Imagen por Nick-K (Nikos Koutoulas).
Foto de portada: Luis Sarabia

Si para ti, como para mí, ser puntual significa llegar justo a la hora acordada, si esperar más de tres minutos ya te pone nervioso, si cuando ves a esa persona que llega sonriente con diez minutos de retraso lo único que quieres es estrangularla, entonces necesitas una pequeña guía de adaptación.

 

Si la hora acordada está poco definida, hazte a la idea de que tu amigo llegará siempre en el último momento.

No es lo mismo haber quedado “a las cinco” que “sobre las cinco”, no es lo mismo “a las tres y cuarto” que “a las tres y pico”.

 

Si el plan es que tus amigos van a cenar a tu casa, no esperes que sean puntuales.

Es normal que aparezcan media hora tarde, ya que se da por hecho que antes todavía estás cocinando. Además, tampoco es que estás esperando solo en la calle… ¡estás en tu casa! Sé paciente e intenta no tener la cena caliente en la mesa cinco minutos antes de la hora de la invitación. Se enfriará.

 

Debes saber qué esperar (nunca mejor dicho) de cada uno de tus amigos.

No todo el mundo es impuntual: te encontrarás con puntuales enfermizos (¡también existimos!), con los de los cinco minutos de cortesía y con los impuntuales incorregibles.

 

Lleva siempre un libro contigo.

“Me gustaría leer más, pero no tengo tiempo”. ¿Cuántas veces has dicho eso? Uno de los trucos es aprovechar cada momento y esos tiempos muertos, en los que simplemente estás esperando a tu amigo, son perfectos. La espera se te hará más corta y, sobre todo, no podrás enfadarte. ¡Más bien les agradecerás a tus amigos que hayan llegado tarde!

 

Lleva cuaderno y lápiz.

Cuando esperas a alguien entras en una especie de limbo. Es como un viaje en tren: horas (en este caso solo minutos, esperemos) en las que no tienes que hacer nada. Si dejas que tu cerebro fluya, las ideas empezarán a aparecer. Si tienes un cuaderno a mano, te será más fácil apuntarlas.

 

Mira a tu alrededor.

Estamos tan acostumbrados a movernos rápido, muchas veces aislados del mundo con nuestros cascos o pensamientos, que nos hemos olvidado de prestar atención a lo que nos rodea. Esos minutos de espera son perfectos para salir de tu cápsula. Observa a la gente, los edificios, mira hacia arriba. Descubrirás cosas en las que nunca te habías fijado.

 

Llama a alguien.

Oh, vaya, resulta que tienes un teléfono móvil contigo. ¿Por qué no aprovechar para hacer alguna llamada inesperada a algún amigo o familiar? Ya sabes, como se hacía antes. Sin ninguna razón específica, solo para ver qué tal están. Harás muy feliz a quien reciba esa llamada y posiblemente estés sonriendo cuando llegue la persona a la que estabas esperando.

 

Sé zen.

Cierra los ojos. Respira hondo. Céntrate en el presente. No estás esperando, estás respirando. Ya aparecerá quien tenga que aparecer cuando llegue el momento. No estás enfadado.

 

Queda en lugares interesantes.

No quedes en la entrada, queda ya dentro. Del café, del museo, de la tienda, del bar, del cine. Vete disfrutando ya de lo que sea que vayáis a hacer, en vez de estar pensando en que te vas a perder algo, en que hace frío (o calor) fuera, en que preferirías no estar ahí. Que te busquen.

 

Llega tarde.

Sigue este consejo solo cuando hayas quedado con alguien que siempre (siempre siempre), llega tarde, a pesar de tus malas caras y amenazas. Puedes decirle que quedáis 15 minutos antes de la hora a la que tienes pensado aparecer, o puedes simplemente caminar muy despacio hasta el lugar de encuentro. Si eres de esas personas a las que les cuesta llegar tarde, haz lo que hacen ellos: ponte a hacer cualquier cosa cuando deberías estar saliendo de casa. Poner la lavadora, leer un capítulo de tu libro, aprovechar para llamar a tu madre. ¡Con un poco de suerte, será tu amigo impuntual quien te esté esperando cuando llegues!