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Casi me agarro a trompadas con un pelotudo en Iruya.

Iruya es un pueblito colgado de la montaña en medio de la nada. Queda en Salta pero sólo podés llegar desde Jujuy, a través de un camino de ripio que gambetea al precipicio durante tres horas y media.
Hasta ahí fue el pelotudo.
Los.
Los pelotudos.
Porque eran varios.
Llegar a Iruya es sobrevivir.
Veníamos de estar tres horas y media a diez centímetros de la muerte en un bus destartalado que toreaba a curva tras curva tras curva.
Y de repente, el chofer frena.
Bajamos, agarramos nuestros bolsos y encaramos.
Del otro lado de una última curva, detrás del pliegue de la montaña, espera todavía escondida, enigmática, Iruya.

Crédito: guerretto

De a poquito empieza a aparecer gente del lugar con su piel curtida por el sol, su ropa, sus sombreros.
En medio de ese chapuzón en la aventura, a una rubia no se le ocurre mejor disfrute que querer sacarle una foto a una señora de ahí.
Está bien, poroto a favor de la rubia: le pidió permiso. Después íbamos a ver a pelotudos que sacaban una foto de prepo, como si no fueran personas, como si fuesen paisaje nomás.
Pero igual, ¿no?
Acercate.
Hablale.

Hola, ¿qué tal? ¿Cómo se llama, señora? Un gusto. ¿A qué se dedica? ¿En serio? ¿Se lo enseñó su madre? ¿De qué falleció? Lo siento. Tiene razón. ¿En serio? ¿Y usted no tenía miedo? ¿Cómo se llama él? ¿Extraña? Me imagino.

Y de repente, pum, conociste a alguien.

Alguien único.
Irrepetible.
Ahí sí, si querés, sacá una foto.
Para recordar a la persona.
Para recordar a la charla.
No para volver y mostrarle a tus amigos una foto de una señora con un sombrero y listo, a la mierda, siguiente foto, clickeame un Me Gusta.
Pero ni siquiera. Porque de repente veo a la señora negando con su cabeza.
La rubia frunce el entrecejo. “Le pregunté si nos podemos sacar una foto con usted,” repite, creyendo que la única posibilidad por la cual la vieja se está negando es porque no había entendido.
La vieja sonríe, pone una mano entre ella y la rubia, y dice: “No.”
“¿No nos podemos sacar una foto con usted?”, reitera la rubia.
“No.”
“Una foto nomás.”
“No.”
Entonces, sin decir una palabra más, la rubia sigue caminando, desconcertada.
¿Viste que a veces sentís cuando alguien te está mirando? Bueno, de repente la rubia olfatea el norte de mis ojos. Gira, me mira, me muerdo el labio inferior y niego con la cabeza.

Eso es muy típico de mí.

Hacerte una carita de desaprobación y listo.

O atestiguar tu pelotudez y, en vez de decirte algo, volver a casa y escribir sobre eso.
Porque soy cagón.
Porque levantar la voz me cuesta.
Porque soy un gordo torpe que nunca se agarró a trompadas en su vida.
La cuestión es que la rubia no me da bola.
Unos pasos más y listo Iruya.
Averiguamos acá y averiguamos allá y dejamos nuestros bolsos en la habitación que había construido un carnicero arriba de su local.

