Crédito: meaduva

1. Publicá y gritá a los cuatro vientos tu amor por los animales…

Mientras te comés terrible asado de tira que fue el cuerpo de una vaca. O sino…

 

2. Indignate con las imágenes de venta de carne de perro en alguna otra cultura.

Y no con la venta de carne de chanchos, vacas, pollos, etc, etc, etc. Te tengo una noticia: todos esos entran dentro de la definición de animal. ¿Cómo es que lo único que es digno de no pertenecer a tu dieta es aquello que te da ternura, como perros y gatos, o con suerte conejos y patos?

 

3. Preocupate repentinamente por mi salud.

Que la vitamina B12, que las proteínas. Es simple, a mi no me importa tu ácido úrico ni tu colesterol alto, así que no es necesario que te quite el sueño alguna fantasmal anemia mía.

 

4. Contame una y otra vez lo aburrido que es comer solamente lechuga y tomate…

 

5. Comparame con una tortuga.

 

6. O con el tono más molesto que puedas manejar, reite y decime: «comés la comida de mi comida».

Luego de esta frase entrás directo a mi lista de ex-amigos.

 

7. Salí con eso de que «Hitler era vegetariano».

Probablemente el «rumor» favorito para desacreditar a los vegetarianos y veganos. Pero 1) NO es cierto, y 2) a palabras necias, respuestas crudas: lo que sí era es religioso, ¿y?

 

8. Decime que soy complicada para comer.

No, para nada. Simplemente no como animales.

 

9. «Pero… ¿ni un poquito?»

¡NO!

 

10. Entonces preguntame: «pero, en ese caso, ¿qué comés?»

Bueno, básicamente, todo el resto. A veces siento que tengo que empezar a enumerar los platos de la semana: el martes comí tal y cual cosa, el miércoles esta otra en su versión vegetariana… Pero ¿existe una versión vegetariana? Sí, claro que existe. Lamentablemente, cuando confieso que nunca comí tan rico como ahora, me miran con desconfianza.

 

11. Convertite en un noble caballero defensor de las plantas…

Intentando convencerme de que mi empecinada decisión de asesinar plantas sistemáticamente está mal. Ok, definamos mal.

 

12. Excusate, una vez más, con «yo no podría, me encanta la carne».

Claro, a mi también. No la dejé porque de un día para el otro empezó a saber mal.

 

13. Argumentá «bueno, pero lo tuyo es una decisión personal».

Tachame personal: es un decisión moral.

 

14. Invitame a comer a tu casa, y como no sabés cocinar sin carne, hacé que yo termine preparando mi propia comida.

Esto pasa muy seguido: cocinás cuando la reunión es en tu casa, y cocinás cuando no. Lo ideal es empezar a tener más amigos veggie y complotar a nuestro favor.

 

15. Escudate en la ciencia: «hace miles de años que comemos carne, además somos omnívoros, sino… ¿para qué tenemos colmillos?»

Es muy fácil salir de este aprieto. Los vegetarianos, al principio de la transición, solemos tener un «veggies 101» donde nos aprendemos todo sobre nuestra fisonomía: los colmillos son para desgarrar hojas y frutos, los herbívoros somos capaces de mover la mandíbula hacia los costados (los carnívoros no) y nuestros intestinos largos de herbívoros no están preparados para digerir carne. Aunque al final del día poco nos importa si somos omnívoros o no, esa es la verdad.

 

16. Pedime perdón antes de darle un bocado a tu bife de chorizo.

Escena típica a la hora de la comida en el trabajo: mmm, qué rico que está… perdón, Lore ¡eh!

Para lidiar con este tipo de situaciones, el silencio y la sonrisa zen son tus mejores amigos. Aunque en realidad más que zen, preferirías no ser tan respetuoso y contarle un par de hechos sobre lo que está comiendo, que seguramente le haga perder el apetito… Ommm.

 

17. Con incredulidad, preguntame «¿vivis acá y no comés asados?».

Cosa que nos pasa especialmente a los que vivimos en Uruguay, Chile o Argentina. Claro que como asados, pero de vegetales. Salen super ricos: cuando quieras, me podés invitar a tu casa a comer y te cocino algo delicioso.

 

18. «¿Y por qué vegetariana sí, y vegana no?»

Finalmente una buena pregunta.