El camino al paraíso está empedrado con casualidades.

El año nos había embadurnado con ojeras y frustración y ganas de no sólo irnos de vacaciones sino de renacer. Pero no encontrábamos dónde. Todos los lugares a los que queríamos viajar nos resultaban caros o carísimos. Fue entonces cuando apareció.

Estaba perdido, enterrado y olvidado en la carpeta de spam. Un mail agitaba la bandera de una oferta lanzamiento de pasajes aéreos a Galápagos. Eran baratos… irrepetiblemente baratos. Sacamos pasaje.

Diez minutos después del último click, la miré a mi novia y le dije: “¿Qué carajo es Galápagos?” Sabía que era una isla, que fue donde Darwin descorchó la teoría de la evolución y que había tortugas gigantes. No mucho más.

Ella me miró en silencio. “Creo que es un paraíso,” dijo. Es decir, tampoco tenía la menor idea de a dónde estábamos yendo.

Google nos develó que no era una isla sino un archipiélago a mil kilómetros de la costa de Ecuador, compuesto por varias islas; algunas habitables, todas paradisíacas. También nos develó que sí, que había tortugas gigantes, pero que también había pingüinos y tiburones y flamencos y pelícanos y lobos marinos y piqueros de patas azules y delfines y rayas y el bicho que se te antoje. Además, Google indicó que la fecha que habíamos sacado para viajar, Abril, era cambio de estaciones. Eso significaba que íbamos a ver a los holgazanes de unas especies que todavía no migraron y a los primeros de otras que se adelantaron.

Google no nos dijo nada del sol. Salimos del aeropuerto y nos pateó en los dientes. Colgaba sobre nuestras cabezas a apenas unos metros. Ardiendo y latiendo y gritando.

Un manojo de personas nos esperaba afuera. Creo que querían vendernos tours y hoteles y traslados. No sé muy bien. Sólo podía escuchar al sol.

Miré alrededor como pude. Habíamos llegado a la isla de Baltra. Era una tierra árida y vacía a la que el sol le hacía un bulling constante. Eso era todo. Google nos había estafado.

Entonces subimos a un barquito que nos cruzó a través de aguas turquesas hasta la isla de Santa Cruz, que nos recibía con un carnaval de árboles y pájaros y esperanza.

Desde Santa Cruz salían excursiones y viajes al resto de Galápagos. Luego de zambullirnos en la hermosura de Tortuga Bay, con su playa interminable frecuentada por iguanas y pelícanos y la arena más blanca que vi en mi vida, decidimos comenzar por la isla Bartolomé.

Dos horas de viaje en barco escoltado por pájaros y delfines nos arrimaron a la postal que recibís si googleás Galápagos. El guía nos señaló al agua ridículamente turquesa. “Ahora van a hacer snorkel ahí.”

Apenas nos dio los equipos y saltó al mar. Está bien, estar afuera de ese agua era una falta de respeto. Una francesa que se defendía con el español nos dio una mano. Cuando vio que estábamos listos, nos dijo: “Lo único, si ven un tiburón no se asusten,” y se tiró.

Me reí nerviosamente y me dije que seguro se trataba de un chiste. Entré al agua lo más lenta y cautelosamente que pude.
Me recibió una sombra y mi grito estalló en burbujas.

El pánico se aguó cuando vi que era un lobo marino. Busqué a mi novia para mostrárselo cuando me pasó nadando al lado un pingüino. Giré y vi al guía agitando sus brazos en alto. “Tiburón,” decía. “Tiburón.”

Miré desesperado para allá.
Miré desesperado para acá.
Y encaré desesperado hacia la costa.
“No, no,” dijo el guía. “Está allá. Andá a verlo.”

Al lado mío había dos nenas que apenas pisoteaban a la adolescencia. Rieron y fueron tras la aleta que serruchaba al agua. Me dije que yo era un gordo grande peludo barbudo. Era un papelón buscar la costa. Las seguí.

