Siempre intentamos dar dos besos.

Las presentaciones pueden ser algo incómodas cuando se trata de personas de países diferentes. Los españoles, que siempre saludamos con dos besos, nos quedamos algo cortados cuando los argentinos se limitan a uno. Para nosotros un solo beso es más íntimo, se lo das a tu familia, ¡pero no a un desconocido!.

Meter baza se convierte en algo tan difícil como si el idioma fuese otro.

No somos capaces de entrar en una conversación entre argentinos. Los españoles vamos por el mundo creyendo que somos abiertos y habladores. Eso es, claro, hasta que llegamos a Argentina y nos encontramos metidos en un grupo de argentinos que hablan mucho, muy rápido y contando cosas demasiado íntimas para nosotros.

¡No entendemos nada!

Nos perdemos en los menús de los restaurantes entre cosas como “a caballo” (significa que trae huevos fritos encima), “frutillas” (no es una frutilla cualquiera, ¡son fresas!) o “bifes de chorizo” (que no, no es chorizo del nuestro, es un entrecot). Cuando ya controlamos colectivos, terminales, subtes, veredas y frazadas y nos creemos doctos en argentino, nos recomiendan llevar “buzo” a una excursión por las montañas…(Afortunadamente, consultamos antes de aparecer con el equipo de buceo).

Nos quedamos paralizados en los pasos de cebra.

Eso, cuando no hacemos el típico truco de dar dos pasos hacia delante para obligar a los coches a parar –en España funciona -y tenemos que retroceder asustados al ver que ningún conductor se plantea pisar el freno. Se cruza cuando no pasan coches y punto. Intentar cambiar esto puede acabar con tu vida.

Queremos probar el mate… y lo pedimos en un bar.

El camarero abre los ojos y dice que no y es así como aprendemos que el mate se toma en casa –o donde sea, pero llevándolo desde casa-. Nosotros nos quedamos algo estupefactos preguntándonos si es tan raro pensar que en un bar o una cafetería nos iban a servir la bebida argentina por excelencia. Pero resulta que sí, que es raro.

No paramos de comparar Buenos Aires con Madrid.

Paseamos por las calles del centro de Buenos Aires encontrando similitudes con otras referencias y Madrid es la gran protagonista. “Esto es como Madrid”, decimos una y otra vez. Solo que más grande, con menos bares (¡muchos menos bares!) y llena de kioskos en los que se venden flores e incienso.

Contestamos que somos de España cuando nos preguntan de dónde somos.

“Ya, pero ¿de dónde?”. Nuestro acento ya nos había situado en España solo con decir una palabra, así que la pregunta era en realidad mucho más específica. La conversación será ya fluida (¿cuándo no lo es con un argentino, de todas formas?), porque casi todos tienen familia o conocen a alguien en casi cualquier punto de España. Haz la prueba. Lo saben todo.

No dejamos de maravillarnos ante cómo habla la gente.

El vocabulario nos parece poético (las veredas son mucho mejores que las aceras) y nos maravilla la facilidad para hablar sobre cualquier cosa que tiene absolutamente cualquier argentino. Somos conscientes de que no siempre saben de qué están hablando, pero sabemos también que tras quince minutos nos creeremos cualquier cosa que nos digan y diremos que sí a todo. ¿De verdad no son expertos?.

Crédito foto: Spyros Papaspyropoulos