Cada segundo en que el agua fluye cambia de forma, todo depende de la vía de traslado, de la pendiente, del empuje del agua misma en su búsqueda del mar. Estar cerca del agua y su incesante fluir hipnotiza y calma los sentidos. Sin embargo, cuando el agua se arroja a sí misma desde lo alto, la cosa cambia; es un velo, un vestido translúcido que a todos seduce.

Cascada El Chuveje

Llegamos a la entrada del predio que confina la cascada de Chuveje, en Querétaro, para iniciar nuestro recorrido. Después de pagar una cuota moderada, que ayuda a mantener el lugar muy limpio y que brinda algunos servicios básicos (como sanitarios), iniciamos nuestra caminata de apenas 30 minutos de duración.

El sendero es estrecho y está enmarcado, a modo de bienvenida, por dos enormes montañas tupidas de un verde radiante y un cielo escarlata. Entre laderas de exuberante vegetación, se llega a la cascada. En tiempo de secas es un delicioso velo blanco que apenas desliza sobre la roca para vaciar sus aguas en una refrescante poza azul turquesa, pero en temporada de lluvias se transforma en un monstruo vertiginoso que azota sus aguas en la misma poza, pero ahora color chocolate.

El río que la Cascada el Chuveje alimenta traza parajes de ensueño a lo largo del camino. Es un lugar encantador, fresco, verde por doquier, ideal para una buena zambullida y pasar un día de gran esparcimiento.