Crédito: Alex Torres

México no es el mismo desde hace unos meses. La noche del 26 de septiembre marcó un punto de no retorno para la indiferencia que dominaba el ánimo de muchos mexicanos. Esa noche representa la noche por la que México ha deambulado por mucho tiempo, por demasiado tiempo. Una noche que se nos estaba haciendo costumbre.

 

Hoy las calles suenan a cientos de pisadas unidas en marchas multitudinarias que han hecho eco por todo el mundo. México suena a indignación y a la necesidad imperante de cambio. Es extraño salir a las calles y escuchar noticias de Ayotzinapa en las conversaciones de la gente. Puede sonar raro, pero en México esto no pasa. Rara vez la agenda pública se cuela en la vida real de los mexicanos y nunca la había visto colarse con tanta fuerza como ahora. Suena a que nos vamos dando cuenta de que los escenarios de injusticia, corrupción, impunidad y sufrimiento no son solamente palabras en las portadas de los diarios. Nos vamos dando cuenta de que el México al que se refieren esas palabras, es el mismo México en el que vivimos, que no somos ajenos a sus problemas, que formamos parte del mismo espectáculo y que debemos actuar en consecuencia.

 

¿Por qué nos duele tanto Ayotzinapa? Nos duele porque no sólo es Ayotzinapa y porque no sólo son cuarenta y tres estudiantes desaparecidos. Nos duele porque representa a las más de veinte mil personas que han desaparecido en el transcurso de la última década. Nos duele porque nos acordamos de Tlatelolco, del Jueves de Corpus, de Aguas Blancas, de Acteal, de San Salvador Atenco, de la responsabilidad ausente y de la falta de justicia. Nos duele porque representa a un gobierno que nos ha fallado en lo más básico. Pero también nos duele porque nos vemos a nosotros mismos siendo indiferentes y ajenos, cómplices en el conformismo. Nos duele tanto que es el momento perfecto para acabar con la apatía y trabajar por una sociedad capaz de reaccionar ante la injusticia. Es momento de recordar que tenemos voz.

 

México no es el mismo desde hace unos meses. No sé dónde vaya a terminar la historia de los estudiantes desaparecidos, ni que vaya a pasar con esta mecha de indignación que se ha encendido en el corazón de México, pero sé que no vamos a regresar al punto de partida. Sí, México está de luto, pero está lejos de la resignación. Esta vez no olvidaremos.

 

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