Una argentina que vive en Dallas comparte su experiencia como inmigrante en una ciudad con “una identidad propia muy compleja y que para entenderla hay que pelar sus capas una a una.”

Foto: stevendepolo, Feature: Bdesham.

LA ALARMA contra incendios suena con desesperación. No sé qué hacer.

Llamo a la oficina del barrio cerrado donde vivimos para pedir ayuda. Simplemente tengo que abrir las ventanas para airear el ambiente y la alarma se apaga. Es la primera vez que me pasa algo así.

Había puesto costeletas de cerdo al horno.

La grasa salpicó el elemento calefactor del horno. El humo que se produjo activó el detector de humo, que a su vez hizo sonar la alarma.

Estoy tan acostumbrada a cocinar con gas que no logro tomarle la mano a la cocina eléctrica. Otra cosa más que tengo, que debo aprender desde cero.

Dallas y yo comenzamos nuestra relación con el pie izquierdo.
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Lo poco que sabía de esta ciudad lo había conocido pantalla de por medio: J.R. Ewing y su familia, el Grassy Knoll y el depósito de libros escolares (en la película “JFK” de Oliver Stone), y alguna otra película de vaqueros. Mudarme a Dallas o a la Luna me daba lo mismo, las dos me resultaban igual de desconocidas.

Llegué a Dallas el 5 de agosto de 2005. Al salir de la terminal internacional del aeropuerto, el aire abrasador me llenó los pulmones y me costaba respirar. El contraste con Buenos Aires no podía ser mayor: había embarcado la noche anterior con 4 grados centígrados y ahora hacían casi 40. Mis padres me habían depositado en el avión y ahora me retiraba mi marido.

Hace muchos años en Argentina hubo una publicidad cuyo slogan era “La primera impresión es la que cuenta.” La impresión que me causó Dallas fue de confusión. No terminaba de entender bien en qué país estaba. Mi mente decía Estados Unidos pero mis ojos decían ¿Quizá México? Me confundían tantas banderas mexicanas y carteles en castellano –y el haber pasado la noche en un avión.

Con el tiempo comprendí que Dallas tiene una identidad propia muy compleja y que para entenderla hay que pelar sus capas una a una. La sensación que me da es la de estar a caballo entre dos culturas, la americana y la hispánica.

Una de las cosas que distinguen a Dallas es su acento cadencioso de vocales estiradas. Yo estaba acostumbrada al acento británico de mi marido y de recién llegada me costó mucho entender a la gente. Tuve que reeducar el oído. Muchas fueron las veces que me quedé mirando en silencio a mi interlocutor con una sonrisa vaga, asintiendo como una marioneta. Me daba vergüenza admitir que no le entendía. En muchas ocasiones me sentí como Bernardo, el compañero inseparable del Zorro.

Como tantas otras cosas que resultaron diferentes a la vida que llevaba en Buenos Aires, en Dallas tuve que aprender a conducir un auto. Si o si, so pena de quedarme aislada en nuestro departamento. Yo estaba acostumbrada a viajar en transporte público –la red de Buenos Aires es muy buena- y taxi. Aquí el transporte público casi no existe en los suburbios. Como mucho, uno puede ir en su auto hasta la estación de DART y tomar ese trencito de juguete hasta el centro.

Mi primer instructor de manejo fue un señor oriundo de Madrás, India, de quien no recibí mucha empatía. La clase comenzó mal y terminó peor. Yo estaba muy nerviosa porque le tenía miedo al tránsito, no sabía qué hacer y el instructor me disparaba instrucciones incomprensibles para mí. Hasta me gritó cuando la luz del semáforo cambio a verde y yo sin arrancar porque estaba como aturdida. Rompí en llanto y no paré hasta dos o tres horas después. Mi marido se apiadó de mí y me enseñó él mismo. Aprobé el examen sin problemas y me sumé a las hordas de conductores que atacan a diario las autopistas.

La puntualidad anglosajona y la puntualidad latina no tienen mucho en común. Pareciera que el tiempo corre a otra velocidad desde el sur del Rio Grande hasta el Cabo de Hornos. Ni hablar cuando es una ocasión informal. A fuerza de llegar tarde –y pasar vergüenza por ello- comprendí que las seis de la tarde significa las seis de la tarde, no las seis y cuarto o las siete menos veinte. La contrapartida de esto es que cuando voy de visita a Argentina, la que se queda esperando a los demás soy yo.

Los horarios de las comidas es una de las cosas que más me cuesta adoptar. En Argentina generalmente se cena tarde, alrededor de las nueve de la noche o más. En cambio en Dallas, eso es inconcebible. Cuando sugiero cenar a esa hora, me miran horrorizados. La primera vez que nos encontramos con amigos para cenar un sábado a las seis de la tarde, no lo podía creer. ¡Si todavía era pleno día! Para mí, era la hora del té; prefería una porción de torta a un trozo de carne.

El filosofo alemán Hermann Keyserling dijo, “La vida es un constante proceso, una continua transformación en el tiempo.” No sé por cuánto tiempo más voy a vivir en Dallas, pero mientras esté aquí, seguiré transformándome, adaptándome, experimentando, viviendo.

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