En el tiempo que llevo escribiendo artículos de identidad cultural sobre la Ciudad de México hay algo que me ha quedado prístinamente claro: a muchos habitantes de la ciudad les arde como el chile que se utilice la palabra chilango como gentilicio; de inmediato se arman argumentos y posturas del por qué la dichosa palabra es un instrumento del mismísimo Lucifer y de por qué no mejor nos asumimos como defeños, capitalinos, mexiqueños o algún otro adefesio de gentilicio que, honestamente, ¿quién va a tomar en serio?

A continuación les presento cinco argumentos, basados en las peores críticas que ha tenido que soportar nuestro extraoficial y nunca bien recibido denominativo, de por qué deberíamos asumirnos como chilangos.



1. “Entiende la diferencia güey, el chilango es el que viene de fuera…”

Este es la frase más recurrente de los que aborrecen el término. Curiosamente, es un argumento que nadie en el país utiliza más que un grupo muy específico: los nacidos en el defectuoso. La mayoría de los que viven bajo esta cruz, al ser cuestionados, argumenta que su enojo es por una especie de purismo lingüístico que los obliga a salir en la defensa del buen uso de los gentilicios.

Lo que llama mucho la atención es la ofensa ante el término, como si haber nacido aquí nos diera derecho de piso sobre la gente que llega de otros estados. Uno no escoge dónde nace, pero sí en dónde se siente en casa. Asumirnos como chilangos nos ayudaría a borrar ese tono despectivo que se establece en contra de los que llegan y a formar una comunidad en la que a nadie le importe si naciste aquí o del otro lado de una línea imaginaria. Suena bien, ¿no?

 

2. “El gentilicio correcto es… ”

Gentilicios correctos han ido y venido, pero afortunadamente ninguno ha pegado al grado de ser adoptado por el pueblo, probablemente porque nuestro universo de opciones está de la chingada. Desde el anacrónico defeño hasta el capitalino o el mexiqueño, no hay propuesta de nombre que se sienta cómoda y correcta.

Tomemos mexiqueño, por ejemplo. La palabra sigue reforzando el centralismo que nos ha convertido en la estirpe más odiada del país. ¿Cómo? ¿Alguna vez has vociferado sobre cómo “los gringos no deberían denominarse americanos a sí mismos”? Bueno, pues cámbiale la escala geográfica y los actores involucrados. ¿Viste?

Por otro lado están los nombres genéricos que tampoco se escapan del fantasma centralista. ¿Qué mamada es esa de capitalino? Es como cuando se refieren a ti como “de la ciudad”. Ante la falta de otras opciones (ya nos ganaron «mexiquenses») nos queda nuestro querido chilango, una palabra sin pretensiones y que además suena chingón.

 

3. “¿Qué no sabes de dónde viene el término chilango?”

No, y estoy seguro de que tú tampoco. Hipótesis hay muchas y el origen de la palabra se ha adjudicado de forma independiente a distintos vocablos en distintas regiones del país. El hecho de que los diccionarios en donde aparece el término no cuenten con la etimología tiene una razón: ¡No se conoce! Si quieres adjudicarle una connotación negativa a la palabra chilango, es una decisión muy personal y subjetiva. Ahora que si tú sí sabes de dónde viene la palabra… seguro que podrías hacer una publicación muy importante.

 

4. “Chilango es un término despectivo.”

Vamos a separar la semántica del concepto… o del chilango en este caso. Sí, chilango es un término despectivo en la gran mayoría del país, pero eso es por la concepción que se tiene del habitante de la Ciudad de México fuera de ella: un individuo pedante, ignorante y prepotente. Seamos sinceros, todos hemos compartido tiempo y espacio con algún grupo de personas de comportamiento poco ameno y pensado “estos deben ser chilangos”. Es consecuencia del mismo centralismo del que hablé anteriormente, pero esto ya es harina de otro costal. El chiste es que la palabra no es la maldita… ¡somos nosotros!

¿Cómo vamos a cambiar nuestra imagen frente a nuestros connacionales de otros lares? No cambiándonos el nombre, ¡obvio! Lo que debemos hacer es demostrarles que también habemos chilangos chidos y que nos sabemos comportar a la altura de las situaciones. Si ya todos nos conocen por nuestro nombre, qué necedad de andar inventando apodos.

 

5. “Pachucos, cholos y chundos…”

Este último punto no viene como contraargumento sino como una reivindicación de identidad. Cómo mencioné anteriormente, chilango suena chingón, y el hecho de que estas palabras se sientan como pan tostado y mantequilla no es coincidencia. La fonética de la palabra es por demás característica de la forma en la que se habla en la ciudad y sus alrededores, suena a Ciudad de México… suena chilango.

Y ustedes, son chilangos… ¿o les da miedo?