Crédito: Thomas Leuthard

1. Todas las frutas te parecen insípidas y hasta dejas de comerlas.

En Cuba escogías las frutas por su olor y su color. Luego de un tiempo en Europa ya dejas de hacerlo porque todas huelen a plástico y, por lo general, nunca cambian su color verde, aunque estén maduras.

 

2. Te molesta el llanto de los nenes.

En realidad a mi me sigue pareciendo natural y posible pero he sabido de cubanos que no lo soportan ya luego de vivir un tiempo en tierras de Europa. Tal cual las personas nacidas por estos lares, ellos se crispan ante el llanto de un bebé.

 

3. No te importa el qué dirán.

Gozas de una libertad absoluta. Nadie te va a dar cuero en la calle por cómo vas vestido, ni te van a decir “qué gorda estás”. Sencillamente la gente no te ve pasar.

 

4. Ya no gritas ni hablas alto.

Cuando llegas, todo el mundo te manda a callar o a bajar la voz. Aprendes rápido que la gente por acá tiene hipersensibilidad a los sonidos. Y te acostumbras…

 

5. Ya no haces preguntas incómodas.

En Europa no puedes preguntar mucho más allá de lo que te dicen. Si alguien te dice que está enfermo, no se te ocurra preguntar de qué. Seguramente te llevarás una no-respuesta. ¡Con lo curiosos que somos los cubanos!

 

6. Ya te olvidaste de que una vez la calle era para conversar y hacer sociales.

La calle en Europa es eso que tenemos que atravesar para llegar a un destino. Nada de sentarte en la esquina a charlar, ni de encontrarte a alguien y quedarse una hora parados hablando de los chismes del barrio. Por acá la gente siempre tiene prisa y, además, sacan cita para conversar.

 

7. Los aguacates te importan un comino.

Si ya llevas un tiempo en Europa pasas por una estante con aguacates y ni los miras. Tu indiferencia es total, pues ya pasaron las ansias jamás satisfechas de comer aguacates. Sencillamente, acá ni siquiera se maduran.

 

8. Aprendes a disfrutar tu existencia sin tener miradas que te hacen sentir un búcaro.

Cuando pasas por entre de un grupo de hombres bebiendo y no te dicen ni una grosería ni tampoco se dan cuenta de que existes, aunque vayas prácticamente desnuda, ahí mismo, de manera inmediata te dices: ¡Qué diferencia! Y, solo por esto, te alegras de no estar en Cuba.