A VECES LAS PERSONAS VIAJAN para alejarse de aquello de lo que están cansadas: la rutina, una relación que terminó mal, unos padres súper controladores, el mal clima. Pero cuando se tiene una enfermedad crónica, no se la puede dejar en casa, guardada y olvidada en el segundo cajón a la derecha.

Créanme, lo he intentado.

 

Hace once años me diagnosticaron con diabetes tipo 1, es decir, con el tipo de diabetes que requiere inyectarse insulina diariamente. Yo le tenía terror a las agujas –y hasta hoy todavía me asustan-. Sin embargo, cuando a los 17 años me dieron la noticia de la enfermedad, mi principal miedo pasó a ser el perder mi libertad y tener que cambiar mi estilo de vida. Resultó que no fue así, ni lo es ahora, pero sí he tenido que volverme precavida.

A la edad en la que los jóvenes actúan como si fueran a vivir para siempre, yo tuve que enfrentarme a mi propia mortalidad y hacerme a la idea de que mi vida pasaba desde entonces a depender de una sustancia hecha por el hombre… y bastante costosa por cierto. Hasta el día de hoy, el hecho de vivir y viajar teniendo diabetes me hace pensar a menudo en qué es el poder y qué la vulnerabilidad, qué es la libertad y qué la dependencia, qué significa ser agradecida y qué sentirme con derechos… qué se entiende por ser capaz y por tener una discapacidad.

En el 2005 viajé al extranjero por primera vez para hacer un work and travel en los Estados Unidos. Después del 9-11, no tenía idea de cómo sería pasar por los controles de seguridad del aeropuerto con 400 jeringas y pen needles. Resultó ser que no le dieron mucha importancia a las agujas, que nadie pensaba que yo iba a querer secuestrar un avión armada con cientos de jeringas. Lo que sí despertó la curiosidad de los guardias fueron las tiras reactivas que se usan para medir los niveles de azúcar. Imaginen cientos de ellas en mi equipaje de mano… no debía verse “amigable” en el escáner.

 

Mentiría si dijera que no tengo limitaciones al viajar. Pero, ¿quién no las tiene? Evito los destinos en los que sería difícil conseguir insulina, como zonas de conflicto o áreas muy remotas. Estoy obligada a cargar con equipaje de más: todo lo que necesito para mi tratamiento suele ocupar la mitad de mi carry-on, y siempre tengo que andar con carbohidratos encima por si se me baja el azúcar. También debo llevar a todos lados una nota del médico –en inglés- explicando mi condición y por qué debo portar jeringas, insulinas y tiras reactivas.

Nunca voy a viajar sin cobertura médica, ni pasar tiempo en un país trabajando “ilegalmente”, porque siento que debo asegurarme de poder ir a un hospital si me pasa algo. Debo cuidarme en las comidas y evitar contraer infecciones para que mis valores de azúcar en sangre no se vayan por las nubes. Todos los que han probado la vida viajera por un tiempo sabrán entender cómo todo esto es un peso extra significativo.

Lo cierto es que también sería una mentira decir que no puedo hacer las cosas que quiero por culpa de la diabetes. Cuando visité Ecuador, hice puenting en Baños y llegué a 5000 metros de altura sobre el nivel del mar en el volcán Cotopaxi… y sí, por momentos fue complicado distinguir los síntomas de hipoglucemias e hiperglucemias de los generados por la adrenalina que invadía mi cuerpo o la falta de oxígeno. Hice un trekking de 15 horas en El Chaltén (Patagonia Argentina), incluyendo una caminata de dos horas sobre un glaciar resbaladizo. Y pasé el mejor mes de mi vida en un campamento de verano en Dinamarca junto a 48 niños y 17 adultos de todas partes del mundo, que implicó dormir muy poco y una dieta nada recomendable basada en sándwiches.

OK, siempre tengo que asegurarme de comer regularmente y medir mi glucosa. Pero aún con diabetes y todo, ¿quién puede quitarme lo que viví y disfruté en cada una de esas experiencias?

Tener diabetes me obliga a confiar en las personas y en su voluntad de ayudar sin importar de dónde vengan, como en el mesero de la India que en este momento está cuidando de mi insulina en la heladera de su tienda mientras tengo una espera de 11 horas en el aeropuerto de Dubai. O en todos aquellos desconocidos, de quienes me he olvidado los rostros, que me ayudaron a lo largo de los años cuando necesité un vaso de agua y un poco de azúcar.

Puede ser que viajemos para alejarnos de las cosas de las que estamos cansados, pero a menudo esas cosas nos siguen a donde sea que vayamos. Tener diabetes y ser una viajera me enseñó que solo podemos hacer lo mejor de cada situación si aprendemos a vivir con nuestros demonios, si podemos aceptar nuestras limitaciones como un primer paso para sortearlas y eventualmente superarlas.

 


Este artículo fue publicado en inglés el 4 de marzo de 2014.

Crédito de la imagen de portada: Jeff Fillmore