Crédito: Sebastián Defeo

El pueblo tiene un manojo de cuadras nomás, con calles adoquinadas y empinadas como ellas solas.
Tan empinadas que, de repente, de la nada, aparece un grupo de ciclistas europeos viejos subiendo en bici y no me queda otra más que aplaudirlos y gritarles «bravo».
Su esfuerzo me empapa de calor, así que vamos a buscar sombra en la iglesia.
Afuera de la iglesia unos turistas hablan a los gritos.
Y, en un pueblito colgado de la montaña en la mitad de la nada, cualquier grito retumba.
“Allá, allá, donde está esa cholita,” grita uno.
“Ahora, ¿te imaginás viviendo acá?” grita otro. “Yo me muero de la angustia.”
“Muy lindo todo pero más de un día en este lugar y te pegás un tiro en las pelotas.”
Los miro, me muerdo el labio inferior, niego con la cabeza y me meto en la iglesia para escaparle a su pelotudez.
Al pedo.
La acústica de la iglesia la multiplica.
Cada palabra estalla, escoltada por ecos.
De repente una señora del lugar prende unas velas y se arrodilla y reza.
La envuelven los gritos de los pelotudos de afuera.
Nos miramos con mi novia, nos mordemos el labio inferior y negamos con la cabeza.
Pero hay algo en mí.
Tengo el pecho demasiado embadurnado con bronca y asco y vergüenza.
Morderme el labio inferior y negar con la cabeza ya no me alcanza.
Salgo.
“Gente, están en la puerta de una iglesia. Hay personas rezando adentro. ¿Pueden bajar la voz?”
“Uy, sí,” me dicen.
Bajan la voz.
Entro.
A los dos minutos están gritando de vuelta.
Salimos.

Crédito: Sebastián Defeo

Subimos y bajamos y subimos y bajamos por sus veredas multidimensionales hasta que se hace de noche.
Ahí fue.
De repente doblamos y nos encontramos con todo el pueblo caminando junto por una calle.
Cantan.
Los de adelante llevan un Cristo.
Es Semana Santa y no sé bien qué carajo están haciendo porque no entiendo un pito de religión.
Con mi novia les damos unos cuantos pasos de ventaja y los seguimos, en silencio.
Pasó casi un año desde esa noche y todavía me acuerdo qué se sentía caminar detrás de ellos y de su canto bajo la luz de la luna.
Llegamos a la iglesia.
Afuera hay una cruz.
Cuelgan a Cristo.
Y ahí alguien toma un micrófono, dice unas palabras y nos invita a arrodillarnos.
Siento que es una falta de respeto quedarme parado.
Me arrodillo.
Casi muero.
El día anterior habíamos caminado seis horas subiendo y subiendo y bajando y subiendo hasta las cuevas del Wayra en Tilcara.
Hoy habíamos caminado todo el día subiendo y bajando y subiendo y bajando por las calles de Iruya.
Los músculos de mis piernas deliran del dolor.
Tiemblan.
Vibran.
Manotean un cacho de aire y agua en el rincón del cuadrilátero, pidiendo que les corten el párpado para volver y terminar la pelea. Pero la pelea se alarga y se alarga…
El tipo no para de hablar.
Habla de Cristo, de los sacrificios que hacemos cuando las monedas no alcanzan, cuando la cosecha no es buena, de la culpa que tenemos, de nuestros pecados.
Es entonces cuando lo dejo de escuchar y miro a los que me rodean.
Y me pregunto por qué están arrodillados.
Los veo con los ojos entrecerrados, rezando, pidiendo, esperando cada uno vaya a saber qué.
Miro a Cristo.
Me pregunto ante quiénes o ante qué cosas yo me arrodillaría.
Qué pediría.
Qué me es sagrado.
Mis piernas ya no duelen.
Apenas la voz del hombre y el susurro del río y las voces de los que me rodean diciendo “Amén” acarician al silencio en ese pueblo colgado de la montaña en la mitad de la nada.

Apenas la luz de la luna nos ilumina.

La luz de la luna y, de repente, un flash.

