Aquí les presento un recuento de mi experiencia como dumpster diver en Auckland, Nueva Zelanda, donde comí de la basura por unos ocho meses y donde el mayor problema fue encontrar suficientes recetas para utilizar cinco kilos de queso mascarpone.

Imagen por el autor del texto, Rulo Luna.

 

Mi historia comienza cuando era un recién llegado a la tierra del kiwi y dedicaba mis días a la búsqueda de trabajo. Los ahorros con los que había salido de México no durarían mucho en una economía como la neozelandesa y tenía que limitar mis gastos a lo mínimo indispensable. Una noche de tantas, después de una jornada de repartición de currículums, me senté a descansar, no sé si como forma de auto tortura o de motivación, frente a una tienda de donas de renombre mundial. Sin otra cosa que hacer, me dediqué a observar la rutinaria labor de los empleados del local. Entre el corte de caja, la limpieza de cristales y demás tareas típicas del cierre, fijé mi atención en los movimientos de uno de los empleados, que empezó a colocar todas las donas y demás pastelillos, de la forma más higiénica y ordenada posible, dentro de una gran bolsa. Las mismas donas que hace cinco minutos costaban cuatro dólares -o seis cincuenta en combo con café- estaban en la oscura profundidad de una bolsa de basura. Otros cinco minutos y se apagaron las luces del local, se cerraron los candados y el contenedor de basura quedó en la calle. El equipo de las donas se marchó y yo hice lo que cualquiera en mi lugar hubiera hecho: ¡me llevé quince kilos de donas a casa!

 

Esa noche inició una relación de lo más prolífica con la basura de Auckland. Pronto el territorio de los pastelillos quedó superado -por aquello del sobrepeso, la diabetes y el dolor de estómago consecuencia de desayunar, comer y cenar donas-, y en unas cuantas semanas mis amigos y yo habíamos formado un equipo sumamente eficiente y capaz de mantener nuestra casa provista de cuanto alimento pudiéramos necesitar. Frutas, verduras, especias, hogazas de pan, chocolates finos, queso, café, galletas, jugos embotellados y más donas eran algunas de las cosas que llenaban una alacena, dos refrigeradores y varios contenedores improvisados regados por la cocina. La práctica continuó refinándose, aún cuando ya todos teníamos trabajo. ¿Por qué íbamos a cambiar nuestros hábitos? Durante esos meses comí mejor que en cualquier otro momento de mi vida… Alimentándome solo de basura.

 

El evento de las donas fue fundamental para comprender las políticas del desecho de desperdicios de comida en países como Nueva Zelanda. La mayor parte de la comida que se desecha por comercios y restaurantes está en perfecto estado, pero existen leyes y políticas empresariales (always fresh) que impiden vender productos que estén cerca de su fecha de vencimiento, que hayan sido elaborados el día anterior o que presenten alguna característica que pudiera molestar a los clientes. A veces encontrábamos alguna bolsa pre empacada con cinco kilos de manzanas, que había sido desechada porque una manzana estaba golpeada. Otras veces los empaques de los productos estaban maltratados, pero en la mayoría de las ocasiones ni siquiera entendíamos por qué las cosas habían acabado en la basura. Si a esto le sumamos que también hay regulaciones que impiden mezclar la basura (¡las bolsas donde se desecha la fruta sólo contienen fruta!), todo el asunto resulta inmejorable.

 

Al principio fuimos como niños con juguete nuevo. Queríamos salir todas las noches a buscar en los miles de contenedores de la ciudad cualquier cosa que pudiera servirnos. Incluso conseguimos una camioneta para poder transportar mayor cantidad de basura por salida. Estas incursiones amateurs terminaban muchas veces con la colecta de más comida de la que podíamos consumir, por lo que terminábamos regresando grandes cantidades al lugar donde la habíamos encontrado. Muchas otras veces, no encontrábamos nada a pesar de haber visitado un buen número de contenedores o acabábamos llenos de cosas que, evidentemente, solo eran basura.

 

Como en toda disciplina, el tiempo nos trajo la experiencia y empezamos a trabajar con mayor precisión. Comenzamos a reconocer nuestro mercado: comercios donde se ofrecieran productos de lujo o con algún valor agregado y que promovieran el desecho de todo aquello que no fuera “perfecto”. Los supermercados de comida orgánica, por ejemplo, son excelentes proveedores de frutas y verduras. Uno de estos supermercados fue el mayor colaborador de nuestra alacena por aquellas épocas. Incluso sabíamos qué sucursales eran las mejores para darnos ciertos gustos.

 

Encontrar la meca del dumpster diving también fue encontrarnos con nuestra competencia. Una vez que teníamos ubicados los mejores lugares para abastecernos, también fue necesario que estableciéramos horarios para evitar llegar últimos y regresar a casa con las manos vacías. El mejor momento para una expedición es una hora después del cierre de los comercios, cuando todo el personal se ha ido y puedes buscar a tus anchas sin la preocupación de que alguien regrese por algún motivo y te encuentre metido en su basura. Siempre que llegué a cruzarme con otros dumpster divers, pudimos llegar a acuerdos civilizados para repartir el botín. Nunca hubo mala onda entre nosotros y nuestros competidores, pero sí mucha cooperación cuando llegábamos a convivir.

 

Esta actividad no está tipificada como delito en la mayoría de los países en los que se practica. Sin embargo, se encuentra en una zona legal bastante comprometida. Principalmente porque los contenedores de basura son propiedad privada y están en propiedad privada, y hurgar en la basura, pese a no lastimar a nadie, no es muy bien visto. En mi experiencia nunca tuve -ni conocí a nadie que tuviera- alguna mala experiencia con la autoridad por llevar a cabo estas excursiones, pero todos tomábamos las precauciones necesarias para pasar lo más desapercibidos posibles. ¡La adrenalina es parte muy importante de este juego!

 

Si alguien ya siente la necesidad de salir a ver que hay en el contenedor de la tienda más cercana, aquí les dejo algunos consejos:

*Sólo tomen la comida que vayan a consumir. La gracia de esto está en consumir aquello que los demás desechan, no en cambiar el desecho de manos.

*Dejen los contenedores y las bolsas como los encontraron. Esto, además de ser un buen gesto con los demás divers, evita que los dueños de los comercios pongan candados o vigilancia resguardando la basura. El mayor problema que tiene la gente con esta actividad se relaciona con el desmadre que dejan algunos después de buscar en un contenedor.

*Utilicen lámparas, guantes y ropa vieja que ya estén por desechar. Los contenedores son lugares oscuros y sucios.

*Laven muy bien todo. La comida que no haya estado pre empacada y los empaques de la comida que sí lo esté. Esto hay que hacerlo inmediatamente después de las excursiones ya que ayuda a separar los alimentos que pudieran estar en mal estado de aquellos que no lo están, prolongando la vida útil de estos últimos.

*Tengan cuidado. Como mencioné antes, este es una actividad marginalmente legal y deben estar muy conscientes de eso si quieren intentarlo.

*Y principalmente ¡busquen buenas recetas para aprovechar todo lo que encuentren! La mezcla de ingredientes con las que pueden acabar después de una excursión nocturna puede generar los platillos más singulares. ¡Provecho!