Primer Round: la compra del plato de comida

Crédito: Cecilia López

Me acuerdo la cara de esa tailandesa como si fuera uno de esos capítulos viejos de Los Simpsons que vi millones de veces, por más que a ella la haya visto una sola vez por uno o dos minutos hace poco más de un año. Era mi segunda noche viajando y yo caminaba hacia la tailandesa con el temor de los vírgenes.

Mi novia se había quedado sentada reservando una mesa en un alborotado mercado nocturno en Bangkok, al cual caímos por casualidad, lejos de otros occidentales, de palabras escritas en nuestro alfabeto y de cualquier rastro de algo que nos resultara aunque sea remotamente familiar. Me tocó a mí ir a pedir la comida.

La cara de la tailandesa se contorsionó y su expresión denotaba con mucha claridad algo como: “¿Qué carajo estás haciendo ahora viniendo a hablar conmigo, blanco caca de pájaro? Este no es un lugar turístico, no sé ni una palabra de inglés. Ni una. No nos vamos a entender ni de casualidad. Andá a otro lado. Por el amor de todo lo que es sagrado, andá a otro lado. La puta madre, dejá de caminar hacia mí. Andá. A. Otro. Lado.”

Por supuesto, yo también sabía que era una posibilidad que no nos entendiéramos ni un pito. Pero entre ella y yo había una diferencia.

Ella podría haber seguido viviendo toda su vida lo más pancha sin nunca jamás cruzar una palabra conmigo. Yo no. Yo necesitaba comunicarme con ella. Yo necesitaba comprarle ese plato de fideos. Lo necesitaba desesperadamente.
Después de un largo día de caminar por Bangkok con ciento cincuenta y tres grados de sensación térmica yo no tenía hambre nomás: yo me estaba muriendo. Y encima no puedo explicarte la hermosura pornográfica de los fideos que pedí, señalándolos como si fueran un oasis de cerveza bien frappé con lluvia de papas fritas y palmeras hechas de chocotorta, y no apenas un plato de fideos.

Yo sentía que los fideos ya eran míos. O casi…
Estaban esperándome apoyados sobre el mostrador, suculentos, provocativos, sensuales.
Sólo faltaba que pagara para poder llevarlos a la mesa y comerlos como si no existiera un mañana.
Sólo faltaba que ella y yo nos entendiéramos.

Intenté hablar en inglés. “How much?”

Negó milimétricamente con su cabeza, conteniendo una sonrisa entre nerviosa y divertida. Para ella, yo podía estar diciendo cualquier cosa. Si le podía agregar un huevo cocido. Si venía con demasiado picante. Si sabía la formación de Uruguay en el mundial de 1930.

Le señalé el plato y le hice el gesto de: “¿Cuánto vale eso?”, rozando mis dedos pulgar y del medio.

Me miró desconcertada, como si le hubiera dicho: “Hace siglos acá pastaban elefantes marcianos. ¿De casualidad tenés un poco de sus cuernos triturados para tirarle arriba a los fideos?”
Así de desconcertada me miró.

Fue entonces cuando lo supe. Lo que uno piensa universal no necesariamente lo es.
De repente, se me ocurrió. Le mostré un billete tailandés, le señalé el plato de fideos y puse carita de duda.

“Ooooh,” suspiró, asintiendo con la cabeza.
Al fin.
Al fin nos íbamos a entender.
Al fin iba a poder llevar esos fideos a la mesa y poner Barry White y hacerles el amor.
Pero la tailandesa me dijo un ruido raro.

Claro, pequeño detalle. En ese momento yo no sabía hablar ni una palabra de tailandés. Nada de nada de nada.

De repente aplaudió tres veces. Se ve que yo la estaba demorando demasiado, quizás fastidiando a los que tenía atrás mío, y quería apurarme para que pague o me vaya.
De casualidad una viejita se me acercó y muy sonriente me mostró tres billetes de diez baht. Bajé la cabeza en agradecimiento. Pagué treinta baht, agarré el plato y me fui.

“¿Y?”, me dijo mi novia al verme venir.
“Suerte que me ayudó una viejita a pagar. Porque medio desubicada la vendedora: me aplaudió en la cara por no entenderla.”

El que no había entendido era yo. Pasa que en algunos lugares se aplaude para decir el número diez. Tres aplausos eran, entonces, treinta baht.
La vendedora me estaba diciendo algo que desde su punto de vista era claramente treinta pero que desde el mío era sin dudas una señal de que estaba estorbando y quería correrme del medio.
Lo de los aplausos lo aprendimos recién una semana después, cuando nos tocó trabajar en un hotel en una isla camboyana.

