Los mercados en Tenochtitlan eran espacios enormes de intercambio de bienes y servicios, donde se podía encontrar de todo. Los tianquiztli -o tianguis como los conocemos ahora-, eran el corazón del comercio del México prehispánico. Aquí, por ejemplo, hay una descripción del gran mercado de Tlatelolco, hecha por el mismo Hernán Cortés:

“Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil almas comprando y vendiendo…”.

“…hay todo género de mercaderías que en todas las tierras se hallan”.
Fuente: Segunda carta de Relación de Hernán Cortés.

Más que mercados como los de hoy eran una especie de plaza comercial que tenía todo tipo de servicios, productos y locales donde uno podía adquirir desde un corte de cabello hasta una consulta médica, pasando por comer en un restaurante.

“Hay calles de herbolarios, donde hay todas las raíces y yerbas medicinales que en la tierra se hallan…”.

“Hay casas como de boticarios, donde se venden las medicinas hechas, así potables como ungüentos y emplastos…”.

“Hay casas corno de barberos, donde lavan y rapan las cabezas…”.

“Hay casas donde dan de comer y beber por precio”.
Fuente: Segunda carta de Relación de Hernán Cortés.

Photo: Diego Grandi | Shutterstock

¿Pero te has preguntado cómo es que funcionaba la economía en Tenochtitlan?

En toda Mesoamérica, al menos durante la época llamada “posclásico tardío” (1350 al 1521, que fue cuando llegaron los españoles) existieron diversos objetos de cambio que fungían como una especie de moneda. Entre estos se incluían mantas de algodón, granos de cacao, hachas de cobre, conchas rojas, cascabeles de cobre, cuentas de piedras preciosas, cañas de plumas de ave rellenas de oro y hasta sal.

Sin embargo, existía otra forma de obtener los bienes y servicios de los que te hablamos: se trata del trueque directo.

El trueque, cuya denominación legal es “permuta”, es la acción de intercambiar bienes o servicios por otros de su misma calidad o cantidad, según la consideración de quienes lo realizan. Un ejemplo claro podemos verlo a continuación, de puño y letra de Hernán Cortés:

“…cada género de mercaduría se vende en su calle, sin que entremetan otra mercaduría ninguna, y en esto tienen mucha orden. Todo lo venden por cuenta y medida, excepto que hasta ahora no se ha visto vender cosa alguna por peso…”.
Fuente: Segunda Carta de Relación de Cortés.

Como puedes apreciar, en el mercado de Tlatelolco nada se vendía por peso sino por número de piezas o medidas, tal como aún se puede apreciar en los mercados de México, en los que te venden semillas con pequeños recipientes de madera y dependiendo de cuantos adquieras es el total a pagar.

¿Pero cómo obtenía la gente dinero o bienes para hacer trueque?

Bueno, sucede que en aquel entonces las tierras de producción agrícola se dividían en cuatro tipos: las de la nobleza, las de del tlatoani, las de las comunidades y las de los templos. Así, cada sector de la sociedad tenía que trabajar el terreno proporcionado para de esa forma obtener su sustento:

“El calpuli era una parcela de tierra que se le asignaba a un jefe de familia para el sostenimiento de esta, siempre que perteneciera a un barrio o agrupación de casas”.
Fuente: Martha Chávez Padrón, “El derecho agrario en México”.

De esta forma, tal como lo señala la autora, los barrios de Tenochtitlan poseían en conjunto una extensión de tierra para trabajar y, una vez que se cosechaba, se repartía entre los habitantes por orden del caputlali, para que cada quién recibiera lo que le correspondía. Cada quién sabía cómo administrar su ración, haciendo trueque en el mercado por lo que necesitara.

Eso no significa que las familias se dedicaran únicamente a trabajar la tierra, pues si aprendían algún otro oficio podían también desempeñarlo y ganar así algo extra para comprar más bienes o servicios.

Pero eso no es todo, pues había un impuesto especial que practicaban la mayoría de las comunidades nativas y hasta la fecha aún es funcional. Se trata del tequitl (trabajo/tributo), que consiste en que los miembros de la comunidad están obligados por ley a participar activamente en la construcción de las obras de beneficio social, como son las escuelas, los caminos, los puentes, bardas y pozos. De esta forma los barrios podían tener asegurados algunos aspectos de su vida.

Como verás, la gente siempre tenía la oportunidad de comer, vestir y dormir bajo un techo, pues si no tenían algo para vender, al menos tenían la capacidad de trabajar a cambio de conseguir bienes materiales.

Es por todo lo anterior que la forma de comprar en el México prehispánico era tan diferente a la europea, donde había grandes índices de pobreza por sus sistemas económicos que no le brindaban las mismas oportunidades a todos.

¿Qué te parece?

Bibliografía:
Hernán Cortés “Cartas de Relación”.
Javier Clavijero “Historia antigua de México”.
Revista Arqueología mexicana.