«Todos los niños son artistas. El problema es cómo seguir siendo un artista una vez que crezca».

Pablo Picasso

Como si hacerse mayor no fuese suficiente para ir progresivamente perdiendo la inocencia, vas y un buen día te encuentras con la noticia —y la foto— de que hay colas para coronar el Everest. Por un momento, te embarga la desesperanza y la seguridad de que nada volverá a ser nunca igual, ni en tu vida ni en el mundo. Echas de menos a tu niño interior, ese que no paraba de investigar el mundo a su alrededor, de hacerse preguntas alimentando su curiosidad todo el tiempo y sobre todo, ese que no paraba de imaginar y jugar.

Si como adultos podemos incorporar este comportamiento infantil en nuestros viajes —y en nuestra vida diaria— viviremos mucho más desde el corazón. ¿Y no es acaso de lo que al fin y al cabo se trata lo importante?

De adultos nos volvemos más analíticos y comienzan a pesar las decepciones. En cierta manera, nos comenzamos a torcer. Por eso es tan importante no perder el contacto con tu niño interior, porque si lo pierdes con él, lo pierdes con el mundo. Y en un mundo en el que ya existen colas para hacerse un selfie en el Everest, mirarlo todo a través de los ojos de un niño será la única forma de Viajar Bien (ambas con mayúscula).

Los niños siempre son curiosos. Mantente preguntón

Reactiva tu niño preguntón y curioso. Es fácil cuando se te presentan nuevos paisajes, situaciones, personas, lenguas, costumbres, ideas diferentes a las de tu vida cotidiana. No te duermas, no te cortes, no pienses que vienes de vueltas, que «eso ya lo sabía», «eso ya lo había leído». No. Mientras viajas, tu cerebro y corazón deben estar en blanco, como una hoja sobre la que empezar a escribir un nuevo relato. Cuando se muere la curiosidad, se muere todo, entramos en el “lado oscuro”, así que dale caña por tu propio bien.

No te limites a hacer preguntas, también observa mucho. Quédate embobado como se quedan los más pequeños, fascinados a veces ante los acontecimientos más dispares. Te darás cuenta de que cuando muestras interés por el modo de vida y cultura de una persona, esta lo apreciará y te abrirá la puerta a vivir grandes experiencias con locales. Dicen que la curiosidad mató al gato. No estoy de acuerdo. Yo diría que la curiosidad, en combinación con el sentido común, es un arma poderosa y el único camino hacia la verdadera sabiduría.

Los niños no juzgan

«Uno debe preguntar a los niños y las aves cómo saben las cerezas y las fresas».

Goethe

Los niños son humanos en su forma más pura. No juzgan a las personas, tratan a todos por igual y aceptan las cosas tal como son.

Además, no necesitan decir nada para comunicarse. A veces con una sonrisa es más que suficiente. Recuerdo varios días que pasé con Gudrum, la madre de mi jefe islandés. Para mí, ella terminó siendo mi abuela islandesa. Gudrum no hablaba nada de inglés; de español ni te cuento. Mi islandés se limitaba a dar las gracias, los buenos días y un burdo intento de pronunciar el nombre del famoso volcán islandés que entró en erupción. Mi comunicación con Gudrum era a través de las sonrisas, los gestos, los abrazos y miradas muy elocuentes, y es de las experiencias más conmovedoras y que más permanecen en mi memoria.

Por otro lado, hay un detalle que siempre me llamó la atención y es una descripción gráfica muy clara:

Acerca tu dedo a un bebé. Verás como lo agarra sin distinción, independientemente de tu relación y vínculo con él. Ahora piensa en nosotros, los adultos. Tan sólo un contacto visual o la sonrisa de un extraño nos hace removernos. «¿Por qué me sonrió? Ni siquiera lo conozco?». ¿Qué ha cambiado tanto desde el instinto primitivo hasta una reacción de rechazo?