 

Segundo Round: estar a cargo de un hotel sin hablar el idioma del staff

Crédito: Cecilia López

Los dueños franceses se iban de vacaciones por tres meses, dejándonos a cargo del staff que hablaba apenas un puñado de inglés. Antes de irse, nos enseñaron unas palabras de khmer. Y eso fue todo.

A veces era porque teníamos tiempo libre y ninguna distracción; no había Internet, radio, televisión, otros negocios, otras personas, ni siquiera electricidad. Y a veces era porque teníamos que solucionar un problema en el hotel. Pero con esas quince palabras que teníamos en común terminamos hablando de todo. De todo. De nuestras familias, nuestros sueños, chusmeando sobre los clientes, riéndonos el uno del otro. Siempre rellenando los huecos con gestos y voluntad y también con interés mutuo.

Cuando nos fuimos de la isla lo supe. Más o menos iba a poder entenderme con cualquiera. La única variable es que no siempre iba a encontrarme con un interés mutuo. Es decir, siempre era yo el que necesitaba comunicarme. El que quería comer, tomarse un bus, preguntar si se podía dormir ahí… Las personas a las que iba a hablarles estaban lo más panchas en su vida sin la necesidad de charlar conmigo. Yo les tiraba a todas el mismo problema: comunicarnos sin tener un idioma en común. Y cada uno reaccionaba distinto.

 

Los 150 rounds después de eso

Algunos se escondían. Literalmente. Me veían y salían corriendo disparados sin dejarme decirles “hola”. O me daban la espalda. O se tapaban la cara.

Otros se ponían muy nerviosos por tener una mala pronunciación sin saber que poder comunicarnos aunque sea dos palabras valía oro. Les temblaba la voz, entrecerraban los ojos buscando frenéticamente cada recuerdo posible de una clase de inglés. Se concentraban tanto en no equivocarse, que terminábamos no entendiéndonos.

Unos no hablaban ni una palabra pero hacían señas, se reían, intentaban encontrarle la vuelta, siempre divertidos, como en un improvisado juego de dígalo con mímica.

Algunos me trataban mal, fastidiados, presuponiendo que iba a ser imposible comunicarnos.

Unos llamaban por teléfono a algún amigo o familiar que sabía hablar inglés y me lo daban para que hablara con ellos.

Algunos me pasaban el precio anotándolo en una calculadora.
Otros lo contaban con sus dedos.
Otros mostrándome los billetes.
Otros me repetían la cifra en su idioma una y otra y otra vez hasta que les daba la calculadora de mi teléfono y les pedía escribirla.
Otros aplaudían.

Otros negaban con la cabeza, divertidos, y seguían de largo, creyendo imposible hacerme entender que eso costaba treinta.

Y de mi lado también. Había momentos donde creí que jamás íbamos a poder comunicarnos. Y había momentos donde me descubrí deslizando mi mano en el aire mientras hacía el ruido de un tren para preguntar dónde quedaba la estación, y el que me miraba desconcertado de repente abría los ojos y la boca bien grandes, entendiendo.

En esta época de la comunicación y la inmediatez, hay muchos turistas que se frustran al no poder comunicarse en un microsegundo. Levantan la voz, se burlan de la mala pronunciación de inglés que tiene un tailandés, repiten una y otra y otra y otra y otra y otra vez la misma palabra en inglés, creyendo que con insistencia el pobre tipo de repente va a entender el idioma, que no puede no saber inglés, que simplemente se lo debe haber olvidado. Creyendo que el problema de la comunicación es siempre del otro.

Y no.

«La ansiedad acorta la vida». Crédito: Cecilia López

El aprendizaje.

Aprendí algo en todo este tiempo que estuve viajando por Asia, arrojándole el mismo idéntico problema de tener que entendernos a personas aleatorias. Lo pude presenciar. Hay infinitas respuestas para un mismo problema. Tantas como hay personas.

Lo cual me hace pensar. Tarde o temprano, alguien nos va a tirar un problema. Y vamos a reaccionar. La manera en la que respondamos no depende del problema. Depende de nosotros. De nuestra facilidad o dificultad con frustrarnos, con hacer el ridículo, con divertirnos, con ponernos en los zapatos de otro, con comprender que nuestra forma de entender las cosas no es universal.

El problema existe sólo cuando no hacemos nada con él. Cuando lo volvemos una muralla sólida entre nosotros y nuestro objetivo. Cuando no lo tratamos como lo que verdaderamente es: un espejo que refleja nuestras flaquezas y nuestras virtudes. Cuando nos quedamos detenidos en lo imposible.

Es más o menos como dice esa canciónCaminante, no hay problema. Se hace problema al no andar.

Crédito: Cecilia López