Foto: Rodrigo Galindez

 

1. Redefiní el concepto de “desayuno”.

Atrás quedaron el café con medialunas, las tostadas y el juguito de naranja. Ahora, ya soy parte de los que le ponen jarabe de arce a las salchichas y al tocino. ¡Y que ni se les ocurra servirme un desayuno sin hash browns!

2. Aprendí a cruzar las calles por las esquinas y a respetar los semáforos para peatones.

Los peace officers son como el sol: aunque no los veas, sabés que están siempre ahí. Cruzarte con uno de ellos en el preciso momento en que al porteño que llevás adentro se le ocurre cruzar como se le da la gana tiene dos resultados posibles: o pagás una multa o te comés un sermón de media hora sobre seguridad vial. Y ni hablar si salís con una bici sin luces traseras.

3. Dejé de comportarme como un turista cada vez que veo un animalito.

Ya ni pestañeo cuando me cruzo con mapaches, liebres, alces, ardillas…

4. En la vida, todo es relativo, especialmente el concepto de “frío”.

No puedo evitar reírme a carcajadas cuando mis amigos me cuentan que en Buenos Aires hay una “ola polar” y hace -3°C. Mi nueva definición de “frío” es “cuando salgo con el pelo mojado y se me congela instantáneamente” o “cuando tiro agua hirviendo al aire y se convierte inmediatamente en nieve”. ¿El termómetro marca -30°C? No big deal.

5. ¿Cenar a las 9? ¡Estás loco!

Como todo canadiense normal, ahora ceno a las 6.

6. Dejé de tenerle asco a ciertas verduras crudas.

¿Para qué cocer el brócoli, la coliflor y las chauchas si se pueden comer crudos?

7. El que come y no convida ya NO tiene un sapo en la barriga.

De chiquito, en tu casa y en la escuela te inculcaron que era maleducado comer lo que fuera sin ofrecer primero. En Norteamérica, en cambio, el individualismo y el espacio personal (casi completamente inexistente entre los latinoamericanos) son valores tan importantes que preguntarle a un colega si quiere compartir un mate o parte de tu almuerzo es un poco desubicado.

8. Como mujer, dejé de poner cara de ojete cada vez que paso por una obra en construcción.

Contrariamente a lo que el actual presidente argentino afirmó, a las mujeres NO nos gusta que nos griten “piropos” groseros. Buena noticia para el sexo femenino: en Canadá, el acoso callejero está prohibido.

9. Dejé de darle besos a todo el mundo.

Salvo que vivas en Quebec, la idea de andar dando besos a todos los que conocés ya te da un poquito de asco. ¿Para qué contribuir al esparcimiento de gérmenes? Los canadienses necesitan espacio personal y todo contacto físico más allá de un abrazo entre amigos de vez en cuando es considerado inappropriate.

10. Ya no es tan infrecuente ver parejas gay besándose en la calle.

A pesar de que Buenos Aires es considerada una de las ciudades más gay-friendly de Latinoamérica, la Argentina sigue siendo una sociedad bastante conservadora. Por el contrario, un paso adelante con respecto a su par norteamericano, Canadá legalizó el matrimonio gay en el 2005. ¡Y Justin Trudeau fue el primer primer ministro canadiense en participar en una marcha de orgullo gay!

11. Como mujer, ya no me ofende que no me dejen subir primero al colectivo o que no me cedan el asiento en el subte.

¿Será la igualdad de sexos?

12. Dejé de ponerme tanto perfume.

Por respeto a la gente con alergias, la mayoría de las oficinas tienen un cartel que dice: “Scent-free workplace”.

13. Y si de alergias se trata…

¡Ahora sé que en Norteamérica hay muchísima gente que es alérgica al maní! En algunas escuelas, está prohibido llevar golosinas que contengan maní para evitar que otros compañeritos tengan crisis alérgicas. ¡Adiós, recreos con Mantecol!

14. Me indigna cuando una amiga argentina me cuenta que todavía le hacen preguntas sexistas durante sus entrevistas de trabajo.

“¿Estás casada? ¿Estás pensando tener hijos pronto?” son ejemplos de preguntas condenadas por la ley canadiense.

15. Me abrí a otros tipos de gastronomía.

En Argentina, la experiencia culinaria más exótica que podías tener era ir a comer sushi a Puerto Madero o comida mexicana a Palermo. Contrariamente a Estados Unidos y su melting pot que hace que todos deban amalgamarse y convertirse en una “única sopa”, Canadá es un mosaico multicultural: cada uno tiene derecho a integrarse conservando su propia identidad e individualidad. Esto hace que puedas probar comida india el lunes, platos etíopes el martes, delicias vietnamitas el miércoles…

16. Tengo más cuidado cuando pregunto: “¿De dónde sos?”.

A los nenes canadienses les enseñan desde chicos que todos los residentes canadienses son iguales y que preguntarle “¿De dónde sos?” a una persona que no parece blanca es ofensivo e implícitamente segregador.

17. Ya no considero a los argentinos como “blancos”.

Muchos argentinos se creen italianos o españoles e ignoran que en Norteamérica serían considerados “personas de color”.

18. Ya no me sorprende no poder comprar alcohol en los supermercados.

Las bebidas alcohólicas sólo se venden en licorerías autorizadas y hay que estar preparado para mostrar el documento. Nada de Termidor en las góndolas.

19. Algunas alimentos dejaron de ser productos de lujo.

Ya no hay ninguna necesidad de esconder el Nutella para que no te lo roben.

20. Ya no me sorprende que nadie se preocupe por hacer fila para subir al colectivo… O que haya que gritarle “Thank you!” al chofer cuando te bajás por la puerta trasera.

A fin de cuentas, los canadienses son conocidos por ser nice and friendly.