Photo: Peopleimages.com - Yuri A/Shutterstock

Cómo reconocer a un cubano en el extranjero

by Sandra Alvarez 14 Apr 2015

Hablamos demasiado alto.

Estando en la isla es normal vocear, hablar alto y hasta gritar, pero cuando salimos al extranjero, especialmente a Europa y por mucho que lo intentemos, nuestro metal de voz es siempre alto con relación al resto de los latinos. Creo que sólo los dominicanos y los boricuas podrían competir con nosotros.

Nos oyes decir que “Cuba es la tierra más linda que ojos humanos jamás hayan visto”.

Desde la infancia nos aprendemos este aforismo, que se convierte en la mayor prueba de amor a la patria que se puede portar. Si hasta Colón lo dijo, tiene que ser cierto…

Llevamos puesto un ilde.

Mírale su muñeca izquierda si no me crees.

Hablamos como una metralleta.

No sólo por lo alto, sino también por la velocidad con la que disparamos las palabras. ¡Yatúsabes!

Y gesticulamos con a la misma velocidad con la que hablamos.

Y es que todos los cubanos somos actores de teatro potenciales.

Jamás te llamamos por tu nombre.

Mami, mi amor, mi tesoro, el mío, mi socio, mi colega, manita, mi ecobio, mi negra. Un segundo de intercambio con un cubano te convertirá en cualquiera de las nominaciones anteriores y así pasarás de ser una persona desconocida a una muy querida.

En tres minutos de conversación intentaremos demostrar todo lo que sabemos.

No es mentira que nos hemos pasado buena parte de nuestra vida en la isla estudiando y que sabemos mucho, pero eso de necesitar demostrar a toda costa que siempre tenemos la razón, es un rasgo bien cubano.

Si te hablamos de Cuba…

Siempre lo haremos desde los extremos: o amamos a nuestra tierra y queremos volver allá -aunque no haya papel sanitario-, o la odiamos y no perdemos ni un segundo para empezar a desbarrar de los Castros y su prole.

Si ves un tumulto donde la gente se dice improperios y se dan golpes, probablemente seamos los cubanos discutiendo de política.

Los cubanos de ideas opuestas somos como el agua y el aceite: no nos podemos ni juntar y, cuando lo hacemos, nos decimos hasta alma mía y enseguida pasamos a darnos galletazos y patadas. Y lo más lindo es que los dos citamos a José Martí…

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