Crédito: Luis Dudamel

 

1. Atendemos el teléfono diciendo “Aló” en vez de “Hola, ¿si?”.

Y luego muy posiblemente agreguemos un “bendición, mamá” o un “si vale, todo fino”.

 

2. Y cuando estamos recién llegados a la Argentina, usamos expresiones como “Me pusieron una concha ‘e mango” con toda ingenuidad.

O preguntamos inocentemente “¿Dónde puedo conseguir un forro para el celular?”, sin comprender por qué despertamos miradas suspicaces y burlonas en nuestros interlocutores.

 

3. Hacemos experimentos con las harinas.

Al principio, la vida es fácil: tenemos en la despensa mínimo un kilo de harina para nuestras amadas arepas que trajimos en la maleta. Cuando se acaba, empieza la alquimia: algunos intentamos con harina para Polenta, y otros vamos al barrio chino en busca de “harina para arepas” que alguien nos recomendó, pero que lamentablemente nunca sabrá igual. Luego empezamos a rogarle a todo el que viene de visita que nos traigan el divino tesoro de casa… es entonces cuando resguardamos al producto como los Masones al Santo Grial y lo vamos consumiendo “de a poquito porque es bendito”.

 

4. Somos perfectamente capaces de ir a un “boliche” (discoteca) vestidos como si estuviéramos listos para representar a Venezuela en las olimpiadas.

En un ataque de patriotismo y nostalgia, nos da por andar por la calle ataviados con alguna prenda o accesorio con el amarillo, azul y rojo. Que si la gorra de beisbol tricolor o la chaqueta de la selección nacional… hasta el collarcito con la forma del mapa de Venezuela llevamos puesto.

 

5. No perdemos oportunidad para intentar convertir a nuestros amigos argentinos y no argentinos en amantes del ron con cola.

Intentamos convencerlos vaso tras vaso de que el ron venezolano es el mejor del mundo. Aunque te hayas acostumbrado al fernet con cola, este nunca podrá sustituir a un “ronaldo” en una fiesta de venezolanos.

 

6. Somos unos DJs un tanto predecibles hacia el final de la fiesta.

Te das cuenta de que hay un venezolano en una fiesta porque cuando ya están todos medio borrachos, este aprovecha para colar en el repertorio musical el “Llorarás” de Oscar D’león… repitiendo con orgullo que ese señor es el mejor salsero de Venezuela. Acto seguido, sacará a bailar al primero que se atraviese en su camino.

 

7. Por mucho tiempo que tengamos viviendo aquí, no terminamos de entender que una “lágrima” sea clasificada como un café.

Para nosotros el café se pide como guayoyo, marrón, cerrero o guarapo.

 

8. Nos emocionamos al encontrar parchita, guayaba o papaya en una verdulería… hasta que miramos el precio.

Ni hablar de lo caro que cuesta en Argentina beber un buen juguito que no sea de naranja para acompañar la comida en cualquier ápoca del año.

 

9. Sabemos que el pez por la boca muere…

Vas caminando tranquilamente pensando en la inmortalidad del cangrejo, y de repente escuchas “Coño marico, qué bolas”, “Verga, qué arrecho” o un simple “Chévere”. Automáticamente tu cabeza girará como activada por un resorte para buscar emocionado al autor de esa frase, completamente seguro de que ese pana es tan venezolano como una cachapa con queso telita.

 

10. Y por su estilo también.

A veces, no hace falta ni siquiera escuchar a un compatriota hablar para reconocerlo. Si una chica lleva combinado desde el ganchito del pelo hasta los zapatos, es venezolana, porque venezolana que se respeta sabe que el reloj, la pulsera, los zarcillos y hasta el maquillaje van en el mismo tono, porque eso sí… primero muerta que sencilla.

 

11. A la hora de cortar la torta en un cumpleaños, cantamos emocionados esa canción larguísima que es el “Ay que noche tan preciosa”…

Canción que a la segunda estrofa termina siendo insoportable para los invitados argentinos. Ellos, en cambio -al mejor estilo de barra brava- acabarían con el asunto en menos de 30 segundos. Pero dejemos claro que un cumpleaños no es cumpleaños sino rematas con “y ruego a Dios porque pases un cumpleaños feliz, con los pañales que te di que me costaron 30 mil”.

 

12. Somos los que decimos “Buenas noches” cuando apenas son las 7 de la tarde.

Sin mencionar lo confundidos que nos sentimos cuando es verano y apenas a las 8:30 pm comienza a oscurecer.

 

13. Ante un gracias, respondemos “de nada” o “a la orden”, en vez de “no por favor”.

 

14. Consideramos que la cerveza de un litro es una invención maravillosa.

De hecho, estamos fascinados con la idea. Nunca faltará el argentino que, sorprendido, nos pregunte “¿Y en Venezuela no viene de litro?”. Y siempre nos quedaremos pensando “cuando regrese a mi país, debería patentar esta idea”.