Imagen: D. Sinclair Terrasidius

CREO que tenía algo así como 21 años cuando me di cuenta de que las interacciones sexuales solían seguir un patrón. Si, tenía que ser a esa edad porque escribí al respecto en mi cuenta de Livejournal. Recuerdo incluso una de las frases que usé: “es raro que todo siempre parece seguir el mismo orden: besos, besos con lengua, toqueteos, sexo oral y sexo en su versión full”. Ni siquiera había tenido tantas experiencias y ya me estaba aburriendo.
Mi interés en el tema volvió a despertarse recientemente al hablar con una amiga francesa. Ella me dijo que en Francia nadie tendría sexo oral con una persona en el primer encuentro… que eso era considerado un acto de suma intimidad. Curiosa, empecé a hacer una encuesta informal para ver si había otras diferencias culturales que afectaban el estilo de sexo que las personas tienen. Los españoles, ¿esperan a la segunda cita para besarte? ¿Qué creen los escoceses sobre la práctica del fellatio? Lo que descubrí me tomó un poco por sorpresa: no hay diferencias.

Todo el mundo me contó que sus experiencias habían seguido más o menos el mismo patrón de conductas que mencioné al comienzo. Mi encuesta no era exhaustiva y no chequeé dos veces lo que sucedía en un mismo país… así que quizás lo que sucedió fue que las personas con quienes hablé no fueron particularmente buenos ejemplos. Pero de todos modos, era extraño que –sin importar el país de origen- las personas parecieran seguir más o menos los mismos pasos lineares en su camino hacia la cama. Empecé a preguntarle a mis amigos por qué creían que sucedía eso, y siempre me dieron la misma respuesta: el porno.

La pornografía convencional es bastante predecible, incluso en los videos gratuitos de aficionados hoy disponibles día y noche en sitios web que los transmiten a todo el mundo (al estilo YouTube). Se tiende a seguir ese patrón, el cual no sólo asume que lo heterosexual es la norma (es decir que supone que el sexo no es el sexo a menos que haya un pene en una vagina, siendo ese el objetivo final de la experiencia sexual), sino que también es bastante misógino. En la mayoría de las escenas de porno convencional hay una señorita realizándole sexo oral al hombre, pero no es frecuente ver que suceda lo inverso. Según muchas de mis encuestadas, se espera que ellas le den una mamada a sus parejas, pero ellos no necesariamente son recíprocos investigando las partes femeninas.

El porno convencional suele mostrar a las mujeres como aventureras y voraces depredadoras sexuales, deseosas de probar de todo (especialmente si se trata de acción lésbica con esa camarera rubia excitada), mientras que representa a los hombres como capaces de producir erecciones cada vez que sea necesario, de manera que sea la obra maestra de cada experiencia sexual. No es un secreto que la pornografía convencional puede tener un impacto negativo en la forma en la que entendemos nuestra sexualidad y a nosotros mismos como seres sexuales. Pero por alguna razón, nunca antes había analizado el impacto global que esto estaría teniendo en la manera de interactuar sexualmente.

La homogeneización del comportamiento sexual es un achatamiento y una negación de lo que hace que el sexo sea interesante: el jugueteo y la espontaneidad que surge al no saber qué sucederá después. También niega el hecho de que algunas culturas se sienten más a gusto con ciertas actividades que otras. Ver a ese patrón como una “progresión natural” y tener la impresión de que la pornografía convencional representa lo que “todos hacen” puede generar que algunos adopten comportamientos sexuales con los que no se sienten cómodos.

Cindy Gallop, la educadora sexual feminista que comenzó con el proyecto Make Love Not Porn, señaló en su famosa charla de TED que en la actualidad las personas menores de 30 reciben la mayor parte de su educación sexual a partir de la pornografía. Teniendo en cuenta que muchas veces las únicas campañas educativas formales relacionadas al tema tienen que ver con la abstinencia, el porno homogenizado se convierte en la única guía para el sexo a la que muchas personas acceden desde cualquier computadora con conexión a Internet. El miedo a hacer preguntas, el incentivo a NO hacerlas, o el vivir dentro de ambientes restrictivos, hace que haya gente que aprende de la pornografía convencional no sólo qué es lo que los excita, sino también cómo interactuar con el otro cuando se apagan las luces. Y es por esto que estamos viendo una disminución lenta pero constante de la creatividad sexual.

Habiendo tantos otros fenómenos culturales que se están perdiendo, parece ridículo quejarse de que la experiencia sexual se esté volviendo un genérico. Pero siendo alguien que quiere llevarse una grata sorpresa al apagar las luces, me gustaría ver más variedad en el dormitorio y menos pornografía convencional en las computadoras portátiles.