Seguramente tienes muy presente los nombres de Hernán Cortés, Pedro Alvarado, el Rey Carlos V, entre otras figuras del ejército español quienes, junto con sus aliados nativos, lograron vencer a los mexica y hacer rendir a su capital, Tenochtitlan.

¿Pero qué hay de los héroes tenochcas que lucharon hasta la muerte para defender su ciudad? Aunque a veces parezca que la historia se empeña en olvidarlos, deberíamos recordarlos con gran orgullo, ya que son un ejemplo de valor y de amor a su pueblo.

Hoy te contaremos lo que sabemos sobre Tzoyectzin, Temoctzin y Tzilacatzin, tres heroicos capitanes del ejército mexica. Todo comienza el día de la matanza del templo mayor, cuando los hombres que dejó Hernán Cortés en Tenochtitlan vieron la oportunidad de masacrar a las personas que formaban parte de un festival.

“Capitanes, mexicanos (…) venid acá. ¡Que todos armados vengan: sus escudos, insignias, dardos! (…) ¡Venid acá deprisa, corred: muertos son los capitanes, han muerto nuestros guerreros! (…) Han sido aniquilados, oh capitanes mexicanos”. (De “La visión de los vencidos”, de León Portilla).

Una vez comenzadas las hostilidades, Moctezuma se negaba a una guerra, así que su pueblo le reclamó por su amabilidad con los invasores y, a pesar de que se cree que fue Cortés quién le dio muerte, también se dice que fue su mismo pueblo quien lo apedreó.

Es entonces cuando comenzó la defensa de Tenochtitlan, que se prolongaría por más de un año. La ciudad de Tlatelolco fue una de las que más resistencia opuso, gracias a Tzoyectzin, Temoctzin y Tzilacatzin, quienes decidieron entregar su vida antes que ser vasallos de los españoles.

León Portilla, en “La visión de los vencidos”, le dedica a Tzilacatzin un capítulo entero, en el que relata el arrojo del guerrero frente al enemigo:

“El capitán mexica Tzilacatzin Tzilacatzin gran capitán, muy macho, llega luego. Trae consigo bien sostenidas tres piedras: tres grandes piedras, redondas, piedras con que se hacen muros o sea piedras de blanca roca. Una en la mano la lleva, las otras dos en sus escudos. Luego con ellas ataca, las lanza a los españoles: ellos iban en el agua, estaban dentro del agua y luego se repliegan. Y este Tzilacatzin era de grado otomí…”.

También nos cuenta sobre el gran temor que los españoles le tenían:

“…Por eso no tenía en cuenta al enemigo, quien bien fuera, aunque fueran españoles, en nada los estimaba sino que a todos llenaba de pavor. Cuando veían a Tzilacatzin nuestros enemigos luego se amedrentaban y procuraban con esfuerzo ver en qué forma lo mataban, ya fuera con una espada, o ya fuera con tiro de arcabuz…”.

Pero los detalles siempre son los más importantes, por ello nos cuenta sobre la forma en que se vestía este guerrero, que algunas veces gustaba de ser admirado y, otras, de pasar inadvertido:

“…Pero Tzilacatzin solamente se disfrazaba para que no lo reconocieran. Tomaba a veces sus insignias: su bezote que se ponía y sus orejeras de oro; también se ponía un collar de cuentas de caracol. Solamente estaba descubierta su cabeza, mostrando ser otomí.

Pero otras veces solamente llevaba puesta su armadura de algodón; con un paño delgadito envolvía su cabeza. Otras veces se disfrazaba en esta forma: se ponía un casco de plumas, con un rapacejo abajo, con su colgajo del Águila que le colgaba al cogote. Era el atavío con que se aderezaba el que iba a echar víctimas al fuego.

Salía, pues, como un echador de víctimas al fuego, como el que va a arrojar al fuego los hombres vivos: tenía sus ajorcas de oro en el brazo; de un lado y de otro las llevaba atadas en sus brazos, y estas ajorcas eran sumamente relucientes. También llevaba en las piernas sus bandas de oro ceñidas, que no dejaban de brillar…”

Por último, nos relata las batallas que se trabaron entre ambos bandos:

“…Y al día siguiente una vez más vinieron. Fueron llevando sus barcas al rumbo de Nonohualco, hasta junto a la Casa de la Niebla (Ayauhcalco). También vinieron los que andan a pie y todos los de Tlaxcala y los otomíes. Con grande ardor se arrojaron contra los mexicanos los españoles. Cuando llegaron a Nonohualco luego se trabó el combate. Fue la batalla y se endureció y persistió el ataque y la guerra. Había muertos de un bando y de otro. Los enemigos eran flechados todos. También todos los mexicanos. De un lado y de otro hubo gran pena. De este modo todo el día, toda la noche duró la batalla. Sólo hubo tres capitanes que nunca retrocedieron. Nada les importaban los enemigos; ningún aprecio tenían de sus propios cuerpos. El nombre de uno es Tzoyectzin, el del segundo es Temoctzin y el tercero es el mentado Tzilacatzin…”.

Lamentablemente no hay registro del final de Tzilacatzin, pero lo más seguro es que huyó antes de someterse a los españoles, o seguramente organizó un pequeño ejército en el que murió luchando junto a los otros dos héroes.