“¿Qué estoy haciendo?” me dije mientras nadaba lenta y aterradamente.

Googleé dentro de mí y no encontré qué me llevaba a perseguir aquello que siempre fue mi peor pesadilla.

Hay instantes que resignifican a días y semanas y años enteros. Ese instante donde reboté entre terror y sorpresa y fascinación, entre animales que jamás imaginé juntos, resignificó al resto del viaje.

Flamencos y lobos marinos y arañas y tortugas gigantes, iguanas y pelícanos y delfines y rayas, pingüinos y cangrejos y los bichos que se te ocurran convivían sin el menor temor hacia el humano. Se quedaban al lado nuestro como si fuéramos de la familia.

La vida florece en Galápagos con tremenda intensidad y diversidad. Uno no puede evitar sentirse parte de algo que crece y cambia.

Jamás, jamás, jamás hubiera nadado en mar abierto. La idea de tener al fondo kilómetros abajo siempre me aterró. Pero me tiré a a nadar en mar abierto con rayas. Me acerqué con mi cámara sumergible y me olvidé de sacar fotos porque era como nadar con un extraterrestre somnoliento. Me olvidé de todo en ese momento, de cada rincón de mi vida. Apenas pude recordar respirar.

Jamás, jamás, jamás hubiera nadado con tiburones en un pasillo que se formaba entre dos rocas enormes en la mitad de la nada. Pero sobreviví al pánico y, desde ese día en Kicker Rock hasta hoy, es lo más hipnótico que vi en mi vida.

Jamás, jamás, jamás hubiera caminado horas para ver la caldera activa de un volcán que podría explotar en mi barba en cualquier instante. Pero lo hice y fue una cagada porque estaba nublado y no se podía ver nada. El guía nos contaba sobre cómo era el segundo volcán más grande del mundo y nosotros apenas veíamos nubes.

De nene quería ser astronauta. De grande lo fui en Galápagos.

Ese momento caminando entre Sierra Negra y volcán Chico fue lo más cercano a pisar un planeta extraterrestre que voy a tener en mi vida. Había otros en el tour que puteaban porque todo el esfuerzo que habíamos hecho fue bloqueado por las nubes. Y yo estaba en Marte.

Pero las nubes son inteligentes. A veces se disfrazan de cosas que uno pensaría imposible no putear.

En ningún rincón de Google encontramos motivo para pasar una noche en la isla San Cristóbal. Hasta que de casualidad charlamos con un pescador que vivía ahí y nos contó cómo la isla estaba invadida por lobos marinos. Cómo le gustaba a la noche escuchar a los cientos que dormían en la playa. Nos contó sobre un cedro de trescientos años y un hombre que construyó una casita sobre el árbol, una casa que uno podía alquilar para pasar la noche. Abrazamos a la casualidad de esa charla y fuimos a San Cristóbal y paramos en la casita del árbol.

Había llovido y eso significó un desfile de cucarachas. Así como jamás, jamás, jamás hubiera nadado con tiburones, jamás, jamás, jamás hubiera dormido en una casa infestada por cucarachas. Necesitaba matarlas. Y esa necesidad no me dejaba dormir, no me dejaba disfrutar, no me dejaba respirar. Mi novia entonces me agarró de la mano y me dijo: “Estamos durmiendo en una casita sobre un cedro de trescientos años en una isla llena de lobos marinos mil kilómetros adentro del Ecuador. No mires a las cucarachas. Mirá a eso.”

Las nubes son inteligentes.

A veces se disfrazan de cosas que te dan asco. O miedo. Y te nublan la belleza de lo que te rodea. Querés entonces manotear lo que ya conocés, lo que ya sabés, lo que te deja tranquilo. Googlear lo seguro. Y así no enfrentarse con lo incierto, no cambiar, no crecer.

El camino al paraíso está empedrado con casualidades. Sólo hay que saber abrazarlas y arrojarse en la belleza de lo incierto.

Todas las imágenes del artículo pertenecen al autor, Sebastián Defeo, de SafariJirafas.