1. Lagartos gigantes, en la Isla del Hierro.

Estos reptiles primitivos sobreviven aislados en la isla del Hierro, de donde son endémicos. Tienen un color pardo oscuro y llegan a medir más de 60 centímetros. Su alimentación es fundamentalmente vegetariana, aunque a veces también comen insectos. Tan solo quedan unos pocos cientos de ejemplares en la zona de Los Roques, unos abruptos acantilados donde podemos verlos tumbados al sol. Solo la oportunidad de ver el imponente paisaje montañoso de la Isla más salvaje de Canarias ya merece una visita.

Crédito: azuaje

 

2. El canto del urogallo, en Cantabria.

Estas preciosas aves que llegan a pesar 7 kilogramos son aún abundantes en el Norte de Europa. En España, sin embargo, su carne fue muy apreciada por las cazadores hasta que se vedó su caza definitivamente en 1976. Su población actual es escasa y está recluida en el Norte peninsular. El visitante que se aventure por los remotos montes de la Reserva de Caza de Saja-Besaya en Cantabria, tendrá la oportunidad de presenciar el bello espectáculo que cada primavera nos ofrecen los machos de urogallo, pavoneando sus colas rojinegras y cantando a la espera de seducir a la hembra.

 

3. Los felinos ibéricos, en Andalucía.

El lince ibérico es, junto al gato montés, la única especie de felino salvaje que habita la península. Los gatos monteses son de pequeño tamaño y relativamente abundantes, mientras que el lince es mucho mayor, llegando a 20 kilos de peso. Es un depredador incasable de conejos, motivo por el cual el hombre lo exterminó durante el siglo XX. Actualmente están protegidos en el Parque Nacional de Doñana, en la provincia de Huelva. Aquí viven unos 50 ejemplares de estos moteados cazadores, que se camuflan en las dunas de arena, esperando su oportunidad para lanzarse sobre algún incauto conejo o roedor.

Crédito: David Rulo

 

4. Las focas del Mediterráneo, en Ceuta.

La única especie de foca del mediterráneo dominaba este mar en los tiempos en que Homero la citó en su obra La Odisea. Sin embargo, la persecución del hombre por sus pieles ha ido fragmentando sus poblaciones progresivamente, hasta el punto de que en España sólo viven dos ejemplares a día de hoy, por lo que la especie se puede considerar virtualmente extinta. Si quieres verlas antes de que desaparezcan date prisa y vete a las Islas Chafarinas, unos pequeños islotes a 20 millas náuticas de Melilla.

Crédito: Manuel G.S.

5. Los sapillos diminutos, en Mallorca.

El ferretet es la segunda rana más pequeña del mundo, así tendrás que afinar bien la vista si quieres descubrir a esta criatura de un centímetro de largo. Se trata de anfibios que quedaron aislados en las Islas Baleares desde el período Plioceno-Holoceno y han sobrevivido hasta nuestros días en la Sierra de Tramuntana, al norte de la Isla de Mallorca. Eso sí, si no los ves, siempre podrás ahogar tu pena dándote un chapuzón en algunas de las calas de agua cristalina más bellas de Europa, por las cuales esta isla es famosa.

 

6. Los últimos osos, en Asturias.

El oso pardo fue abundante antaño en toda España, pero desde hace un siglo está en peligro de extinción a causa de la persecución del hombre. Los frondosos bosques de hayas y robles de Asturias dan cobijo a las últimas poblaciones sanas de este majestuoso animal. Será difícil verlos pero podemos intentarlo en la Reserva Biológica de Muniellos, dónde quedan algunos de estos imponentes animales de varios cientos de kilos de peso. La mejor época para ir es en otoño, cuando se dejan ver mientras comen abundantes bayas y frutos silvestres para engordar y resistir la hibernación. En los meses de octubre y noviembre, el bosque se tiñe de tonos rojizos y amarillentos formando un espectáculo increíble de colores.

Crédito: cibercorsario

 

7. Las águilas majestuosas, en Extremadura.

El ave más imponente de Europa aún sobrevuela los cielos del Parque Natural de Monfragüe, en Cáceres. Junto a ellas, también veremos otras rapaces como buitres negros y leonados, que se dejan caer en picado por los impresionantes farallones de roca caliza que bordean el río Tajo, el más largo de la Península Ibérica. Ver como estas aves de más de dos metros de envergadura otean el horizonte en busca de presas es una estampa que no te dejará indiferente, eso sí, procura llevar unos prismáticos para no perderte nada.

Crédito: cotallo-nonocot