Los niños no vienen adoctrinados de nacimiento. Su mente es como una pizarra en blanco. No guardan rencor hacia nadie porque no tienen prejuicios hacia nadie. No tienen idea de lo que el odio o la discriminación es. Para ellos, todo y todos son posibles. Como posible es el mundo cuando lo viajas con mente abierta. Quita esas ideas sobre «las pintas», los tipos de personas, colores, creencias, religiones, filosofías…

A medida que crecemos, lo que vemos, oímos y experimentamos afecta la forma en que pensamos y reaccionamos ante ciertos eventos y ciertos «tipos» de personas. Es fácil, como adulto, juzgar. Lo que se vuelve difícil es no es juzgar.

Decía Mark Twain que «viajar es fatal para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de mente». Se me hace que es un juego en doble dirección. Por un lado, hay que viajar para dejar de ser prejuicioso e intolerante, es decir, viajar para volver a ser un niño. Y por otro, hay que ser un niño para viajar en toda su plenitud.

¿Es antes el huevo o la gallina? Que no te líen, lo primero es el Viaje.

Los niños ven el mundo de manera diferente

Ya sabemos que para los niños las reglas sociales no tienen casi importancia y que lo de complicarse la vida no va con ellos. Duermen, lloran, ríen, comen y van al baño cuando les da la gana. Tienen claro lo que quieren y cuándo.

Ahora, piensa en nosotros. ¿Cuántas cosas tenemos que cuidar solo para «encajar» en la sociedad?

Por otro lado, es admirable que los niños no temen casi nada. Se caerán de la cama, llorarán por un rato, pero al momento siguiente los ves levantarse y retomar la vida con toda su energía.

A medida que crecemos, el miedo se convierte en parte de nuestra naturaleza. Se hace cargo de todos los demás sentimientos que tenemos. «Quiero decirle que la amo, pero temo que termine nuestra amistad». «Mi trabajo es un asco. Tengo otra oferta, pero temo que ese trabajo no sea tan bueno…». «Me encanta este vestido, pero creo que a mi novio no le va a gustar». En fin, mil y una chorradas. Cuando salimos al mundo, sobre todo si nos dedicamos a cargar sobre nuestros hombros estrictamente lo que necesitamos, aprendemos a priorizar.

Priorizas valores y actitudes. Pones en su sitio la cuestión material, y tanto la empatía como la compasión por el género humano adquieren proporciones gigantes. ¿Cómo pensar que realmente es importante lucir guapa cuando has estado compartiendo almuerzo con una familia cuyo hijo de 6 años debe recorrer cada día 8 km para ir a la escuela? ¿Cómo volver a casa preocupada por el dinero cuando sabes que una gran mayoría de familias en el planeta sobrevive con una décima parte de lo tuyo?

Algo que me fascina de los niños es su capacidad para el mindfulness sin saberlo. Los niños no tienen pasado y no se preocupan por el futuro. Viven en el presente y obtienen lo mejor de él.

Ver el mundo a través de los ojos de un niño me ayuda a ver las cosas de manera diferente. Cada desafío se convierte en diversión muy fácilmente. En lugar de decir «no puedo hacerlo», siempre me pregunto: «¿por qué no?». De hecho, «¿por qué no?» es la pregunta más importante y fundamental que me he hecho varias veces a lo largo de mi vida. La pregunta que me ha abierto mil puertas y ventanas hacia partes de mí totalmente desconocidas. Es la pregunta que ha hecho de plumero para sacudir el polvo que el tiempo y la educación había acumulado. ¿Por qué no viajar sola? ¿Por qué no experimentar una relación sexual con alguien de mi mismo sexo? ¿Por qué no probar una sustancia psicodélica? ¿Por qué no?

Cuando viajo, no me importa mi pasado ni mi futuro. Olvido lo que solía ser y no me preocupo por lo que seré. No pienso en lo que sucedió en el pasado y no me preocupo por lo que sucederá. Estoy en un continuo aquí y ahora.

Al igual que un niño, vive en el momento disfrutándolo. Porque ese momento nunca volverá, es único e irrepetible. Puede que nunca tengas otra oportunidad de visitar el mismo lugar y conocer a esas personas que se cruzaron en tu camino. ¿Por qué arruinar el momento pensando en cosas que no están bajo tu control? Un niño no lo arruinaría, no lo hagas tú tampoco. Deja de boicotearte y saca a pasear al pequeño y sabio diablo que algún día fuiste, y que espero que nunca dejes de ser.