de un pálido tono amarillo.

Era tan hermosas las flores y tan grande y vigoroso el arbusto, que llamó la atención del pueblo. Los sacerdotes concluyeron que la sangre de los jóvenes había sido transformada en el arbusto y la orquídea. El asombro fue mayor cuando las delicadas flores se convirtieron en delgadas y largas vainas, que al madurarse despedían un dulce y penetrante aroma. El padre de Lucero del alba, conmovido y avergonzado, declaró a la orquídea una planta sagrada a la que llamaron Xanath (“flor recóndita”), que se convirtió así en la flor más amada por el pueblo totonaca.

Photo: Songthamwat | Shutterstock

Los amantes eternos: Popocatépetl e Iztaccíhuatl

Cuenta la leyenda que el joven guerrero Popocatépetl pidió en matrimonio a la princesa Iztaccíhuatl, hija del cacique de los tlaxcaltecas, quien accedió a la boda, la que se fijó para cuando el joven regresara de una gran batalla.

Durante la espera, un enemigo del joven guerrero le mintió a la princesa, diciéndole que su gran amor había muerto en el combate. Con el corazón roto de tristeza, Iztaccíhuatl murió. Tiempo después, el guerrero regresó triunfante y se enteró de la triste noticia.

Popocatépetl, en medio de su dolor, decidió honrar su amor y mantener el recuerdo de la princesa entre su pueblo: mandó a construir una tumba en la cima de una solitaria montaña, desde donde nunca más bajó. El joven recostó a su amada en la cúspide y, tomando una antorcha, se arrodilló frente a ella y la acompañó en el sueño eterno. Los dioses, conmovidos con su amor inconcluso, los transformaron en dos grandes volcanes.
Se dice que Popocatépetl de vez en vez despierta y se acuerda de su amada. Entonces su corazón tiembla y su antorcha lanza fumarolas de humo, en honor a su amor eterno.

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La bella y el charro cantor

Diez años antes de enamorarse, María Félix detestó a Jorge Negrete porque pensaba que era un viejo pedante. Con todo y su mutuo odio, empezaron el rodaje de El peñón de las Ánimas (1942), donde Negrete había querido el protagónico para Gloria Marín, su mujer. Tiempo después, al terminar una gira por Argentina, a María la recibieron en el aeropuerto cientos de fans y un misterioso e impresionante ramo de rosas, que le enviaba el presidente de la Asociación Nacional de Actores (ANDA): el mismísimo Negrete. Y ahí todo comenzó: se enamoraron locamente. A la boda asistieron más de 1000 invitados y un centenar de periodistas; él con traje de charro y ella de adelita. Ese día, él le regaló un espléndido collar de esmeraldas. Sin embargo, el matrimonio duraría solo catorce meses, ya que él contrajo una hepatitis que terminó en una cirrosis y lo llevó a la tumba.

El entierro de Negrete fue espectacular, aún más que la boda. Hubo duelo nacional y la familia de Jorge (que nunca vio a la diva con buenos ojos), le pidió que devolviera el costoso collar, alegando que él nunca lo pagó. La respuesta de ella: finiquitó la cuenta y conservó así el recuerdo del hombre que, aseguran, fue el gran amor de su vida.