Ya mucho hemos hablado sobre el poderío militar que alcanzó la civilización mexica, que le permitió dominar más de 500 asentamientos, entre pueblos y ciudades, en los actuales estados de Tabasco, Veracruz, Guerrero, Oaxaca y el Estado de México y en parte de lo que hoy es Guatemala. Pero ¿te has preguntado cuáles eran las armas que utilizaban para la guerra? A continuación te presento algunas de ellas, para que tengas un mejor contexto de cómo se desarrollaba la guerra en aquel entonces.

Crédito: seriykotik

Para defenderse usaban el chimali, un escudo de madera reforzado con carrizos, fibra de ixtle y recubierto de cuero; y el ichcahuipilli, una armadura acolchada de algodón, endurecida por medio de un tratamiento con agua salada.

Crédito: Patrick Gray

Entre las armas ofensivas para el combate cuerpo a cuerpo se encontraba el popular macuahuitl o “espada azteca”, que consistía en un bastón de pino con incrustaciones de obsidiana sumamente filosas.

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Se decía que podía cortar un brazo o una cabeza sin problema si se trataba del primer golpe, pues hay que destacar que la obsidiana es el material más filoso del mundo. Sin embargo, si la obsidiana chocaba con un escudo u otro elemento de mayor dureza se rompía y perdía filo.

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Los relatos de Bernal Diaz del Castillo dan cuenta de que había a versión de este arma que se utilizaba a dos manos (la versión prehispánica de la espada bastarda europea). Este dato fue confirmado por las fotografías de un macuahuitl de gran longitud (más de un metro y medio de largo), tomadas a finales del siglo XIX en la Real Armería de Madrid, artefacto que resultó destruido posteriormente durante un incendio.

Las lanzas fueron, sin dudas, de las armas más utilizadas por las huestes mexicas. Había una gran diversidad de ellas las cuales iban desde jabalinas que utilizaban las tropas ligeras, hasta las lanzas más pesadas llamadas tepoztopilli. Estas últimas llevaban también incrustaciones de lajas de obsidiana y se utilizaban en un combate cerrado y no para lanzarse.

Una herramienta íntimamente relacionada con las lanzas prehispánicas fue el llamado lanzadardos o atlatl. Este consistía en un pedazo de madera con dos agarraderas para los dedos de la mano, y funcionaba como una extensión del brazo. La consecuencia de usar el átlatl era un lanzamiento con más fuerza, abarcando mas distancia, lo que se demuestra en experimentos actuales que establecen que tenía un alcance de 100 a 150 m con la capacidad de poder atravesar un hombre. La madera con la que se fabricaba era de pino por ser resistente y ligera.

Otra arma utilizada por esta civilización fue el arco simple . Las puntas de las flechas podían ser de obsidiana, de hueso o de madera carbonizada, dependiendo el uso que se les diera. Los tarascos de Michoacán fueron famosos arqueros e infligieron graves derrotas a otras naciones, gracias a su metalurgia y a su dominio de la arquería. Para los chichimecas, grupos nómadas que vivían principalmente de la caza, el arco les era indispensable en su forma de vida.

Una pieza básica del arsenal de un guerrero sería la honda echa de un tejido de ixtle o alguna otra fibra vegetal. En la crónica del conquistador anónimo, los españoles hacen referencia a escuadrones o grupos de honderos dentro de las fuerzas mexicas. Las municiones eran generalmente rocas de río o lajas de piedra talladas en ángulos, para aumentar el daño que hacían cuando impactaban. En algunas poblaciones de nuestro país aún existen personas que saben cómo hacer esas hondas con un solo cordón de ixtle.

Estas son algunas de las armas de las que hay registro. Sin embargo, hay que recordar que la guerra para los mexicas se trataba más de capturar al oponente que de asesinarlo, como sucedía en el continente europeo. Es por ello que la tarea del soldado era someter al enemigo, más no asesinarlo de un solo golpe, lo que nos hace imaginar lo verdaderamente increíbles que habrán sido sus estilos de lucha cuerpo a cuerpo. Además, este estilo de combate requería que el guerrero tuviera velocidad y fuerza para derribar a su contrincante y dejarlo inmóvil, tal vez inconsciente pero vivo, para luego entregarlo en Tenochtitlan.