Y otro flash.
Y otro.
Giro y ahí lo veo al pelotudo.
La rubia le saca una foto donde él posa crucificado, con cara picarona y pelotuda.
Después le saca otra foto, donde ahora él posa rezando con cara picarona y pelotuda.
Los flashes les apuñalan los rezos a los que están arrodillados.
Giran.
Lo ven.
Lo ven posando.
Burlándose de ellos.
Giran de vuelta a su Cristo y su rezo.
Y cierran los ojos.
Y otro flash más.
Y otro.
Y otro.
El tipo no sé qué dijo que de repente todos se empezaron a parar.
Me paré.
Mis piernas gritaron.
Y encaré derechito hacia los pelotudos.
Mientras caminaba, la escena se desplegaba en mi cabeza.
Iba a ir hasta los dos y decirles: “Chicos, buenas noches. No sé si se dieron cuenta pero estamos en un pueblito colgado de una montaña en la mitad de la nada. Viajamos tres horas y media toreando abismos para llegar acá. Somos huéspedes de este lugar, de su gente, de sus costumbres. No sé si tampoco se dieron cuenta de que los flashes están molestando a los que quieren rezar. Si lo que ustedes quieren es guardar este momento, arrodíllense con ellos. En vez de sacar fotos desde una distancia cómoda y burlona, los invito a que sean parte de lo que está pasando.”
No. No fue eso lo que dije.
Me acerco y digo: “Chicos, yo no creo un carajo en todo esto pero están faltando el respeto.”
“Bueno, tampoco es para tanto,” me dice la rubia.
El pelotudo, arrodillado, saca otra foto.
“¿No se dan cuenta de que están jodiendo con el flash?”
“Bueno, sacamos una más y listo.”
“Y aparte posando como un pelotudo burlándose de la gente, no da.”
Ahí el pibe deja de sacar fotos y me mira.
“Nosotros somos los que decimos si da o no,” me dice la rubia.
“¿Te parece que da burlarte de un pueblo entero para que te den un Me Gusta en Facebook?”
“No es para Facebook,” dice la rubia.
“¿Entonces para qué la pose de pelotudo?”

El pibe se me acerca, me mira a los ojos, levanta su perita y me dice: “¿Vos me dijiste pelotudo?”

Con eso nomás se quedó el pelotudo. Con que le había dicho pelotudo.

“Sí,” digo.
“¿Sabés qué?” me dice. “Para mí, vos sos el pelotudo.”
“¿Yo?”
“Sí, vos. ¿Por qué tenés que venir a decirme qué foto puedo sacar y cuál no?”
“Porque alguien te lo tiene que decir.”
“Y ese alguien sos vos.”
“Sí, ahora me tocó a mí.”
“Sos un pelotudo,” dice.
Las palabras que hacen eco en nosotros, lo hacen porque nos lastiman.
Si yo te digo: “Estás siendo un pelotudo”, quizá me decís “Pero pará, ¿qué pasó?” porqueen el fondo no temés ser un pelotudo. Te mandaste una cagada sin saber, pedís disculpas, corregís el moco y a la mierda.
Pero ponele que te diga “Sos un mediocre” y ahí sí te hierve la sangre porque te sentís mediocre y más o menos la venís piloteando ocultándolo y que otro se de cuenta es tu peor miedo, y si te lo dice no ves otra cosa más que atacar y atacar y desviar la atención de vos.
Una y otra y otra vez me decía pelotudo el pelotudo.
Con su voz agudita.
Te conté que nunca me agarré a trompadas en mi vida.
Porque soy un cagón.
Un gordo torpe.
Bueno, en ese momento mi sangre hervía.
No tenía en ningún rincón de mi cuerpo a otra necesidad más que trompearlo y trompearlo y trompearlo y trompearlo y trompearlo y trompearlo.
“¿Quién te creés que sos, pelotudo?” me dice.
No. No me lo dice.
Me grita.
“Sos un pelotudo,” me grita.
Miro alrededor.
“Eso sos, un pelotudo,” me grita.
Los que habían estado arrodillados nos miran.
Van entrando a la iglesia.
Trompearlo significa cagarme en su noche de la misma manera que el pelotudo les apuñaló el rezo con burlas y flashes.
Lo miré a los ojos.
Mis puños, cerrados.
Apretados.
Mis uñas clavadas en las palmas de mis manos.
“¿Sabés qué?” le dije. “Tenés razón, yo seré un pelotudo pero vos también.”
Y me fui.
Aparte, eran personas rezando ante una cruz cristiana.
Figurita repetida.
Vos me decís que eran personas lamiendo cabras ante un monje budista que levitaba en pelotas rasgando al universo con sus pezones erectos y ahí sí entiendo tu necesidad de sacar foto tras foto.
El resto de la noche estuve con la mandíbula apretada, mirando alrededor, esperando cruzármelo.
Mi novia me hablaba y yo sonreía y asentía, pero tenía los puños cerrados.
Esa misma noche me despierto saboreando un sueño donde el pelotudo estaba en el piso, sangrando, vencido, y yo agarraba su cámara de fotos y le saltaba encima con todo el peso de todas las porciones de pizza de más que alguna vez comí.
Y la bronca de nuevo galopa por cada esquina de mi pecho.
Hasta que de repente lo escucho.
El río.
Y me doy cuenta de que estoy en un pueblito colgado de la montaña en la mitad de la nada.
Con el río musicalizando al amanecer.
En la cama.
Con la mujer que amo.
En una habitación que construyó un carnicero arriba de su local.
Si te ponías un poco en punta de pie cuando meabas, podías ver a través de la ventanita del baño al cielo mordido por cerros.
¿Qué más podría querer un hombre?

Esa es, tal vez, la habilidad más hija de puta que tiene la pelotudez: el tapar la belleza.

Me acurruco con mi novia y me olvido.
Al día siguiente salimos de la habitación y a que no sabés qué.
Ahí está el pelotudo.
Me mira muy serio, forzando a todos los rincones de su cara para parecer malo y enojado y no el pelotudo que es.
Le sonrío.
Lo miro a los ojos y le digo: ”Buen día.”
Bufa y sigue de largo.
Sólo a un pelotudo lo saludás y no te saluda.
Me acuerdo del Anfiteatro en Cafayate. Una señora sonreía, maternal. “Disculpá,” le dijo a un pibe, “¿No podrías tirar la colilla del cigarrillo en la basura en vez del suelo?”
“¿Pero por qué no me chupás el orto, vieja conchuda?”
Ni un segundo tardó el pibe en cachetearla con palabras. La vieja no supo qué decir. Yo tampoco. Y el pibe se fue.
La miré, miré al pibe, y revoleé mis ojos. Ella también revoleó sus ojos y seguimos con nuestra vida.
Y la colilla del pucho siguió ahí.
Y sigue ahí.
Porque no desaparecen mágicamente.
No se transforman en duendes que riegan al mundo con tetas.
Ese es el tema.
La pelotudez viaja sin diluirse hasta el lugar más remoto, más escondido, más hermoso y le escupe en la cara.
Sea una colilla de pucho, un grito, una burla.
No hay escapatoria.
Hasta cualquier rincón del mapa puede sacar pasaje.
Por eso esta convocatoria.
El pelotudo te ladra porque tiene miedo que te des cuenta de que es un pelotudo.
El pelotudo se propaga ante el silencio de los que no queremos bancarnos sus ladridos.
Y no sé vos, pero yo estoy harto de los pelotudos.
Estoy harto de ir a un pueblito colgado de una montaña en la mitad de la nada y que un pelotudo escupa en la cara de lo bello.
No te burles de la gente arrodillada rezando.
No te burles de la gente arrodillada.
No te burles de la gente.
Es simple.
Por eso esta convocatoria.
Si ves un pelotudo haciendo una pelotudez andá y decile: “Sos un pelotudo.”
Pero no de lejos, tocándole bocina y yéndote a la mierda.
De cerca.
Mirándolo a los ojos.
Eso es todo.
Que tenga miedo.
Que tenga miedo cada vez que sabe que va a hacer una pelotudez, porque todos sabemos que las colillas de cigarrillo no se transforman en duendes que riegan al mundo con tetas.

Que tenga miedo que alguien salga de la nada y le diga que es un pelotudo.

Voy a necesitar tu ayuda.

Peleá para que nadie escupa en la cara de lo bello.

Seguro te vas a tener que comer ladridos.

Pero, para mí, hay un momento donde morderme el labio inferior y negar con la cabeza ya no alcanza.

No sé para vos.

Cartel en el comedor Iruya -más popularmente identificado como «de Tina». Crédito: morrissey

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